domingo, 30 de julio de 2017

¡Libros, cerveza, cooooca-cola!


Si compráis un mojito en la playa a un vendedor ambulante, probablemente tengáis la ligera sospecha de que el ron no será de la mejor calidad, ¿verdad? En realidad, os conformáis con que os refresque y no os envenene. Pues bien, de igual manera, no seáis muy exigentes con estas minireseñas escritas a vualapluma y que en realidad son bocetos de entradas que no llegaron a ver la luz. Os garantizo que al menos no producen indigestión.


Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos

Mi intención era dedicar una entrada exclusiva a este novelón. Antes de ello, habría publicado otra entrada anticipatoria en la que no habría más que una pregunta: ¿cuáles son, en vuestra opinión, las obras cumbre de la literatura en español que casi nunca nos vienen a la mente cuando nos hacen esta pregunta? Un poco rebuscado, ya lo sé. Mi intención era demostrar que la obra ganadora era ésta, pues esperaba que nadie la mencionara. Chorradas de bloguero para crear expectación e introducir un poco de novedad.

Luego fue pasando el tiempo, se me comió la pereza, y no me queda ahora más que el grato recuerdo de una lectura impresionante, densa, oscura, de prosa deslumbrante y que en muchas ocasiones me sobrepasa. Ésta era, en realidad, mi segunda lectura de esta novela, aunque no recuerdo si la llegué a terminar la primera vez. Sí recordaba las primeras páginas, desde luego, y sobre todo ese párrafo inicial difícilmente superable. Podría citarlo, desde luego, pero, con las maletas a medio hacer, os animo a que lo descubráis vosotros solitos.

En Yo, el Supremo, Roa Bastos novela la vida de José Gaspar Rodríguez de Francia, dictador de la República del Paraguay desde 1814 hasta 1840, y que, en efecto, se hacía llamar Karaí-Guasú, que en lengua guaraní viene a ser el Supremo. Gran parte de los hechos narrados son, pues, verídicos, y a ratos uno echa de menos un cursillo intensivo previo sobre la historia del Paraguay. Sin embargo, es la técnica literaria, la audacia del autor, y su increíble inventiva lingüística lo que hacen que el lector, que con frecuencia se encuentra perdido, se quede maravillado. Así, en los trozos aburridos, que los hay, uno puede desconectar de la trama, que inevitablemente va unos metros por delante, y no obstante disfrutar. Merecería una trilectura y una reseña algo más apañada.


La casa del malecón, de Yuri Trifónov

También quería continuar la serie de novelitas soviéticas con ésta y alguna más. De buenas intenciones están los blogs llenos.

Lo que más sorprende de esta historia es que la casa del malecón que da título a la obra no es lo que podría parecer. No es la humilde morada donde el narrador creció con su abuelita y cuyo recuerdo, junto con la esperanza de volver a cruzar su umbral, le ha ayudado a seguir adelante en los momentos más difíciles del estalinismo. Nada de eso. En realidad se trata de un edificio con una historia muy peculiar.

Si bien el nombre de Дом на набережной lo popularizó esta novela, el edificio era conocido de todos los moscovitas. Se construyó entre los años 1927 y 1931, y era un bloque de apartamentos de lujo para la élite del gobierno soviético. Se ve que al Padrecito de los Pueblos le gustaba tener a sus colaboradores bien a mano para lo que pudiera surgir. Así, hasta un tercio de sus residentes desaparecieron durante los años del terror. Pasada aquella época, la propia familia del autor se trasladó allí. Y de ahí nace la historia que nos cuenta esta novelita relativamente breve, triste, muy interesante, con unos personajes perfectamente retratados, aunque con un estilo quizá un pelín ampuloso en ocasiones.



The real life of Sebastian Knight, de Vladimir Nabokov

Después de leer Opiniones contundentes, de nuestro amigo Nabokov, no podía dejar de leer alguna de sus novelas, y la biblio de la escuela me ofrecía ésta. Qué puedo decir, todavía estoy por encontrar una novela de este autor que no sea una obra perfecta en su construcción. Aquí encontramos algunos de sus temas predilectos: la búsqueda, el exilio, la crítica de la crítica y el juego de identidades. Una gozada.



Chernobyl prayer, de Svetlana Alexiévich

Tras la inventiva de Nabokov, me apetecía un baño de realidad, con lo deprimente que puede llegar a ser eso.
Este libro es impresionante, me dijo mi mujer en cuanto empezó a leer este libro. Al cabo de un tiempo, cuando me disponía a leerlo yo, le pregunté qué le había parecido. Un poco repetitivo, me respondió, y añadió que lo había dejado a la mitad, lo mismo que le ocurrió a un compañero de mi trabajo.

Traducido al español como Voces de Chernóbil, este libro de la Nobel  de Literatura de 2015 consiste en una serie de testiomonios de personas que sufrieron de manera directa el desastre de la planta nuclear de Chernóbil, en 1986. El primero de esos testimonios, el de la esposa de uno de los primeros bomberos que actuaron en la zona, es, en efecto, impresionante y desgarrador, y el lector piensa que no podrá aguantar muchas páginas con tanto dolor. Sin embargo, más que recrearse en el dolor, con los testimonios recogidos Alexiévich quiere hacer hincapié, sobre todo, en el desconocimiento de las verdaderas consecuencias del desastre a largo plazo, no sólo en lo que respecta al medio ambiente, sino también en la sociedad. En este sentido, hay que destacar que el país que resultó más afectado por la catástrofe no fue Ucrania, donde estaba la planta nuclear, sino Bielorrusia.

Creo que es justo reconocer que sí, que al cabo de un rato la lectura puede hacerse repetitiva. Son, por ejemplo, muchos los personajes que nos hablan de esas patatas y esos nabos tan hermosos y tan lozanos, y que sin embargo tenían prohibido comer. No obstante, se me ocurre que la fuerza de esta obra surge precisamente de dicha acumulación de testimonios y de su valor periodístico. Las voces que escuchamos en estas páginas nunca han sido escuchadas en profundidad. Reporteros y corresponsales de occidente quizá les dieron unos segundos para responder a ¿cómo lo vivió usted?, y científicos de todo el mundo se han interesado en su uso como cobayas. Pero escuchar esas voces era algo que nadie había hecho. En palabras de un profesor universitario:

Apenas hay libros sobre ello. ¿Piensa que es casualidad? Se trata de un episodio que todavía no forma parte de nuestra cultura. Es demasiado traumático. Y nuestra única respuesta es el silencio. Cerramos los ojos, como niños, y pensamos que así nos ocultamos. Algo se está acercando a nosotros desde el futuro, pero es demasiado enorme para nuestra mente.

Más allá de la historia de Chernóbil, este libro nos habla también del desmoronamiento del imperio soviético. ¿Repetitivo? Sin duda, y apabullante.
Human universe, de Brian Cox

La catástrofe de Chernobyl y algunos de los comentarios por parte de los entrevistados acerca del átomo, la radiación y la fusión nuclear, me dieron ganas de profundizar un poquito sobre el estudio de la materia. Podéis reíros.

Este libro vino después de la serie del mismo título de la BBC, la calidad de la cual se da por sentada. El libro, desde luego, es tan interesante como promete, lo cual, en no poca medida, se debe al autor y presentador, físico, profesor y músico, de aspecto y estilo desenfadado, pero embriagado de pasión por su trabajo.

Human universe se ocupa de algunas de las grandes preguntas que se ha estado haciendo el homo desde que se convirtió en sapiens. Nuestro lugar en el universo, nuestro origen, por qué estamos aquí, si hay vida más allá o qué nos depara el futuro son, entre otras, algunas de esas cuestiones. A los que acostumbramos a leer ficción o, a lo sumo, libros de historia o biografías, nos sorprende, creo, el modo de razonar tan lúcido y pragmático que tienen los científicos o, cuando menos, las mentes privilegiadas (a mi lado, desde luego, Cox lo es).

Como libro de divulgación, no hay duda de que Cox cumple con creces, hasta el punto de que ya me he agenciado la New Guide to Science de mi querido Asimov.

