viernes, 8 de septiembre de 2017

El palacio de los sueños


El actual auge de las series de televisión impresiona al más pintado. Tanto en cantidad como en calidad o variedad, no hay duda de que estamos viviendo una era dorada de este tipo de producción. Si ello se debe al actual desarrollo tecnológico, tan vertiginoso que ya aburre, a la luenga sombra de hitos ya legendarios en la historia de la televisión como Los Soprano o The wire, o a una conjunción de hados y gnomos es cuestión que dejo a los entendidos .
 
(Por cierto, hoy no voy a hablar de series.)

El caso es que a veces dudo que esta edad dorada pueda durar mucho más. Sencillamente, la modernidad no produce tantos genios como para mantener la calidad y la creatividad de manera permanente. Naturalmente, si algún día llega la crisis, empezará precisamente por la creatividad: el número de ideas geniales que flotan en el éter es limitado, y como consecuencia, guionistas y compañía no dudan en recurrir, en primer lugar, a la historia, tanto la milenariamente remota como la más reciente, con resultados tan extraordinarios como Vikingos, The crown o, según me informan, Narcos.

El otro gran recurso de los guionistas es, huelga decirlo, la literatura. Ahí están, por mencionar tan sólo dos ejemplos, esa biblia visual que fanatiza a las masas titulada Juego de tronos, a la que quizá algún día me enganche, o El cuento de la criada, del que hablábamos hace unos meses. Y ahora entramos en materia: ¿cómo es posible que nadie haya hecho todavía una adaptación de esa obra maestra tan arrebatadoramente visual titulada El palacio de los sueños? No, no estoy pidiendo nada. Es pura curiosidad. Estamos muy bien sin la adaptación. Que quede claro.


En todo caso, la respuesta a la pregunta se me antoja obvia: porque no la han leído. ¿Y por qué no la han leído? Quizá porque la escribió un albanés, pobre. Bueno, tampoco nos pongamos cínicos. Ismail Kadaré, de hecho, está reconocido como uno de los grandes escritores del s. XX; toda su obra ha sido traducida a más de treinta idiomas, y, aunque su nombre suena ahora menos que hace unos años, es uno de esos sempiternos (¡mueran los clichés! ¡vivan los sinónimos!) candidatos al premio Nobel. El palacio de los sueños es su obra más emblemática y, si bien la primera lectura, hace unos años, me dejó un tanto frío (que es una forma suave de decir me aburrió), esta vez me ha dejado deslumbrado. O quizá deslumbrado no sea la palabra adecuada. Más bien me ha dejado tirado en el suelo, envuelto en oscuridad, sediento, mareado y absolutamente gélido. Una gozada, vamos.

El puente Mes, cerca de Shkodra. Se desconoce si se emparedó a un hombre en sus cimientos

La idea central de la novela no podría ser más poderosa: un ministerio que recoge, clasifica, estudia e interpreta todos los sueños de los súbditos del imperio, con el fin de arrancar de raíz cualquier intento de ataque o conspiración. El imperio en cuestión es el otomano, del que Albania formó parte desde principios del s. XV hasta su independencia en 1912. Se trata, no obstante, de un Imperio Otomano desdibujado. No tenemos de él referencias cronológicas precisas y tampoco se nos dice en qué ciudad nos encontramos. Más adelante veremos a qué se debe ese escenario tan borroso.

El protagonista, de nombre Mark-Alem, es miembro de la poderosa e influyente familia de los Quprili, y en algún momento anterior al de esta historia decidió islamizar su nombre. De ahí lo de Alem. Así, de buenas a primeras el lector percibe en el ambiente cierta tensión entre los Quprili y el Sultán, tensión que se revelará más clara a medida que se desarrolla el relato.
La relación de nuestra familia con el Palacio de los Sueños siempre ha sido muy complicada. Al principio, en los días del Yildis Sarrail, que se ocupaba tan sólo de interpretar las estrellas, las cosas eran relativamente sencillas. Pero cuando el Yildis Sarrail se convirtió en el Tabir Sarrail todo empezó a ir mal.

El relato de Kafka en la inolvidable adaptación de El proceso por Orson Welles

Apenas comenzada la lectura, además de este ambiente misterioso y enrarecido, el lector no puede dejar de sentir la sombra de Kafka. Los paralelismos entre El palacio de los sueños y el praguense son evidentes, y no son pocos los que han hablado de El castillo para ilustrar esta relación. Personalmente, además de esa atmósfera opresiva, la kafkianez de la novela me vino a la mente más bien por la repetida frase que le dicen a Mark-Alem: te hemos elegido porque nos convienes ("you suit us" en la versión inglesa), que no dejaba de recordarme a la líneas finales del relato "Ante la ley". Sin embargo, frente a la insignificancia del individuo aplastado por la maquinaria burocrática de El proceso, o frente a la eterna espera del campesino en el relato de Kafka, el protagonista de El palacio... es, por el contrario, elegido para un puesto privilegiado. El individuo en esta novela no se enfrenta, pues, al poder, sino que es absorbido por éste. Y más que absorbido, podríamos decir incluso engullido, como si esos interminables y oscuros pasillos palaciegos en los que transcurre buena parte de la novela fueran los intestinos de un monstruo gigantesco.