¡Vivir!, de Yu hua

A veces me da la impresión de que la mayoría de los lectores conoce muy bien cuáles son sus gustos literarios y que éstos son muy específicos. A uno le gustan los clásicos (léase, las novelas del XIX), a otro la ciencia ficción, a otra la literatura inglesa, y a aquél de allá las biografías. Yo no sabría decir qué tipo de literatura me gusta, ya que esto supondría dejar de lado todas las demás. De hecho, nada me gusta más, de vez en cuando, que romper esa cadena de lecturas en la que un libro nos lleva a otro, y leer algo que, por decirlo de alguna manera, no viene a cuento.

Antes de hacer estupideces como La gran muralla, que mi hijo me infligió hace unas semanas, Zhang Yimou hacía películas maravillosas que el cine Verdi nos permitía disfrutar a los barceloneses (Silvia, cada día añoro más aquellas noches de cine y té que pasamos). Entre ellas, Sorgo rojo, La semilla de crisantemo o ¡Vivir!, la última de las cuales está basada en una novela del autor Yu Hua.

De modo parecido al de Mo Yan en su extraordinaria Sorgo rojo, Yu Hua nos cuenta aquí dos historias: la historia humana y la Historia del país desde la época de la Guerra Civil China. Aunque una y otra transcurren de modo paralelo, el lector asiste de manera directa a las desventuras de Fugui, mientras los acontecimientos históricos son apenas un eco lejano que nos viene desde la otra orilla del río. Poco a poco, sin embargo, los tambores de guerras, grandes saltos adelante y revoluciones inculturales retumban con más fuerza, hasta que su cruel presencia acaba por imponerse en la vida de este pobre Job chino. Una historia sencilla y poderosa, a la que la película del otrora gran Yimou hizo plena justicia.


Man's search for meaning, de Victor Frankl

Luego pensé que tanto llorar y tanto sufrir no servía para nada. En un momento como ése, no quedaba más remedio que pensar en cosas prácticas, tenía que preparar un funeral decente...
... Todos los muertos quieren seguir vivos, así que tú, que estás vivo y coleando, no tienes que morirte. Tu vida te la dieron tus padres -añadí-. Si no la quieres, antes deberías pedirles permiso a ellos.

Viktor Frankl fue neurólogo, psiquiatra y superviviente del holocausto, y si habéis leído este libro, convendréis en que su faceta de superviviente es inseparable de las otras dos. Man's search for meaning (El hombre en busca de sentido) fue publicado en Austria en 1946, y cuesta imaginar el modo en que fue recibido por el público y la crítica en general. Apenas un año después de la catástrofe que ha arrasado Europa, y con un mundo que aún no ha empezado a captar la magnitud de Auschwitz, ¿y aquí una víctima del genocidio nos viene con un mensaje vital y positivo?

A diferencia de otros testimonios sobre la Shoah, Frankl no se detiene en los detalles de los horrores del campo de concentración. Su interés se centra, en primer lugar, en la psicología de los prisioneros en esas condiciones inhumanas, que nos describe de un modo científico sin dejar de ser profundamente humano. En segundo lugar, y como psiquiatra, Frankl se propone dar una respuesta a la pregunta implícita en el título: ¿cuál es el sentido de la vida? Observad, sin embargo, que con el fin de evitar dar pie a elucubraciones metafísicas, la pregunta debería matizarse: cuando uno, como le ocurrió al propio autor, ha perdido a todos sus seres queridos de la manera más cruel imaginable, ¿tiene algún sentido la vida?

Para dar respuesta a dicha pregunta, Frankl recurre a la logoterapia, fundada por él mismo. La voz y las palabras de Frankl son fascinantes, y aunque en más de un momento el lector pueda dudar de la efectividad de dicha terapia, su relevancia e influencia son indiscutibles. Tanto es así que, en ocasiones, mientras estaba leyendo ¡Vivir!, no dejaba de acordarme de esta pequeña joyita. De hecho, las dos citas que habéis visto más arriba no son de Frankl, sino de la novela de Hua.



Y se acabó lo que se daba. Este año voy a una zona diferente de Inglaterra, así que, a la vuelta, espero poder contaros algo interesante. No faltaré a mi cita con las charities, aunque me temo que el Bookbarn me va a quedar demasiado lejos. En todo caso, ¡buen verano y felices lecturas!

viernes, 14 de julio de 2017

Desaparecer y otros placeres




"En la ruta del sudeste que había tomado había satisfactorios indicios de lejanía y desolación."



A algunos de nosotros, en un  momento dado de nuestra vida, cierta inquietud muy parecida a la desesperación nos empuja a coger la mochila y, sin otro plan que el de alejarnos, nos lanza a la carretera. Es posible que esa inquietud no nos abandone ya más, y es también posible, sin embargo, que, tras este brote, no volvamos nunca a recaer. Tanto da: el virus del viaje no tiene cura y puede permanecer latente en nuestro cuerpo durante décadas. Cuando uno es viajero, lo es para toda la vida.

A orillas del Danubio, tras haber caminado casi dos mil kilómetros desde que salió de Inglaterra, Patrick Leigh Fermor aprovechó la llegada de la primavera y pasó su primera noche al raso. A la luz de una vela que había colocado en una roca, se puso a escribir su diario de viaje hasta que le entró la modorra. A continuación, con la música de fondo de ranas, gallinetas y avetoros, se tumbó a contemplar las constelaciones y dejó que vagaran entre él y el cielo las ideas y el entusiasmo de un mozalbete de 18 años.
¿Por qué la idea de que nadie sabía dónde me encontraba, como si huyera de una jauría de perros de presa o de unos coribantes empeñados en descuartizarme, era capaz de generar esta sensacion de triunfo?
Life is good

De entre todos los maravillosos párrafos que este extraordinario libro ofrece, se me ocurre que éste es uno de los más significativos. Tenemos en él condensados algunos de los rasgos inconfundibles de esta cima de la literatura de viajes (o de la literatura a secas): joie de vivre, referencias clásicas, vívidas imágenes y, sobre todo, el poder de comunicar de manera magistral sensaciones que apelan a los recuerdos del lector, o, por el contrario, de despertar en él la sed de perderse en el mundo y ver qué encontramos.

Además, cualquiera que haya vivido a fondo al menos una parte de su vida, lo cual no quiere decir hacer puenting y nadar con delfines, reconocerá en esas líneas la sensación de agradable alienación que nos embarga a los viajeros cuando menos lo esperamos. Recuerdo estar un día en el metro y fijarme en la persona de enfrente, ufana de haber encontrado un asiento para todo el trayecto y poder así enfrascarse a gusto en una apasionante sopa de letras. Con una condescendencia rayana en la piedad, le espeté en silencio mis pensamientos:

Tú no lo sabes, pero hace dos semanas regresé del otro confín del mundo.

Tierra de castillos

Entre los mochileros hay mucho más esnobismo del que se piensa, y yo no me libro de ello. Pero también me enorgullezco de coincidir con Fermor en que gran parte del placer del viaje radica en desaparecer. Así es. No radica en compartir momentos. Ni en contemplar puestas de sol. Ni en el indiscutible gozo de conocer gente nueva. Ni en colgar fotos en tu cuenta de facebook. Ni en encontrarte a ti mismo. Ni siquiera en escribir un blog de viaje.

Desaparecer. Lisa y llanamente. Y si no sabéis a qué me refiero con "desaparecer", os diré que, cuando fui a los Estados Unidos, mis padres se pensaron que me había secuestrado una secta. Sin coña. A eso me refiero.

(Y de paso, otro no: la gente no viaja más desde que llegaron los vuelos low-cost. Viaja muchísimo menos.)

El Salar de Uyuni. Y pensar que hay gente que recorre medio mundo para hacer esto...

Más de cuarenta años median entre el día en que Patrick Leigh Fermor llegó en barco a Holanda, decidido a recorrer Europa a pie hasta llegar a Constantinopla, y el momento en que empezó a escribir este libro. Son cuarenta años que lo llevan a través de juventud, madurez y veteranía hasta la sabiduría de la experiencia, años que Fermor, autor, historiador, destacado soldado, estudiante rebelde expulsado de The King's School por hacer manitas con la hija del verdulero, latinista y helenófilo autodidacta, vivió con una intensidad propia de otros siglos. Y son la experiencia y la erudición adquiridas en esa vida de leyenda las que permiten al autor recordar, revivir y narrar de principio a fin una aventura tan larga y lejana en el tiempo (ayudado, además, por la recuperación, veinte años más tarde, de un diario de viaje perdido en un castillo rumano).