El Comité Central del Partido del Trabajo, probable modelo para el Tabir Sarrail

El gigantesco mecanismo que, a todos los efectos, él dirigía, funcionaba día y noche. Sólo entonces se dio cuenta de cuán vasto era realmente el Tabir Sarrail. Altos cargos veteranos entraban con timidez en su despacho. El Viceministro del Interior, que le visitaba con frecuencia, se cuidaba de no interrumpirlo nunca cuando hablaba. En los ojos del Viceministro, así como en los de todos los funcionarios del estado, había, a pesar de sus educadas sonrisas, una pregunta constante: ¿hay algún sueño sobre mí?... Ser poderoso y estar cargado de honores, ostentar puestos importantes y gozar de gran influencia: nada de ello bastaba para que se sintieran tranquilos. Lo que importaba no era sólo hasta dónde habían llegado en su vida: igual de importante era el papel que jugaban en los sueños de los demás, los misteriosos carruajes que conducían en esos sueños, los signos cabalísticos grabados en las puertos de esos carruajes...
Es evidente que detrás de un ministerio dedicado a recoger, estudiar e interpretar los sueños de la población se esconde una nada velada crítica al totalitarismo en su versión más estalinista. Cuando en 1984 Orwell nos presentaba la Policía del Pensamiento, encargada de arrestar a quienes cometen crímenes de ese tipo, veíamos cómo al ciudadano que quisiera sobrevivir en ese mundo tan horripìlante y real no le quedaba sino aferrarse a una tenaz represión de sus propios pensamientos y opiniones, incluso en su ámbito más privado. El Tabir Sarrail va un paso más allá en su implacable totalitarismo, dada la absoluta imposibilidad de controlar nuestros sueños. Y ese carácter imprevisible es especialmente cruel, tanto más cuanto que nos hace pensar en esos miembros del Partido que, tras su arresto, negaban las acusaciones, pero, una vez dictada la condena, admitían que, pese a no ser conscientes de ello, si el Partido los acusaba de conspiración, debía de ser así, puesto que el Partido es infalible.

Enver Hoxha, un amado líder hoy curiosamente olvidado por nuestros nostálgicos habituales

Los sueños, por su parte, son falibles, y de ahí la importancia de su escrupulosa selección e interpretación. Huelga decir que, en esta alegoría, hay que hacer un ejercicio de suspensión de la incredulidad. He leído por ahí alguna crítica que reprochaba al autor que no hubiera explicado con más detenimiento algunos detalles relativos a la organización de la maquinaria de recolección de sueños, que llega hasta el último rincón del imperio, o a la verificación de su autenticidad. Pues mira, en primer lugar, Kadaré sí nos proporciona los detalles necesarios. Y en segundo lugar, es igual: te crees lo que diga el autor y ya está, del mismo modo que te crees que Gregor Samsa se despertó convertido en bicho y que los animales de la Granja Manor son más elocuentes que nuestros políticos.

Mark-Alem, pues, a caballo de la influencia de su tío, quien lo ha enchufado en el ministerio, asciende rápidamente del Departamento de Selección al de Interpretación, y de ahí a la Oficina del Sueño Maestro, o Suprasueño. Se llama así al sueño seleccionado cada semana y presentado al Sultán, para guiarlo en su ejercicio del poder. Cada día más poderoso, Mark-Alem se siente tan perdido sentado en su escritorio delante de los sueños que debe interpretar como cuando deambula de un lado a otro por los interminables pasillos del Sarrail. Crece la tensión, suenan los gritos durante el interrogatorio de soñadores sospechosos, llaman con violencia a la puerta de casa durante una fiesta, y nuestro gris héroe se siente cada vez más pequeñito.

 Estamos de acuerdo, pues, en que a ningún lector de esta obra se le pudo escapar el carácter de crítica al totalitarismo que impregna toda la novela. ¿A ninguno? Bueno, sólo a la Unión Albanesa de Escritores, que, dos semanas después de su publicación, celebraron, a instancia de Ramiz Alia (a la sazón, designado sucesor de Hoxha) una reunión de emergencia en la que resolvieron prohibir la novela. Demasiado tarde, debió de decir alguien. Todos los ejemplares ya están agotados. Nos la han colado.

Plaza Skanderberg, en 1988. Esa diáfana prosperidad

Kadaré, como decíamos más arriba, había optado por situar la novela fuera de un tiempo y lugar históricos precisos. Hubiera sido impensable, en una obra de estas características, hacer referencias explícitas al contexto político de aquel momento, y Kadaré, que ya se las había visto con la censura, era perfectamente consciente de ello. No obstante, parece que, como un niño resabido que juega a ver hasta dónde puede llegar sin pasarse de la raya, quiso, por ejemplo, que en la descripción de la ciudad donde transcurre la novela el lector albanés pudiera reconocer fácilmente la ciudad de Tirana, así como lugares tan específicos como la Plaza Skanderberg o el edificio del Comité Central del Partido del Trabajo de Albania, más que probable modelo del Tabir Sarrail.

Sin embargo, empobreceríamos mucho esta obra si pensáramos que ese imperio otomano situado fuera de un tiempo claramente definido responde exclusivamente a un vano deseo de camuflar una crítica. Los grandes libros nunca se limitan a una única idea, y esta novela, en efecto, es tan rica que puede leerse perfectamente sin pensar una sola vez en dictadores balcánicos. El palacio de los sueños está oportunamente envuelta en una atmósfera onírica que se mueve entre el subconsciente, el mito y cierto aire de fatalidad que la emparentan con grandes novelas como El desierto de los tártaros, de Buzzati, o El mar de las sirtes, de Julien Gracq. El aspecto del mito se observa no sólo en ese borroso imperio otomano, sino también en la propia familia del protagonista, los Quprili. Así, en las primeras páginas tenemos a Mark-Alem abriendo un libro titulado Los Quprili de generación a generación. Una crónica, y leyendo las siguientes líneas:

Nuestro patronímico es una traducción de la palabra albanesa Ura (qyprija kurpija); hace referencia a un puente de tres arcos en Albania central, erigido en los días en que los albaneses todavía eran cristianos y construido con un hombre emparedado en sus cimientos. Una vez hubieron terminado el puente, uno de nuestros antepasados, cuyo nombre era Gjon y que participó en la construcción, siguió una antigua tradición y adoptó el nombre de Ura, junto con el estigma del crimen que lleva asociado.

 Músicos bosnios y su instrumento tradicional , el gusla

Esta presencia del mito familiar cobra relevancia más adelante, cuando descubrimos que los Quprili son la única gran familia de Europa, y probablemente de todo el mundo, que poseen su propia epopeya. Esa epopeya, "a la altura de Los Nibelungos", y que todavía se puede oír en lengua serbia en Bosnia, nos saca del universo familiar y nos introduce en el mundo y la historia de los Balcanes, y de ahí nos lleva a la del Imperio Otomano.

Una vez al año, durante el mes del Ramadán, venían rapsodas de Bosnia. Se alojaban durante unos días en casa de los Quprili, recitando sus largos cantos épicos (...). Luego recibían su recompensa y se marchaban, dejando tras de sí una atmósfera de vacío y de misterio sin resolver (...). Corrían rumores, sin embargo, acerca de que el Sultán envidiaba a los Quprili su epopeya.
La noche fatal en que Mark-Alem oye por primera vez la epopeya familiar, se sorprende al observar que las palabras y las voces podían venir "de labios tanto de los vivos como de los muertos". Y así, en esa zona muerta donde se cruzan vivos y muertos, sueños y realidad, poderosos y súbditos, mito, historia y subconsciente, lo dejamos por hoy. Que cada lector se sirva a su gusto.

 El palacio de los sueños es una novela muy de Chiriquiana.


Se maravillaba al oír hablar al visir, que explicaba cómo ninguna orden había salido ni saldría jamás del Tabir Sabir, ni hacía falta que lo hiciera. El Tabir lanzaba ideas, y su propio extraño mecanismo se encargaba de investirlas de un siniestro poder, pues procedían, según él, de las profundidades inmemoriales de la civilización otomana.

domingo, 30 de julio de 2017

¡Libros, cerveza, cooooca-cola!


Si compráis un mojito en la playa a un vendedor ambulante, probablemente tengáis la ligera sospecha de que el ron no será de la mejor calidad, ¿verdad? En realidad, os conformáis con que os refresque y no os envenene. Pues bien, de igual manera, no seáis muy exigentes con estas minireseñas escritas a vualapluma y que en realidad son bocetos de entradas que no llegaron a ver la luz. Os garantizo que al menos no producen indigestión.


Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos

Mi intención era dedicar una entrada exclusiva a este novelón. Antes de ello, habría publicado otra entrada anticipatoria en la que no habría más que una pregunta: ¿cuáles son, en vuestra opinión, las obras cumbre de la literatura en español que casi nunca nos vienen a la mente cuando nos hacen esta pregunta? Un poco rebuscado, ya lo sé. Mi intención era demostrar que la obra ganadora era ésta, pues esperaba que nadie la mencionara. Chorradas de bloguero para crear expectación e introducir un poco de novedad.

Luego fue pasando el tiempo, se me comió la pereza, y no me queda ahora más que el grato recuerdo de una lectura impresionante, densa, oscura, de prosa deslumbrante y que en muchas ocasiones me sobrepasa. Ésta era, en realidad, mi segunda lectura de esta novela, aunque no recuerdo si la llegué a terminar la primera vez. Sí recordaba las primeras páginas, desde luego, y sobre todo ese párrafo inicial difícilmente superable. Podría citarlo, desde luego, pero, con las maletas a medio hacer, os animo a que lo descubráis vosotros solitos.

En Yo, el Supremo, Roa Bastos novela la vida de José Gaspar Rodríguez de Francia, dictador de la República del Paraguay desde 1814 hasta 1840, y que, en efecto, se hacía llamar Karaí-Guasú, que en lengua guaraní viene a ser el Supremo. Gran parte de los hechos narrados son, pues, verídicos, y a ratos uno echa de menos un cursillo intensivo previo sobre la historia del Paraguay. Sin embargo, es la técnica literaria, la audacia del autor, y su increíble inventiva lingüística lo que hacen que el lector, que con frecuencia se encuentra perdido, se quede maravillado. Así, en los trozos aburridos, que los hay, uno puede desconectar de la trama, que inevitablemente va unos metros por delante, y no obstante disfrutar. Merecería una trilectura y una reseña algo más apañada.


La casa del malecón, de Yuri Trifónov

También quería continuar la serie de novelitas soviéticas con ésta y alguna más. De buenas intenciones están los blogs llenos.

Lo que más sorprende de esta historia es que la casa del malecón que da título a la obra no es lo que podría parecer. No es la humilde morada donde el narrador creció con su abuelita y cuyo recuerdo, junto con la esperanza de volver a cruzar su umbral, le ha ayudado a seguir adelante en los momentos más difíciles del estalinismo. Nada de eso. En realidad se trata de un edificio con una historia muy peculiar.