La voz del viajero, pues, no es la de un adolescente. Uno de los grandes logros de Fermor en esta obra es el equilibrio que la voz narradora mantiene entre la ingenuidad de la juventud y la experiencia de la edad. En ese sentido hay que señalar, por ejemplo, los comentarios sobre sus lagunas culturales (!!) que, dice, le impedían sacarle todo el jugo a una conversación sobre Proust o a una visita a determinada ciudad. El Fermor sexagenario de El tiempo de los regalos y el septuagenario de Entre los bosques y el agua no han perdido un ápice de pasión, sed de vivir, hambre de conocimiento y, más importante, la voluntad de alcanzarlo.


Incidiendo sobre el esnobismo de los mochileros, hoy el adjetivo imprescindible es "auténtico". Puedes viajar a Londres, Bangkok o Tallin, pero si el instagramero que marca tendencia no te informa de dónde puedes encontrar el auténtico Londres, estás condenado a ser un simple turista. (Escupir). Por alguna razón que no se me oculta, esa autenticidad acostumbra encontrarse en la miseria. Así, parece que el auténtico Brasil es el de las favelas y la Cuba auténtica es la de las jineteras. Conocí a un hijo de diplomático suizo que, al tiempo que pagaba 400 euros a la semana por clases de español a las que no asistía, dormía en azoteas de la Barceloneta. Todo sea por la autenticidad.

Fermor, por su parte, pasa dos años cruzando Europa, pero no tiene tiempo para semejantes gilipolleces de pijo con complejo de clase. Disfruta tanto durmiendo al raso como en la mullida cama de la mansión de un noble húngaro. De hecho, uno de los aspectos más interesantes y envidiables de su viaje es la posibilidad, fecundamente aprovechada, que le brindan las nutridas bibliotecas de los castillos y mansiones donde de vez en cuando se aloja para saciar in situ su voracidad de conocimientos sobre historia, geografía, ictiología, lenguas o antropología. Mientras al viajero engreído, como servidor (ver más arriba), le encanta aleccionar a los demás sobre la auténtica forma de viajar, Fermor, por su parte, humilde ante el pastor que acepta su pan, agradecido al aristócrata que le ofrece copa tras copa de gran reserva, cautivado tanto por la belleza de una bandada cigüeñas como por el cuerpo de una campesina con la que retoza en un pajar, no podría estar más lejos del afán de aleccionar, ni al lector ni a nadie.

La intención de Fermor era escribir una trilogía, pero tras El tiempo de los regalos (1977) y Entre los bosques y el agua (1986), nunca llegó a publicar la tercera parte, The broken road (en español El último tramo). Fueron la escritora Artemis Cooper y el también viajero y autor Colin Thubron quienes, tras años de trabajo en el diario de viaje del autor, publicaron en 2013 el último volumen de esta trilogía. A juzgar por las críticas, parece que hicieron un trabajo soberbio.

Gitanos húngaros con su oso bailarín

A pesar de los millones de muertos de la Primera Guerra Mundial y de la caída casi simultánea de tres imperios, podría decirse que en la Europa de 1933 reinaba aún cierta inocencia. Al fin y al cabo, guerras había habido desde siempre y, pese a su magnitud, en aquélla las víctimas "inocentes" (entiéndase civiles) fueron una minoría, a diferencia de lo que lleva ocurriendo desde 1939. No cabe duda de que un mundo que no conoce los nombres de Auschwitz, Hiroshima ni Kolyma se nos antoja hoy idílico. Y en efecto, la Europa central que recorre Fermor, esa Holanda que reconoce por las pinturas de los museos, ese territorio Grimm que son los bosques de Baviera, esas noches rumanas de gitanos y hogueras con el oso bailarín al fondo, esos cafés de Bratislava con la ruidosa presencia de estudiantes talmúdicos debatiendo en yiddish, esas reverberaciones del aullido de los lobos en el bosque, o esa isla de Ada Kaleh, hoy hundida bajo las aguas, hacen de aquella Europa un paraíso donde la creciente presencia de unos nazis a los que nadie se tomaba en serio y los rumores acerca de campos de concentración no eran más que unos nubarrones que se prometían pasajeros.

En las cartas que, a modo de sendos prólogos, escribe a su amigo Xan Fielding, Fermor reconoce la suerte que tuvo de conocer ese mundo antes de que la década posterior lo barriera para siempre. Pero la tragedia que estaba por venir también se cobra sus víctimas entre algunos de los incontables y, aun así, inolvidables personajes que pueblan estas páginas. Así, topamos de vez en cuando con una nota a pie de página que nos informa de la triste suerte que corrió años más tarde esa persona con la que ahora comparte charla, chimenea y copa.

La isla de Ada Kaleh, una comunidad turca en el Danubio rumano. Fue hundida en 1970 para dar paso a una central hidroeléctrica, y Fermor la retrata en unas inolvidables páginas finales

Bastarían los retratos que nos ofrece el autor, las digresiones para hablar de un sufijo de la lengua húngara, el repaso a la historia de los hunos y los magiares, o el maravilloso relato de la escapada con su amigo Istvan y su amada Angéla por los montes de Transilvania para hacer de estos libros una fuente de placer lector sin fin. Pero es sin duda el modo en que Fermor, cuarenta y cincuenta años después de la experiencia, reflexiona y enriquece sus vivencias; la lengua que emplea, directa y sencilla, al tiempo que cultísima; la pasión y la alegría, sin pizca de sentimentalismo, de haber vivido esos días; sus reflexiones, erradas o certeras, siempre atrevidas; o la erudición sumada a una inagotable y contagiosa sed de conocimiento, lo que hacen de estos libros una obra maestra absoluta.

Las Puertas de Hierro del Danubio, el paso de Rumanía a Serbia donde concluye Entre los bosques y el agua

Hay por ahí un bloguero que, el día menos pensado, va a desaparecer.

viernes, 30 de junio de 2017

Un camino permanente




A los que no somos grandes lectores de poesía nos gusta, no obstante, tener libros de poemas desperdigados aquí y allá por las estanterías, pues hacen tanta compañía, si no más, que la mejor de las novelas. Nos cuesta leer un poemario de una sentada, y preferimos, o eso decimos, abrir un libro al azar y encontrarnos con unos versos que, sin contexto previo y sin carrerilla, sentimos que fueron escritos pensando en nosotros. Y no en cualquier nosotros, sino en el de ese momento preciso.

Así, ayer mismo, mientras me sentaba en el balcón a fumarme el segundo de mis tres cigarrillos diarios, abrí una antología de W. H. Auden y me encontré con este poema, que me parece guarda cierta relación con el libro que acabo de leer y del que hablaré en los próximos días (en breves fechas, que diría un periodista). Se me antoja una nueva versión, irónica y hasta mordaz, pero, en el fondo, tristísima, del clásico de Robert Frost "El camino que no tomé".

Pido disculpas por mi claudicante traducción.

A Permanent Way
Self-drivers may curse their luck,
Stuck on new-fangled trails,
But the good old train will jog
To the dogma of its rails,
And steam so straight ahead
That I cannot be led astray
By tempting scenes which occur
Along any permanent way.
Intriguing dales escape
Into hills of the shape I like,
Though, were I actually put
Where a foot-path leaves the pike
For some steep romantic spot,
I should ask what chance there is
Of at least a ten-dollar cheque
Or a family peck of a kiss:
But, forcibly held to my tracks,
I can safely relax and dream
Of a love and a livelihood
To fit that wood or stream;
And what could be greater fun,
Once one has chosen and paid,
Than the inexpensive delight
Of a choice one might have made?

Un camino permanente

Quizá maldigan su suerte los conductores
al quedar atrapados en novísimas rutas,
pero el viejo tren de siempre 
traquetea por el dogma de sus raíles,

y, echando humo, sigue adelante
de modo que no me puedo desviar
por las tentadoras escenas que ocurren
a lo largo de un camino permanente.