Si bien el nombre de Дом на набережной lo popularizó esta novela, el edificio era conocido de todos los moscovitas. Se construyó entre los años 1927 y 1931, y era un bloque de apartamentos de lujo para la élite del gobierno soviético. Se ve que al Padrecito de los Pueblos le gustaba tener a sus colaboradores bien a mano para lo que pudiera surgir. Así, hasta un tercio de sus residentes desaparecieron durante los años del terror. Pasada aquella época, la propia familia del autor se trasladó allí. Y de ahí nace la historia que nos cuenta esta novelita relativamente breve, triste, muy interesante, con unos personajes perfectamente retratados, aunque con un estilo quizá un pelín ampuloso en ocasiones.



The real life of Sebastian Knight, de Vladimir Nabokov

Después de leer Opiniones contundentes, de nuestro amigo Nabokov, no podía dejar de leer alguna de sus novelas, y la biblio de la escuela me ofrecía ésta. Qué puedo decir, todavía estoy por encontrar una novela de este autor que no sea una obra perfecta en su construcción. Aquí encontramos algunos de sus temas predilectos: la búsqueda, el exilio, la crítica de la crítica y el juego de identidades. Una gozada.



Chernobyl prayer, de Svetlana Alexiévich

Tras la inventiva de Nabokov, me apetecía un baño de realidad, con lo deprimente que puede llegar a ser eso.
Este libro es impresionante, me dijo mi mujer en cuanto empezó a leer este libro. Al cabo de un tiempo, cuando me disponía a leerlo yo, le pregunté qué le había parecido. Un poco repetitivo, me respondió, y añadió que lo había dejado a la mitad, lo mismo que le ocurrió a un compañero de mi trabajo.

Traducido al español como Voces de Chernóbil, este libro de la Nobel  de Literatura de 2015 consiste en una serie de testiomonios de personas que sufrieron de manera directa el desastre de la planta nuclear de Chernóbil, en 1986. El primero de esos testimonios, el de la esposa de uno de los primeros bomberos que actuaron en la zona, es, en efecto, impresionante y desgarrador, y el lector piensa que no podrá aguantar muchas páginas con tanto dolor. Sin embargo, más que recrearse en el dolor, con los testimonios recogidos Alexiévich quiere hacer hincapié, sobre todo, en el desconocimiento de las verdaderas consecuencias del desastre a largo plazo, no sólo en lo que respecta al medio ambiente, sino también en la sociedad. En este sentido, hay que destacar que el país que resultó más afectado por la catástrofe no fue Ucrania, donde estaba la planta nuclear, sino Bielorrusia.

Creo que es justo reconocer que sí, que al cabo de un rato la lectura puede hacerse repetitiva. Son, por ejemplo, muchos los personajes que nos hablan de esas patatas y esos nabos tan hermosos y tan lozanos, y que sin embargo tenían prohibido comer. No obstante, se me ocurre que la fuerza de esta obra surge precisamente de dicha acumulación de testimonios y de su valor periodístico. Las voces que escuchamos en estas páginas nunca han sido escuchadas en profundidad. Reporteros y corresponsales de occidente quizá les dieron unos segundos para responder a ¿cómo lo vivió usted?, y científicos de todo el mundo se han interesado en su uso como cobayas. Pero escuchar esas voces era algo que nadie había hecho. En palabras de un profesor universitario:

Apenas hay libros sobre ello. ¿Piensa que es casualidad? Se trata de un episodio que todavía no forma parte de nuestra cultura. Es demasiado traumático. Y nuestra única respuesta es el silencio. Cerramos los ojos, como niños, y pensamos que así nos ocultamos. Algo se está acercando a nosotros desde el futuro, pero es demasiado enorme para nuestra mente.

Más allá de la historia de Chernóbil, este libro nos habla también del desmoronamiento del imperio soviético. ¿Repetitivo? Sin duda, y apabullante.
Human universe, de Brian Cox

La catástrofe de Chernobyl y algunos de los comentarios por parte de los entrevistados acerca del átomo, la radiación y la fusión nuclear, me dieron ganas de profundizar un poquito sobre el estudio de la materia. Podéis reíros.

Este libro vino después de la serie del mismo título de la BBC, la calidad de la cual se da por sentada. El libro, desde luego, es tan interesante como promete, lo cual, en no poca medida, se debe al autor y presentador, físico, profesor y músico, de aspecto y estilo desenfadado, pero embriagado de pasión por su trabajo.

Human universe se ocupa de algunas de las grandes preguntas que se ha estado haciendo el homo desde que se convirtió en sapiens. Nuestro lugar en el universo, nuestro origen, por qué estamos aquí, si hay vida más allá o qué nos depara el futuro son, entre otras, algunas de esas cuestiones. A los que acostumbramos a leer ficción o, a lo sumo, libros de historia o biografías, nos sorprende, creo, el modo de razonar tan lúcido y pragmático que tienen los científicos o, cuando menos, las mentes privilegiadas (a mi lado, desde luego, Cox lo es).

Como libro de divulgación, no hay duda de que Cox cumple con creces, hasta el punto de que ya me he agenciado la New Guide to Science de mi querido Asimov.

¡Vivir!, de Yu hua

A veces me da la impresión de que la mayoría de los lectores conoce muy bien cuáles son sus gustos literarios y que éstos son muy específicos. A uno le gustan los clásicos (léase, las novelas del XIX), a otro la ciencia ficción, a otra la literatura inglesa, y a aquél de allá las biografías. Yo no sabría decir qué tipo de literatura me gusta, ya que esto supondría dejar de lado todas las demás. De hecho, nada me gusta más, de vez en cuando, que romper esa cadena de lecturas en la que un libro nos lleva a otro, y leer algo que, por decirlo de alguna manera, no viene a cuento.

Antes de hacer estupideces como La gran muralla, que mi hijo me infligió hace unas semanas, Zhang Yimou hacía películas maravillosas que el cine Verdi nos permitía disfrutar a los barceloneses (Silvia, cada día añoro más aquellas noches de cine y té que pasamos). Entre ellas, Sorgo rojo, La semilla de crisantemo o ¡Vivir!, la última de las cuales está basada en una novela del autor Yu Hua.

De modo parecido al de Mo Yan en su extraordinaria Sorgo rojo, Yu Hua nos cuenta aquí dos historias: la historia humana y la Historia del país desde la época de la Guerra Civil China. Aunque una y otra transcurren de modo paralelo, el lector asiste de manera directa a las desventuras de Fugui, mientras los acontecimientos históricos son apenas un eco lejano que nos viene desde la otra orilla del río. Poco a poco, sin embargo, los tambores de guerras, grandes saltos adelante y revoluciones inculturales retumban con más fuerza, hasta que su cruel presencia acaba por imponerse en la vida de este pobre Job chino. Una historia sencilla y poderosa, a la que la película del otrora gran Yimou hizo plena justicia.


Man's search for meaning, de Victor Frankl

Luego pensé que tanto llorar y tanto sufrir no servía para nada. En un momento como ése, no quedaba más remedio que pensar en cosas prácticas, tenía que preparar un funeral decente...
... Todos los muertos quieren seguir vivos, así que tú, que estás vivo y coleando, no tienes que morirte. Tu vida te la dieron tus padres -añadí-. Si no la quieres, antes deberías pedirles permiso a ellos.

Viktor Frankl fue neurólogo, psiquiatra y superviviente del holocausto, y si habéis leído este libro, convendréis en que su faceta de superviviente es inseparable de las otras dos. Man's search for meaning (El hombre en busca de sentido) fue publicado en Austria en 1946, y cuesta imaginar el modo en que fue recibido por el público y la crítica en general. Apenas un año después de la catástrofe que ha arrasado Europa, y con un mundo que aún no ha empezado a captar la magnitud de Auschwitz, ¿y aquí una víctima del genocidio nos viene con un mensaje vital y positivo?

A diferencia de otros testimonios sobre la Shoah, Frankl no se detiene en los detalles de los horrores del campo de concentración. Su interés se centra, en primer lugar, en la psicología de los prisioneros en esas condiciones inhumanas, que nos describe de un modo científico sin dejar de ser profundamente humano. En segundo lugar, y como psiquiatra, Frankl se propone dar una respuesta a la pregunta implícita en el título: ¿cuál es el sentido de la vida? Observad, sin embargo, que con el fin de evitar dar pie a elucubraciones metafísicas, la pregunta debería matizarse: cuando uno, como le ocurrió al propio autor, ha perdido a todos sus seres queridos de la manera más cruel imaginable, ¿tiene algún sentido la vida?

Para dar respuesta a dicha pregunta, Frankl recurre a la logoterapia, fundada por él mismo. La voz y las palabras de Frankl son fascinantes, y aunque en más de un momento el lector pueda dudar de la efectividad de dicha terapia, su relevancia e influencia son indiscutibles. Tanto es así que, en ocasiones, mientras estaba leyendo ¡Vivir!, no dejaba de acordarme de esta pequeña joyita. De hecho, las dos citas que habéis visto más arriba no son de Frankl, sino de la novela de Hua.



Y se acabó lo que se daba. Este año voy a una zona diferente de Inglaterra, así que, a la vuelta, espero poder contaros algo interesante. No faltaré a mi cita con las charities, aunque me temo que el Bookbarn me va a quedar demasiado lejos. En todo caso, ¡buen verano y felices lecturas!

viernes, 14 de julio de 2017

Desaparecer y otros placeres




"En la ruta del sudeste que había tomado había satisfactorios indicios de lejanía y desolación."



A algunos de nosotros, en un  momento dado de nuestra vida, cierta inquietud muy parecida a la desesperación nos empuja a coger la mochila y, sin otro plan que el de alejarnos, nos lanza a la carretera. Es posible que esa inquietud no nos abandone ya más, y es también posible, sin embargo, que, tras este brote, no volvamos nunca a recaer. Tanto da: el virus del viaje no tiene cura y puede permanecer latente en nuestro cuerpo durante décadas. Cuando uno es viajero, lo es para toda la vida.