Intrigantes valles se escabullen
por entre colinas cuyas formas me gustan.
No obstante, si me encontrara
allí donde la senda deja la colina

y sube hasta un romántico rincón,
preguntaría qué posibilidad hay
de conseguir un cheque por diez dólares
o un besito en la mejilla:

pero atado a mis raíles
puedo relajarme a salvo y soñar
con un amor y una vida
que encajen en ese bosque o riachuelo;

¿y qué mayor diversión,
una vez hemos elegido y pagado,
que ese placer tan económico
de la decisión que podríamos haber tomado?

Y me gustó.

viernes, 16 de junio de 2017

Feminismo y literatura líquida


Siempre he encontrado muy cargante esa frase tan manida, y que tanto gusta a algunos escritores, acerca de las novelas que cobran vida propia. Admito, no obstante, que quizá sea injusto y que existe la posiblidad de que la frase sea cierta. Bien. En ese caso, los que me cargan son esos propios escritores que, con su presuntuosidad disfrazada de modestia, pretenden darnos a entender que han creado una especie de artefacto mágico, una criatura de tan gran inteligencia que ha superado a su mismísimo creador.

Si la frase es cierta, podemos comparar las novelas con pajaritos que abandonan el nido y emprenden el vuelo, pues ya no les basta con los gusanitos ni los ratones regurgitados que les trae su autor. Se van y no los volvemos a ver... hasta que un día regresan y se posan en la rama de un árbol junto a nuestra ventana. Es en ese momento cuando el autor, con lágrimas en los ojos, exclamará, ¡hija mía, te has convertido en un soberbio pelícano ceñudo!, mientras que sus hijos, entre carcajadas, dirán ¡pero, papá, si es una chova piquigualda!

  Una grulla, una cigüeña, un gorrión, un cuervo... El contexto lo es todo

Tal y como se insiste a lo largo de El cuento de la criada, el contexto lo es todo. Así, es posible que la distopía casi de ciencia ficción que leyó mi esposa en Inglaterra en sus años de instituto para la clase de literatura (escuela pública, por supuesto. Qué envidia, ¿no?) tenga muy poco que ver con el retrato de nuestro mundo que acabo de leer yo.

Desde el momento de su publicación, allá por 1985, muchos, o, mejor dicho, muchas, se han empeñado en considerar esta obra un ejemplo de literatura feminista. A servidor, que en el momento de escribir estas líneas anda influido por las contundentes Opiniones contundentes de Nabokov, le interesan estos días bien poco las escuelas y movimientos literarios, así como las novelas que tienen una función social. De ello se deduce que si la novela me ha gustado es porque no se trata (o, por lo menos, no esencialmente) de un alegato feminista. Lógica cartesiana.


De hecho, la propia Atwood negó en su día que la República de Gilead, escenario de la historia, fuera una distopía puramente feminista. Aunque "si se refiere usted", le aclara al entrevistador que le formula la eterna pregunta, "a una novela en la que las mujeres son seres humanos -con toda la variedad de personalidad y comportamiento que ello implica-, son interesantes e importantes, y lo que les sucede es crucial para el tema, la estructura y el argumento, entonces sí. En ese sentido, muchos libros son 'feministas'." Cartesiana lógica.

Aduce la autora que, de ser ese tratado ideológico que algunos creen ver, la novela, en primer lugar, nos mostraría un mundo en el que todos los hombres, en cualquier nivel de la escala social, tienen más derechos que las mujeres. Por el contrario, estamos ante una sociedad organizada como cualquier dictadura pura y simple: una pirámide en cuya cima se sientan los poderosos de ambos sexos, y unos estratos inferiores donde se repite la misma situación, si bien en cada estrato la cuota de poder de él será mayor que la de ella. Cabe añadir que, en una novela puramente feminista, probablemente no encontraríamos tantas cabroncitas entre los personajes. Cabroncitas, todo hay que decirlo, sacadas de la realidad, como veremos más abajo.



Por lo visto, otra de las preguntas recurrentes que la sufrida Atwood tiene que responder cada vez que se habla de El cuento... se refiere al presunto carácter antirreligioso de la obra. Francamente, me parece una suposición bastante tonta y no creo que valga la pena hablar de ello. Más interesante es la tercera y última de esas imaginativas preguntas que periodistas y lectores creen imprescindible formular para asegurarse de que leen la obra de manera correcta, es decir, la "entienden", y levantan la vista del papel en el momento preciso y con la mirada en su punto justo de cavilación. A saber, ¿se trata de una predicción?

Qué memez, les quiere responder la autora, más capaz de morderse la lengua que yo. Nadie puede predecir el futuro. Y sin embargo, la pregunta es interesante, tanto más cuanto que... Pero vayamos por partes.



Atwood comenzó a escribir la novela en el orwelliano año de 1984, mientras se encontraba en Berlín, ciudad a la sazón amurallada, en una estancia salpicada por frecuentes viajes a los países del bloque del este. Confiesa que ciertos aspectos de aquel mundo de recelo, espías, elocuentes silencios, bruscos cambios de tema, contorsionismo lingüístico para decir cosas sin decirlas y, por otra parte, edificios a los que se da un nuevo uso ("esto era una biblioteca", "aquí antes vivía fulanito, pero un día se fue y no volvió"), influyeron en la novela que estaba escribiendo. También influyó, sin duda, la política norteamericana de aquellos años, los del apogeo de la Nueva Derecha y la Mayoría Moral, fundada ésta en 1979 y cuyo mayor esplendor coincidió con el mandato de Reagan. No hay ganas hoy de hablar de ese movimiento, pero sí vale la pena mencionar a un personaje como Phyllis Schlafly, activista antifeminista que, entre otras lindezas, hizo campaña contra la Enmienda de Igualdad de Derechos (que finalmente nunca fue ratificada), que presumía de cancelar sus discursos si su marido consideraba que había pasado demasiado tiempo fuera de casa, y que negaba la posibilidad de violación dentro del matrimonio. Cuando se casa, decía, la mujer da su consentimiento a las relaciones sexuales. Es decir, que a nadie se le ocurra decir que los personajes femeninos tan cabroncetes de los que hablábamos más arriba son inverosímiles o exagerados.

Dentro del matrimonio, no se puede hablar de violación

El contexto, ya lo hemos dicho, lo es todo, y el contexto en el que se gestó esta novela era el de un mundo de reaganismo ultraconservador por un lado, y de dictaduras comunistas por el otro. Y parece ser que , treinta años después de su publicación, El cuento de la criada es el libro de moda estos días, a raíz, evidentemente, de la serie de televisión que se ha estrenado recientemente. Yo aún no la he visto, pero confieso que me decidí a leer de una vez este libro para así poder ver la serie con la mente pura que nos gusta tener a los esnobs. Ya sabéis: ¿leer el libro después de la serie? ¡Qué ordinariez!


En cualquier caso, aunque no son pocos los que se han apresurado a ver en la llegada de Trump al poder una confirmación de los poderes adivinatorios de la autora, lo cierto es que, en lugar de predicciones, Atwood insiste en que no introdujo en su novela absolutamente nada que el ser humano no hubiera hecho ya. En efecto, las ejecuciones ejemplarizantes, los linchamientos, la imposición de un modo de vestir determinado para cada casta y clase social, la prohibición de la alfabetización, la ilegalización de los métodos anticonceptivos y el aborto por cuestiones demográficas, el destierro de condenados y parias a regiones remotas casi inhabitables, la lectura sesgada y radical de los textos sagrados, o el robo de bebés para beneficio de oficiales de alto rango son, entre otras, algunas de las características del mundo descrito por Offred (en español, Defred), la criada y narradora de este cuento. Como veis, nada nuevo bajo el sol. No obstante, entre Trump, Orwell y el feminismo, me faltaba algo en las reseñas y artículos que he encontrado por la red, así que me puse a buscar otra vez, esta vez gugleando las palabras pertinentes, es decir, haciendo una búsqueda menos espontánea y más "forzada".