A orillas del Danubio, tras haber caminado casi dos mil kilómetros desde que salió de Inglaterra, Patrick Leigh Fermor aprovechó la llegada de la primavera y pasó su primera noche al raso. A la luz de una vela que había colocado en una roca, se puso a escribir su diario de viaje hasta que le entró la modorra. A continuación, con la música de fondo de ranas, gallinetas y avetoros, se tumbó a contemplar las constelaciones y dejó que vagaran entre él y el cielo las ideas y el entusiasmo de un mozalbete de 18 años.
¿Por qué la idea de que nadie sabía dónde me encontraba, como si huyera de una jauría de perros de presa o de unos coribantes empeñados en descuartizarme, era capaz de generar esta sensacion de triunfo?
Life is good

De entre todos los maravillosos párrafos que este extraordinario libro ofrece, se me ocurre que éste es uno de los más significativos. Tenemos en él condensados algunos de los rasgos inconfundibles de esta cima de la literatura de viajes (o de la literatura a secas): joie de vivre, referencias clásicas, vívidas imágenes y, sobre todo, el poder de comunicar de manera magistral sensaciones que apelan a los recuerdos del lector, o, por el contrario, de despertar en él la sed de perderse en el mundo y ver qué encontramos.

Además, cualquiera que haya vivido a fondo al menos una parte de su vida, lo cual no quiere decir hacer puenting y nadar con delfines, reconocerá en esas líneas la sensación de agradable alienación que nos embarga a los viajeros cuando menos lo esperamos. Recuerdo estar un día en el metro y fijarme en la persona de enfrente, ufana de haber encontrado un asiento para todo el trayecto y poder así enfrascarse a gusto en una apasionante sopa de letras. Con una condescendencia rayana en la piedad, le espeté en silencio mis pensamientos:

Tú no lo sabes, pero hace dos semanas regresé del otro confín del mundo.

Tierra de castillos

Entre los mochileros hay mucho más esnobismo del que se piensa, y yo no me libro de ello. Pero también me enorgullezco de coincidir con Fermor en que gran parte del placer del viaje radica en desaparecer. Así es. No radica en compartir momentos. Ni en contemplar puestas de sol. Ni en el indiscutible gozo de conocer gente nueva. Ni en colgar fotos en tu cuenta de facebook. Ni en encontrarte a ti mismo. Ni siquiera en escribir un blog de viaje.

Desaparecer. Lisa y llanamente. Y si no sabéis a qué me refiero con "desaparecer", os diré que, cuando fui a los Estados Unidos, mis padres se pensaron que me había secuestrado una secta. Sin coña. A eso me refiero.

(Y de paso, otro no: la gente no viaja más desde que llegaron los vuelos low-cost. Viaja muchísimo menos.)

El Salar de Uyuni. Y pensar que hay gente que recorre medio mundo para hacer esto...

Más de cuarenta años median entre el día en que Patrick Leigh Fermor llegó en barco a Holanda, decidido a recorrer Europa a pie hasta llegar a Constantinopla, y el momento en que empezó a escribir este libro. Son cuarenta años que lo llevan a través de juventud, madurez y veteranía hasta la sabiduría de la experiencia, años que Fermor, autor, historiador, destacado soldado, estudiante rebelde expulsado de The King's School por hacer manitas con la hija del verdulero, latinista y helenófilo autodidacta, vivió con una intensidad propia de otros siglos. Y son la experiencia y la erudición adquiridas en esa vida de leyenda las que permiten al autor recordar, revivir y narrar de principio a fin una aventura tan larga y lejana en el tiempo (ayudado, además, por la recuperación, veinte años más tarde, de un diario de viaje perdido en un castillo rumano).

La voz del viajero, pues, no es la de un adolescente. Uno de los grandes logros de Fermor en esta obra es el equilibrio que la voz narradora mantiene entre la ingenuidad de la juventud y la experiencia de la edad. En ese sentido hay que señalar, por ejemplo, los comentarios sobre sus lagunas culturales (!!) que, dice, le impedían sacarle todo el jugo a una conversación sobre Proust o a una visita a determinada ciudad. El Fermor sexagenario de El tiempo de los regalos y el septuagenario de Entre los bosques y el agua no han perdido un ápice de pasión, sed de vivir, hambre de conocimiento y, más importante, la voluntad de alcanzarlo.


Incidiendo sobre el esnobismo de los mochileros, hoy el adjetivo imprescindible es "auténtico". Puedes viajar a Londres, Bangkok o Tallin, pero si el instagramero que marca tendencia no te informa de dónde puedes encontrar el auténtico Londres, estás condenado a ser un simple turista. (Escupir). Por alguna razón que no se me oculta, esa autenticidad acostumbra encontrarse en la miseria. Así, parece que el auténtico Brasil es el de las favelas y la Cuba auténtica es la de las jineteras. Conocí a un hijo de diplomático suizo que, al tiempo que pagaba 400 euros a la semana por clases de español a las que no asistía, dormía en azoteas de la Barceloneta. Todo sea por la autenticidad.

Fermor, por su parte, pasa dos años cruzando Europa, pero no tiene tiempo para semejantes gilipolleces de pijo con complejo de clase. Disfruta tanto durmiendo al raso como en la mullida cama de la mansión de un noble húngaro. De hecho, uno de los aspectos más interesantes y envidiables de su viaje es la posibilidad, fecundamente aprovechada, que le brindan las nutridas bibliotecas de los castillos y mansiones donde de vez en cuando se aloja para saciar in situ su voracidad de conocimientos sobre historia, geografía, ictiología, lenguas o antropología. Mientras al viajero engreído, como servidor (ver más arriba), le encanta aleccionar a los demás sobre la auténtica forma de viajar, Fermor, por su parte, humilde ante el pastor que acepta su pan, agradecido al aristócrata que le ofrece copa tras copa de gran reserva, cautivado tanto por la belleza de una bandada cigüeñas como por el cuerpo de una campesina con la que retoza en un pajar, no podría estar más lejos del afán de aleccionar, ni al lector ni a nadie.

La intención de Fermor era escribir una trilogía, pero tras El tiempo de los regalos (1977) y Entre los bosques y el agua (1986), nunca llegó a publicar la tercera parte, The broken road (en español El último tramo). Fueron la escritora Artemis Cooper y el también viajero y autor Colin Thubron quienes, tras años de trabajo en el diario de viaje del autor, publicaron en 2013 el último volumen de esta trilogía. A juzgar por las críticas, parece que hicieron un trabajo soberbio.

Gitanos húngaros con su oso bailarín

A pesar de los millones de muertos de la Primera Guerra Mundial y de la caída casi simultánea de tres imperios, podría decirse que en la Europa de 1933 reinaba aún cierta inocencia. Al fin y al cabo, guerras había habido desde siempre y, pese a su magnitud, en aquélla las víctimas "inocentes" (entiéndase civiles) fueron una minoría, a diferencia de lo que lleva ocurriendo desde 1939. No cabe duda de que un mundo que no conoce los nombres de Auschwitz, Hiroshima ni Kolyma se nos antoja hoy idílico. Y en efecto, la Europa central que recorre Fermor, esa Holanda que reconoce por las pinturas de los museos, ese territorio Grimm que son los bosques de Baviera, esas noches rumanas de gitanos y hogueras con el oso bailarín al fondo, esos cafés de Bratislava con la ruidosa presencia de estudiantes talmúdicos debatiendo en yiddish, esas reverberaciones del aullido de los lobos en el bosque, o esa isla de Ada Kaleh, hoy hundida bajo las aguas, hacen de aquella Europa un paraíso donde la creciente presencia de unos nazis a los que nadie se tomaba en serio y los rumores acerca de campos de concentración no eran más que unos nubarrones que se prometían pasajeros.

En las cartas que, a modo de sendos prólogos, escribe a su amigo Xan Fielding, Fermor reconoce la suerte que tuvo de conocer ese mundo antes de que la década posterior lo barriera para siempre. Pero la tragedia que estaba por venir también se cobra sus víctimas entre algunos de los incontables y, aun así, inolvidables personajes que pueblan estas páginas. Así, topamos de vez en cuando con una nota a pie de página que nos informa de la triste suerte que corrió años más tarde esa persona con la que ahora comparte charla, chimenea y copa.

La isla de Ada Kaleh, una comunidad turca en el Danubio rumano. Fue hundida en 1970 para dar paso a una central hidroeléctrica, y Fermor la retrata en unas inolvidables páginas finales

Bastarían los retratos que nos ofrece el autor, las digresiones para hablar de un sufijo de la lengua húngara, el repaso a la historia de los hunos y los magiares, o el maravilloso relato de la escapada con su amigo Istvan y su amada Angéla por los montes de Transilvania para hacer de estos libros una fuente de placer lector sin fin. Pero es sin duda el modo en que Fermor, cuarenta y cincuenta años después de la experiencia, reflexiona y enriquece sus vivencias; la lengua que emplea, directa y sencilla, al tiempo que cultísima; la pasión y la alegría, sin pizca de sentimentalismo, de haber vivido esos días; sus reflexiones, erradas o certeras, siempre atrevidas; o la erudición sumada a una inagotable y contagiosa sed de conocimiento, lo que hacen de estos libros una obra maestra absoluta.

Las Puertas de Hierro del Danubio, el paso de Rumanía a Serbia donde concluye Entre los bosques y el agua

Hay por ahí un bloguero que, el día menos pensado, va a desaparecer.

viernes, 30 de junio de 2017

Un camino permanente




A los que no somos grandes lectores de poesía nos gusta, no obstante, tener libros de poemas desperdigados aquí y allá por las estanterías, pues hacen tanta compañía, si no más, que la mejor de las novelas. Nos cuesta leer un poemario de una sentada, y preferimos, o eso decimos, abrir un libro al azar y encontrarnos con unos versos que, sin contexto previo y sin carrerilla, sentimos que fueron escritos pensando en nosotros. Y no en cualquier nosotros, sino en el de ese momento preciso.

Así, ayer mismo, mientras me sentaba en el balcón a fumarme el segundo de mis tres cigarrillos diarios, abrí una antología de W. H. Auden y me encontré con este poema, que me parece guarda cierta relación con el libro que acabo de leer y del que hablaré en los próximos días (en breves fechas, que diría un periodista). Se me antoja una nueva versión, irónica y hasta mordaz, pero, en el fondo, tristísima, del clásico de Robert Frost "El camino que no tomé".

Pido disculpas por mi claudicante traducción.

A Permanent Way
Self-drivers may curse their luck,
Stuck on new-fangled trails,
But the good old train will jog
To the dogma of its rails,
And steam so straight ahead
That I cannot be led astray
By tempting scenes which occur
Along any permanent way.
Intriguing dales escape
Into hills of the shape I like,
Though, were I actually put
Where a foot-path leaves the pike
For some steep romantic spot,
I should ask what chance there is
Of at least a ten-dollar cheque
Or a family peck of a kiss:
But, forcibly held to my tracks,
I can safely relax and dream
Of a love and a livelihood
To fit that wood or stream;
And what could be greater fun,
Once one has chosen and paid,
Than the inexpensive delight
Of a choice one might have made?