El precio depende... Si tiene ojos azules, será diferente

Me consuela saber que no soy el único que al leer El cuento de la criada ha pensado en el nuevo radicalismo asesino que impera hoy en algunas desgraciadas zonas del mundo. La República de Gilead existe, y es un infierno aún peor que el que nos presenta Atwood en esta gran novela...

... de la cual, por cierto, no he dicho nada.

lunes, 29 de mayo de 2017

Los hermanos Ashkenazi


La ortodoxia siempre es relativa. Cuando vivía en Mánchester, fui un día con mi esposa y mi suegra a Prestwich, localidad en la que, junto con la vecina Whitefield, se concentra la segunda mayor comunidad judía del Reino Unido. Era el día del Sabbat, e íbamos a visitar a un primo lejano de mi suegra con quien ésta no se había visto nunca.

Como los judíos no tienen permitido conducir en Sabbat, éste es el día perfecto para dar un paseíto en coche por la localidad, observando tranquilamente la ciudad y sus habitantes. En Prestwich se encuentra una de las mayores comunidades de judíos hasídicos, de quienes ya he hablado en alguna ocasión, y la verdad es que es francamente interesante conocer de primera mano ese mundo, aunque sólo sea de una manera superficial. Así, por sus calles uno puede ver no sólo esas levitas negras llamadas kapoteh, o los típicos sombreros que los gentiles asociamos con la ortodoxia, sino incluso esos grandes sombreros de piel de castor propios de los hasídicos, atuendos que parecen salidos del siglo XVIII, y mujeres con peluca sobre un cráneo quizá rapado.

La visita a la casa de D., el primo de mi suegra, fue igualmente interesante. D. emanaba cierto aire de joven patriarca, sentado en su sillón, con su esposa tras él y sus hijas a sus pies escuchando con devoción cada una de sus palabras. La comida, exquisitamente kosher, estuvo precedida de una larguísima oración y lectura en hebreo, interrumpida por un comentario que hizo mi esposa acerca del gato que no fue muy bien recibido.

Por las calles del Gran Mánchester

La sobremesa nos permitió mostrar nuestra admiración por el ingenio de un sistema de encendido de luces programado a una determinada hora, dado que en el Sabbat no se puede apretar un interruptor. La conversación, acabados los cotilleos y la puesta al día con las últimas noticias familiares, empezó a girar alrededor del judaísmo, y fue en ese momento cuando, en una de las escasísimas intervenciones espontáneas que se permitieron las mujeres de la casa, una de las hijas dijo: "eso sólo lo hacen los del gueto". Podéis imaginar nuestra estupefacción. Mi suegra, que creció en un ambiente judío, nos comentó más tarde que nunca había visto en Inglaterra una familia tan ortodoxa como aquélla, y sin embargo, ellos mismos no sólo se consideraban "progresistas", sino que incluso utilizaban un término de tan infausto recuerdo como "gueto" para referirse a sus correligionarios "atrasados".

La visita, en fin, terminó con una nueva metedura de pata por parte de mi atea esposa, que pidió un bolígrafo para apuntar el teléfono de la familia. ¡Escribir en Sabbat!

Pensando en Los hermanos Ashkenazi me ha venido a la mente este recuerdo. Si tiene algo que ver o no con la novela, todavía no lo sé. Ya me diréis vosotros.

Israel Yehoshua Singer

La verdad es que, después de leer La familia Karnowsky y esta novela que os traigo hoy, creo que habrá que reconsiderar quién de los dos Singer es hermano de quién. ¿I.B. o I.Y, el pequeño o el mayor, el longevo o el malogrado? Hasta hace bien poco, no se podía hablar de Israel Yehoshua sin aclarar que se trataba del hermano de Isaac Bashevis, autor relativamente popular y ganador del Nobel (fijaos si no en este y este titular). De un tiempo a esta parte, no obstante, la figura del primero ha empezado a recobrar parte del prestigio que gozó en vida (en 1936, año de su publicación, Los hermanos Ashkenazi fue líder de ventas en los EEUU junto a Lo que el viento se llevó), y algunas editoriales, como nuestra querida Acantilado, han decidido recuperar sus novelas más emblemáticas.

En todo caso, al igual que los propios Ashkenazi, los dos Singer no podrían tener una visión del mundo más diferente. Así, mientras Isaac Bashevis siempre trató el -en la literatura yiddish- inevitable tema del judaísmo desde dentro, mostrándonos la atormentada conciencia de unos personajes en lucha constante y descarnada con el Creador, su hermano Israel Yehoshua acompaña a los suyos en el duro viaje que emprenden para relegar a un segundo plano su judaísmo y asimilarse a una sociedad que, de otro modo, nunca los acabará de aceptar. Del mismo modo, mientras I.B nos regala inolvidables retratos de la vida en el shtetl, para I.Y la aldea judía no pasa de ser una nota a pie de página, el recuerdo, a veces vergonzoso, del humilde origen de un ambicioso emprendedor.

Anclado como está en un estilo realista, heredero del Mann de Los Buddenbrook, Singer toma como punto de partida, sin embargo, un viejo motivo procedente de los cuentos populares: el de los dos hermanos cuyas vidas toman rumbos opuestos desde el momento mismo del nacimiento. Simha es un recién nacido menudo y enclenque, de pelo ralo y cráneo estrecho, que llora con agudos chillidos. Su hermano Jacob, por su parte, es grande y robusto, con una cabeza de recio pelo negro, y que berrea como una mula. Desde ese momento, el mayor empezará a sentir que la vida guarda sus sonrisas para su hermano, y que todo lo que él desee alcanzar tendrá que currárselo trabajando como un... ¿judío? Veamos.

Fábrica de algodón de Israel Poznanski, puntal de la industria textil de Lodz

Uno de los aspectos más logrados de esta apasionante novela es, como sucedía en La familia Karnowsky y el Berlín de entre guerras, el retrato de una época y un lugar. Aquí se trata de la ciudad polaca de Lodz a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y hasta el comienzo de la Gran Guerra.

Con la anexión en 1831 del Ducado de Varsovia al Imperio Ruso comienza el gran crecimiento de Lodz, gracias, sobre todo, a la llegada de inmigrantes alemanes y judíos. Ésta es, de hecho, la escena que abre la novela:
Por los polvorientos caminos que desde Sajonia y Silesia descienden hasta Polonia, una insólita procesión de carruajes repletos de hombres, mujeres y niños, cargados con todas sus pertenencias, atravesaba pausadamente prados y bosques, pueblos y aldeas, saqueados y devastados por las recientes guerras napoleónicas. (...) Ya fueran ricos o pobres, todos ellos coincidían en una preciada posesión: un lustroso telar de madera atado a cada carro o carromato.
Nace así la industria textil de una ciudad que, desde ese momento, en virtud de un vertiginoso desarrollo económico, pasó de los dos centenares de habitantes que tenía en 1793 a 13.000 en 1840, y de ahí a 500.000 justo antes de la Primera Guerra Mundial. Lodz se ganó así el sobrenombre del Mánchester polaco, y el éxito de esa industria se debió en gran medida al trabajo y al carácter emprendedor de los empresarios judíos, de los que Simha Ashkenazi, el gran protagonista de la obra, es un ejemplo memorable.


Un mundo desaparecido: el Lodz judío antes de la Segunda Guerra Mundial

En las páginas de Los hermanos Ashkenazi, asistimos, pues, en primera fila, al proceso de construcción de esa industria y a las repercusiones que tuvo para la sociedad. Como en otras grandes novelas de las que ahora, por supuesto, no puedo recordar un solo título, I.Y. Singer nos muestra el modo en que los personajes se ven zarandeados por los bandazos de la historia y de unas fuerzas incontrolables. Esas fuerzas son el Imperio Ruso, el auge de los movimientos revolucionarios, la lucha por los derechos laborales y, finalmente, la guerra. No incluyo el antisemitismo dado que el pueblo judío ya estaba más que acostumbrado a la persecución y los pogromos.

Cuando Abraham Hersh, Ashkenazi padre, informa al rabino de que su esposa está encinta, éste vaticina que sus hijos serán hombres acaudalados. Pronto vemos que el menor, Jacob, es un estudiante del montón, pero, intuyendo quizá que a él la fortuna le vendrá dada, se dedica a vivir la vida y conquistar el corazón de... bueno, no hay por qué revelar tantos detalles. Por su parte, Simha, como si se hubiera propuesto demostrar la veracidad del vaticinio del rabino, se revela desde pequeño como un nene bastante asquerosito que, en lugar de jugar, prefiere ver llenarse su hucha, y que, incapaz de relacionarse con niños de su edad, se rodea de otros más pequeños a los que puede dominar a placer. Simha es un niño superdotado, "un genio", "un prodigio". A medida que crece, el mayor de los Ashkenazis irá haciéndose con parcelas de poder cada vez más grandes, hasta que, tras superar a veces terribles reveses, logra alcanzar su gran ambición: convertirse en el rey de Lodz, pero a un precio que ni la gran fortuna que logra amasar podrá pagar.
-Rebbe, yo preferiría que fueran hombres temerosos de Dios.
Con esas palabras responde Abraham Hersh al vaticinio del rabino.
El rebbe no contestó y Abraham Hersh no volvió a insistir. El comentario le había parecido de mal augurio y estaba ansioso por aclarar su significado precisamente ahora, antes de que llegara su nueva descendencia.
Judíos hasídicos polacos

Si en La familia Karnowsky Singer nos mostraba los efectos últimos de la asimilación de los judíos a la sociedad alemana, en la novela que nos ocupa el autor parece formular la pregunta desde otro ángulo: ¿hay sitio en una sociedad occidental capitalista para un judío sin que éste deba, en mayor o menor medida, renunciar a su identidad? Las dudas y temores de Abraham Hersh Ashkenazi en las primeras páginas de la novela nos indican a las claras la importancia de esta cuestión.
 Si por ser ricos sus hijos estuvieran destinados, Dios no lo quisiera, a abjurar de su religión, él renunciaría a la riqueza. Preferiría que fuesen maestros de párvulos, con tal de que fueran judíos honestos. 
Pero el pequeño Simha, todavía en pantalón corto, sabe muy bien lo que quiere. Colándose, en ausencia de su padre, en el despacho de éste, da rienda suelta a sus sueños, y lo hace de esta guisa:
 Cuando creciera, se sentaría en un despacho como el de su padre, pero no llevaría la kippah, sino que iría a cabeza descubierta, como los mercaderes alemanes del otro lado de la calle. Tampoco trataría a la gentuza que trataba su padre. Tendrían que quitarse las kippahs y dirigirse a él en alemán en lugar de yiddish.
Miembros del Khalyastre, un movimiento literario expresionista polaco en lengua yiddish. Singer, a la derecha.

La cuestión de la identidad judía, que a servidor, quizá por lo bien que la presentan los autores yiddish, siempre le ha interesado, se vuelve en esta obra más interesante todavía al enzarzarse, por utilizar un verbo inocente, con los movimientos revolucionarios. Y entran aquí en escena dos extraordinarios personajes de entre la gran galería que nos presenta el autor. Se trata de los agitadores Tevye y, sobre todo, Nissan. Es conocido el papel más que relevante que jugaron los judíos en los orígenes del comunismo y en la revolución bolchevique, y por ello, a la luz de estos dos personajes, se me ocurre que, a la pregunta sobre el hombre judío en la sociedad capitalista occidental, se podría añadir esta otra: ¿hay sitio en la revolución para un judío sin que éste deba, en mayor o menor medida, renunciar a su identidad? Al igual que Simha, Nissan tiene las ideas claras desde niño y sabe muy bien lo que odia:
Sí, odiaba a su padre, y junto con su padre, odiaba sus libros sagrados que sólo hablaban de dolor y estaban empapados en moralidad y melancolía su Torah, tan compleja y enrevesada que desafiaba todo entendimiento; todo su judaísmo, que oprimía el alma humana y la cargaba de culpa y remordimiento. Pero, sobre todo, Nissan odiaba al Dios de su padre, aquel ser cruel y vengativo que exigía una obediencia ciega...
Y si pensáis que un personaje así es más propio de Isaac Bashevis, os equivocáis. A Nissan no le atormenta su falta de fe, sino las injusticias sociales que lo rodean. En todo caso, si no hay sitio para el judío en la sociedad capitalista ni en la revolución, ¿dónde lo hay? En Rusia no, desde luego.

Verbigracia.

El acceso al trono de Alejandro III, Emperador de Rusia y Rey de Polonia, supuso un gran retroceso respecto al reinado de su padre. Donde éste había liberado a los esclavos, promovido la educación universal y concedido más autonomía a los gobiernos locales, aquél, el hijo, tras declarar que su autocracia no tendría límites, acabó con las instituciones alemanas, polacas y suecas en las respectivas provincias, y se dedicó a perseguir a los judíos. Un Trump de la época, para entendernos. Y esta implacable política antisemita tuvo como consecuencia la llegada en masa de judíos rusos a Lodz.

Alejandro III de Rusia.

Entraríamos así en otro de los aspectos que, personalmente, más me interesantes me han resultado en esta obra, y es la relación de unas comunidades judías con otras. Los judíos de Lodz ven con recelo a los rusos y sus maneras tan poco judías. Los judíos lituanos no entienden cómo los polacos son capaces de comer carne a diario con tanta tranquilidad, beber whisky o cerveza, o asar un ganso en el Sabbat. Y la bella Dinele, destinada a casarse con uno de los dos hermanos, desprecia el hasidismo, tan propio, según ella, de brutos zafios y peludos... como su propio padre. En fin, que entiende uno algo mejor el comentario de aquella chica de Prestwich acerca de "los del gueto".

El barrio judío de Lwow tras el pogromo de 1918


En su edición inglesa, esta maravillosa novela tuvo un gran éxito en Inglaterra y en los Estados Unidos. En Polonia, sin embargo, no fue muy bien recibida por las autoridades. Publicada inicialmente por entregas en el diario judío Nasz Przeglad, se ordenó la confiscación del periódico a causa de dos capítulos en los que se describe, respectivamente, el pogromo de Lwow en 1918, y una escena que me callo, pues os estropearía el final de la novela. No contentos con ello, en 1937 se iniciaron procedimientos legales contra el autor, que llevaba ya varios años residiendo en América. Dudo que se presentara al juicio.

Por hoy, no hay sitio, tiempo, fuerzas o ganas para más. Os aseguro, eso sí, que me dejo muchísimas cosas en el teclado: personajes grandísimos, encantadores u odiosos; historia, guerra, revolución, auges, violencia, caídas, envidia, caídas, venganza, auges, persecución, pecado y redención.

Los hermanos Singer eran tres. ¿Nos deparará Esther, también escritora, alguna sorpresa?

sábado, 13 de mayo de 2017

El lector derrotado. Cuatro apuntes.

El histórico combate entre Thomas Pynchon y El Niño Vampiro

No ha habido revancha. El primer combate se libró hace ya la friolera de cinco años (el tiempo pasa más rápido cuando uno tiene un blog), y os puse aquí algunos de las mejores momentos. Desde entonces he estado preparando la revancha, con la confianza del escarmentado y la experiencia de quien ha leído el Ulysses, la Recherche, el Quartet, ParadisoEl hombre sin atributos y hasta alguna trilogía de Beckett. Y no lo digo con ánimo de darme ínfulas, sino simplemente para dejar constancia de que no me dan miedo las lecturas largas y complejas. Más bien al contrario, es en ese tipo de novelas donde más seguro me siento. Quizá ello se deba a que, ante novelitas como El túnel o La muerte en Venecia, me resulta mucho más difícil negar mis inmensas carencias culturales. Así que monumentales novelones experimentales, sí por favor, pero...

...pero este rival de nuevo se ha mostrado imbatible. Si medimos cada asalto por un centenar de páginas, le he durado tres asaltos, durante el último de los cuales estaba ya groggy y tambaleándome por el ring cual borracho despistado.


La lectura, frustrada o no, de una obra como Rainbow's Gravity hace que nos planteemos algunas preguntas, la primera de las cuales no destaca por su originalidad: ¿para qué? Y del para nos vamos al por, es decir a aquella pregunta tan manida de ¿por qué leemos? ¿Y por qué algunos nos empeñamos, contra viento y marea, en leer libros como éste? Pues lo siento, no tengo una respuesta satisfactoria a la pregunta de por qué leemos, pero sí tengo muy claro cuáles NO son los motivos: no leemos para aburrirnos, no leemos para sentirnos estúpidos, no leemos para poder decir "he leído".

La segunda pregunta que nos viene a la cabeza es ¿soy gilipollas? ¿Burro? ¿Ignorante? ¿Filisteo? ¿Tengo la paciencia y capacidad de atención de un niño de tres años? ¿Por qué este libro que, según dicen, ha hecho las delicias de tantos lectores, a mí no me ha proporcionado más que un par de momentos memorables? ¿Afronté mal la lectura? ¿Debí acaso pertrecharme de lápiz y papel para poder llevar la cuenta de los personajes y crear un glosario de acrónimos? ¿Requiere la lectura de Gravity's Rainbow no sólo un cierto nivel cultural sino, además, un periodo de entrenamiento previo, digamos, con obras más accesibles del autor? Y una vez más, esta pregunta nos lleva a la siguiente.

Filisteos preparados para leer Gravity's Rainbow

La tercera, pues, podría ser ¿volveré a caer? Porque mira que compré el libro con ilusión. Mira que tenía ganas de que me gustara Pynchon. Como decía más arriba, un autor difícil con una bibliografía que se mide en kilos supone para mí una tentación en la que me dejaría caer con las manos atadas y los pies en un bloque de cemento. Habrá quien me diga que persevere, que vale la pena el sacrificio. ¿Sacrificio? ¡Pero si me he inmolado! ¡Si desde la segunda página era un cadáver leyente, un zombie pasapáginas, un alma en pena condenada a errar por centenares de páginas sin sentido, placer ni final!

En fin, quizá la mayor virtud de este libro ha sido que me ha transportado a mi infancia. En efecto, me ha hecho recordar proustianamente aquella sensación que tuve cuando, a los siete años, cogí de la estantería de mis padres el libro Tiburón, en aquella edición del Círculo de Lectores, y cómo, acabada la primera página, decidí que aquello no era para mí.

Sí, esta mismita edición

miércoles, 26 de abril de 2017

La saga del rey Harald


Las muertes de reyes, las invasiones y las grandes batallas son acontecimientos concretos y, por lo menos para quienes los sufren, carnosamente palpables. Es por ello que resultan tan prácticos para poder dar principio y final a algo tan etéreo como son las diferentes eras históricas. La proclamación de Augusto como emperador nos permite fechar el nacimiento del Imperio Romano, y la abdicación de Rómulo Augusto ante el bárbaro, su final, o lo que es lo mismo, el comienzo de la Edad Media. Más difícil resulta, naturalmente, fechar determinados movimientos culturales. Así, nadie se ha puesto de acuerdo, por ejemplo, sobre cuándo comienza el Renacimiento, y, por no irnos tan lejos, sería difícil señalar en qué momento empieza la era tecnológica en la que vivimos. 

En la historia de Inglaterra, el año 1066 destaca por ser la fecha que marcó el destino del país para los diez siglos siguientes. De no ser por todo lo que sucedió en aquel año, la historia de Inglaterra, y por ende, la de toda Europa, habría sido muy diferente. Y qué decir de la lengua. Si el inglés os parece difícil, pensad que, de no haber sido por algunos de los personajes que veremos a continuación, hoy nuestros hijos estarían aprendiendo algo parecido al islandés en la academia. Sin embargo, 1066 no sólo acabó con el último de los reyes anglosajones e impuso el francés como lengua de la corte, sino que además se considera que puso fin a la era vikinga.

Snorri Sturluson, de Christian Krohg

La saga del rey Harald es sólo una de las quince sagas que forman el Heimskringla, obra histórica emprendida por Snorri Sturluson, en la que el poeta e historiador recogió la historia de los reyes noruegos hasta el año 1177. "El orbe del mundo, donde habita la humanidad...". De esta impresionante guisa se abre el Heimskringla, cuyo significado es precisamente el de esas cuatro palabras iniciales, y cuyas primeras líneas nos dan una idea del ambicioso proyecto de Sturluson.

Sturluson, a quien recordamos por la maravillosa saga de Egil Skallagrimsson, nos narra, pues, en esta obra la vida de Harald Sigurdsson, también conocido como Harald III de Noruega o, de manera algo más dramática, Harald el Despiadado. Y lo hace de una manera bastante diferente de lo que se estilaba entre las sagas. De entrada, nos ahorra esas interminables genealogías que acostumbran abrir este tipo de obras, y nos introduce en plena acción prácticamente desde la primera línea. Además, a diferencia de Egil y otras sagas muy representativas, La saga del rey Harald no gira alrededor de la poesía o la vida de un poeta, sino que toma la poesía como evidencia histórica para apoyar la narración. Así, la obra está repleta de citas de otros poetas que vienen a confirmar los hechos presentados. Los islandeses se tomaban muy en serio la poesía. La belleza es verdad, la verdad es belleza. La conocida cita de Keats podría haberla firmado cualquier poeta escaldo.

Muerte del rey Olaf en la batalla de Stiklestad

Así, decíamos que, a diferencia de la mayoría de las sagas islandesas, que se demoran en una detallada descripción de las credenciales de su protagonista, es decir, en quiénes fueron sus padres, hermanos y medio primos, la que nos ocupa comienza directamente en el meollo de la acción. Nos encontramos con un Harald de 15 años luchando al lado de su hermano en la Batalla de Stiklestad, una de las más famosas en la historia de Noruega. En ella murió el rey Olaf, hermano de Harald, y a las pocas horas de su muerte empezaron a obrarse milagros. El rey se convirtió en santo, venerado en toda Escandinavia, Europa occidental y hasta Inglaterra. Pero para hablar de Olaf, tenemos otra saga dedicada a él solito por el propio Sturluson. 

Es sabido que los cuernos de los cascos vikingos son un mito. También hay constancia, sobre todo gracias a las sagas, de que estos pueblos del norte de Europa llegaron al continente americano mucho antes que Colón. Menos conocidas, sin embargo, son las relaciones que establecieron con Rusia, ni sus posteriores andanzas en Constantinopla, el Mediterráneo e incluso Asia Menor. 

Tras haberse recuperado de sus heridas sufridas en Stiklestad, Harald llegó a la corte del rey Yaroslav, en Rusia, quien lo nombró capitán del ejército. Posteriormente, viajó a Constantinopla, donde también ascendió a comandante de la Guardia Varega. Este cuerpo de élite del ejército bizantino se había formado unos dos siglos antes, y se componía casi exclusivamente de anglosajones, germanos y pueblos nórdicos.

La Guardia varega del ejército bizantino

Durante todo este tiempo, como buen vikingo que era, Harald se dedicó al pillaje, y en Sicilia sometió una tras otra a las mayores y más prósperas ciudades de la isla. Sturluson nos da muestras de la astucia de nuestro héroe al relatar el modo en que éste rompió las defensas de la primera de esas ciudades. Hizo capturar a los pajaritos que anidaban en la ciudad cuando salían de ésta en busca de comida. A continuación, les ató virutas a la espalda, que luego embadurnó de cera y sulfuro y les prendió fuego. Los pobres bichos en llamas volvíeron desesperados a sus nidos y la ciudad entera acabó pasto del fuego. Evidentemente, esto suena más a leyenda que a hechos verídicos, pero en una obra escrita hace mil años y tan fiel en su mayor parte a los hechos históricos, supongo que se le pueden disculpar estas licencias épicas.

La emperatriz Zoé Porfirogéneta

Al cabo de un tiempo, Harald decidió regresar a su tierra. Le habían llegado noticias de que su sobrino Magnus Olafsson había accedido al trono de Noruega y Dinamarca, y se proponía disputárselo. Renunció a su puesto en la guardia varega, pero la decisión no fue del gusto de la Emperatriz Zoe Porfirogéneta, que lo acusó de traición y lo hizo arrestar. Según contaron las varegos a su regreso a Escandinavia, la ira de la emperatriz se debía a que Harald había rechazado casarse con ella. Sea como fuere, Harald fue llevado a la mazmorra, pero mientras era conducido allí, se le apareció su milagroso hermano Olaf, que le prometió ayuda. A la noche siguiente, una dama a quien San Olaf curó en una ocasión se presentó, acompañada de dos sirvientes, en la celda de Harald, al que liberó. Los varegos recibieron entre aclamaciones a su líder y, acto seguido, se dirigieron a la cámara del emperador para tomar cumplida venganza.
San Olaf, en la cultura popular

Milagros aparte, en este punto de la saga, como en algunos otros, los datos de Sturluson no son del todo precisos. No obstante, la historia es tan macabra que merece ser contada.

Dice el autor que los varegos le arrancaron los ojos al emperador Constantino Monómaco. Sin embargo, en aquel momento el emperador no era Constantino sino Miguel Calafates, hijo adoptivo de Zoé. En 1042, con el objetivo de gobernar en solitario, Miguel recluyó a Zoé en un convento, pero el pueblo y, con ellos, la guardia varega, permaneció fiel a la emperatriz. Miguel, derrotado, ingresó en un convento, pero Zoé, que ahora reinaba con su hermana Teodora, lo hizo arrestar. Miguel fue cegado en público, y según algunas wikipedias, castrado.

Harald Sigurdsson ha pasado a la historia como Harald Hardrada, es decir, el Despiadado. Sturluson nos presenta el retrato de un guerrero a ratitos noble; con más frecuencia, cruel, vengativo y traicionero, siempre astuto y un hombre al que, efectivamente, es mejor no contrariar. Sin ahondar en sus motivaciones personales, el autor consigue, mediante la acumulación de hechos históricos y la descripción de las relaciones de Harald con sus contemporáneos, ofrecernos un vívido retrato psicológico de nuestro héroe. Entre estos contemporáneos destacan su sobrino Magnus el Bueno, hijo bastardo de San Olaf (qué bien queda eso). Magnus, un joven impetuoso y arrogante, compartió con Harald el reino de Noruega, al que había accedido en ausencia de su tío. Magnus era también rey de Dinamarca, a cuyo trono accedió tras derrotar a Svein Ulfsson. La sorpresa llegó cuando, tras su temprana muerte a los 23 años, legó el trono de Dinamarca al propio Svein en lugar de su tío Harald, quien, por descontado, no se quedó de brazos cruzados sino que...

Magnus el Bueno con Hardecanute

Como veis, es bastante difícil seguir con detalle este verdadero y, qué queréis que os diga, para mí apasionante culebrón. En todo caso, la galería de personajes es de lo más atractiva y entretenida. Svein, una presencia constante y carismática, nos proporciona, en uno de sus enfrentamientos con Harald, una de las mejores escenas de la obra: la persecución de Harald en barco a lo largo de la costa danesa, en la que nuestro héroe, obligado a soltar lastre, se deshizo de la malta, la harina, el beicon, hasta que al final tuvo que tirar por la borda los prisioneros que había capturado.

Otro personaje de nombre inolvidable es Einar Tambarskjelve, es decir, Einar Barriga Vibrante. Einar, un noble noruego, esperaba, tras la batalla de Stiklestad, que el rey Canuto el Grande (hablando de nombres inolvidables) lo nombrara caudillo. Canuto no lo hizo, y Barriga Vibrante se dirigió a Rusia, donde se reunió y empezó a tramar con Magnus el Bueno. Con el tiempo, Einar consiguió convertirse en un influyente caudillo, hasta el punto de gobernar de facto Noruega. Huelga decir que el regreso de Harald de tierras bizantinas no auguraba nada bueno.

Canuto el Grande, en su legendario encuentro con las olas

La obra continúa así, entre tantas traiciones, pillaje y maquinaciones que es un auténtico placer, hasta que, habiendo matado, quemado o mutilado a todo aquel que tuviera alguna pretensión al trono u osara cuestionar su derecho a la corona, Harald, a falta de Dinamarca, se hizo con todo el poder en Noruega. Volvió entonces la vista a Inglaterra, cuyo trono había estado en manos de Canuto el Grande. Su hijo Hardecanute, rey de Dinamarca, había pactado con Magnus de Noruega que, en el caso de que cualquiera de los dos muriera sin dejar un heredero, su trono pasaría al otro. Este pacto fue invocado por Harald a la muerte de Magnus para reclamar la corona de Inglaterra, a la sazón en manos de Harold Godwinson. Un culebrón de primera.

 En este punto, Sturluson deja a un lado a nuestro héroe y se centra en Harold, su hermano Tostig y los enredos de éste para conseguir la ayuda de Svein, primero, y de Harald, luego, para derrocar a Harold. Todo conduce así a un Harald contra Harold, que la prensa deportiva de la época, por una vez sin caer en la hipérbole, calificó como el combate del milenio.

Los hermanitos Harold y Tostig Godwinson, en un preludio de lo que iba a ocurrir

Ese duelo tuvo un maravilloso prolegómeno, cuando Harold se presentó de incógnito ante su hermano Tostig y Harald para ofrecerle al primero el reino de Northumbria y así evitar la guerra. Tostig, que reconoció a su hermano pero decidió seguir el juego, le reprochó que este ofrecimiento llegara tan tarde, después de que se hubieran perdido tantas vidas. Aún así, preguntó al presunto emisario de Harold:

-Si acepto este trato, ¿qué le ofrecerá el rey a Harald?

Ante lo cual, el jinete respondió con unas palabras que son historia:

-Le daré seis pies de tierra inglesa. 

Tostig se negó a traicionar a Harald. Consideró más noble enfrentarse a su hermano.

La narración del duelo final es tan apasionante como el resto de la obra, no sólo por la escritura siempre ágil y sin florituras del autor, en línea con el estilo habitual de las sagas islandesas, sino sobre todo por su significado histórico. Como decíamos al principio, la batalla de Hastings, en 1066, se considera el episodio más importante en la historia de Inglaterra. Sin embargo, esa batalla fue influida en gran medida por otra que tuvo lugar unos días antes y que Sturluson relata de manera magistral: la batalla de Stamford Bridge.

El trono de Inglaterra tenía en aquel momento en el duque Guillermo de Normandía a otro poderoso pretendiente. Harold esperaba la invasión francesa comandada por el duque, futuro Guillermo el Conquistador, que debía llegar por el sur. Harald aprovechó la circunstancia para atacar Yorkshire, en el norte. Las tropas de Harold se dirigieron ipso facto al norte y derrotaron sin excesiva dificultad a nuestro héroe, que murió de un flechazo en la garganta. El relato de la batalla por parte de Sturluson no es del todo fiel a los hechos, pero como literatura épica no tiene desperdicio. 

La batalla de Hastings y la flecha que mató a Harold

La saga del rey Harald no concluye con la muerte del héroe. Tres días después de Stamford Bridge tuvo lugar al fin la invasión normanda. Harold se vio obligado a regresar a toda prisa a Sussex, en el sur, y, apenas tres semanas más tarde, entablar batalla con las tropas de Guillermo. Sturluson, que se toma muy en serio su trabajo como cronista, nos narra los hechos más importantes que tuvieron lugar a continuación, desde la derrota y muerte -también de un flechazo- de Harold y el acceso al trono de Guillermo el Conquistador hasta un obituario de Harald, pasando por la retirada de las tropas noruegas de Inglaterra, o una comparación, a la manera de Plutarco, entre Harald y su hermano Olaf. No se olvida el autor de incluir en su descripción física de Harald un detalle sobre una de sus cejas, como hacía también al hablar de Egil Skallagrimson, Cada uno tiene sus fetiches, supongo.

Mucho se ha especulado sobre cuál habría sido el desenlace de la batalla de Hastings de no haberse producido la invasión vikinga, pues es evidente que las tropas de Harold habrían estado en mejores condiciones para luchar. ¿Qué habría sucedido si Harold no hubiera perdido esa batalla? Se trata, sin duda, de uno de esos momentos en que la Historia llega a un cruce de caminos y, antes de decidir cuál de ellos tomar, se pone una venda en los ojos y da varias vueltas sobre sí misma. La historia es una sucesión de gallinitas ciegas.

Y mientras unos escribían sagas, otros bordaban tapices.

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