Un camino permanente

Quizá maldigan su suerte los conductores
al quedar atrapados en novísimas rutas,
pero el viejo tren de siempre 
traquetea por el dogma de sus raíles,

y, echando humo, sigue adelante
de modo que no me puedo desviar
por las tentadoras escenas que ocurren
a lo largo de un camino permanente.

Intrigantes valles se escabullen
por entre colinas cuyas formas me gustan.
No obstante, si me encontrara
allí donde la senda deja la colina

y sube hasta un romántico rincón,
preguntaría qué posibilidad hay
de conseguir un cheque por diez dólares
o un besito en la mejilla:

pero atado a mis raíles
puedo relajarme a salvo y soñar
con un amor y una vida
que encajen en ese bosque o riachuelo;

¿y qué mayor diversión,
una vez hemos elegido y pagado,
que ese placer tan económico
de la decisión que podríamos haber tomado?

Y me gustó.

viernes, 16 de junio de 2017

Feminismo y literatura líquida


Siempre he encontrado muy cargante esa frase tan manida, y que tanto gusta a algunos escritores, acerca de las novelas que cobran vida propia. Admito, no obstante, que quizá sea injusto y que existe la posiblidad de que la frase sea cierta. Bien. En ese caso, los que me cargan son esos propios escritores que, con su presuntuosidad disfrazada de modestia, pretenden darnos a entender que han creado una especie de artefacto mágico, una criatura de tan gran inteligencia que ha superado a su mismísimo creador.

Si la frase es cierta, podemos comparar las novelas con pajaritos que abandonan el nido y emprenden el vuelo, pues ya no les basta con los gusanitos ni los ratones regurgitados que les trae su autor. Se van y no los volvemos a ver... hasta que un día regresan y se posan en la rama de un árbol junto a nuestra ventana. Es en ese momento cuando el autor, con lágrimas en los ojos, exclamará, ¡hija mía, te has convertido en un soberbio pelícano ceñudo!, mientras que sus hijos, entre carcajadas, dirán ¡pero, papá, si es una chova piquigualda!

  Una grulla, una cigüeña, un gorrión, un cuervo... El contexto lo es todo

Tal y como se insiste a lo largo de El cuento de la criada, el contexto lo es todo. Así, es posible que la distopía casi de ciencia ficción que leyó mi esposa en Inglaterra en sus años de instituto para la clase de literatura (escuela pública, por supuesto. Qué envidia, ¿no?) tenga muy poco que ver con el retrato de nuestro mundo que acabo de leer yo.

Desde el momento de su publicación, allá por 1985, muchos, o, mejor dicho, muchas, se han empeñado en considerar esta obra un ejemplo de literatura feminista. A servidor, que en el momento de escribir estas líneas anda influido por las contundentes Opiniones contundentes de Nabokov, le interesan estos días bien poco las escuelas y movimientos literarios, así como las novelas que tienen una función social. De ello se deduce que si la novela me ha gustado es porque no se trata (o, por lo menos, no esencialmente) de un alegato feminista. Lógica cartesiana.


De hecho, la propia Atwood negó en su día que la República de Gilead, escenario de la historia, fuera una distopía puramente feminista. Aunque "si se refiere usted", le aclara al entrevistador que le formula la eterna pregunta, "a una novela en la que las mujeres son seres humanos -con toda la variedad de personalidad y comportamiento que ello implica-, son interesantes e importantes, y lo que les sucede es crucial para el tema, la estructura y el argumento, entonces sí. En ese sentido, muchos libros son 'feministas'." Cartesiana lógica.

Aduce la autora que, de ser ese tratado ideológico que algunos creen ver, la novela, en primer lugar, nos mostraría un mundo en el que todos los hombres, en cualquier nivel de la escala social, tienen más derechos que las mujeres. Por el contrario, estamos ante una sociedad organizada como cualquier dictadura pura y simple: una pirámide en cuya cima se sientan los poderosos de ambos sexos, y unos estratos inferiores donde se repite la misma situación, si bien en cada estrato la cuota de poder de él será mayor que la de ella. Cabe añadir que, en una novela puramente feminista, probablemente no encontraríamos tantas cabroncitas entre los personajes. Cabroncitas, todo hay que decirlo, sacadas de la realidad, como veremos más abajo.



Por lo visto, otra de las preguntas recurrentes que la sufrida Atwood tiene que responder cada vez que se habla de El cuento... se refiere al presunto carácter antirreligioso de la obra. Francamente, me parece una suposición bastante tonta y no creo que valga la pena hablar de ello. Más interesante es la tercera y última de esas imaginativas preguntas que periodistas y lectores creen imprescindible formular para asegurarse de que leen la obra de manera correcta, es decir, la "entienden", y levantan la vista del papel en el momento preciso y con la mirada en su punto justo de cavilación. A saber, ¿se trata de una predicción?

Qué memez, les quiere responder la autora, más capaz de morderse la lengua que yo. Nadie puede predecir el futuro. Y sin embargo, la pregunta es interesante, tanto más cuanto que... Pero vayamos por partes.



Atwood comenzó a escribir la novela en el orwelliano año de 1984, mientras se encontraba en Berlín, ciudad a la sazón amurallada, en una estancia salpicada por frecuentes viajes a los países del bloque del este. Confiesa que ciertos aspectos de aquel mundo de recelo, espías, elocuentes silencios, bruscos cambios de tema, contorsionismo lingüístico para decir cosas sin decirlas y, por otra parte, edificios a los que se da un nuevo uso ("esto era una biblioteca", "aquí antes vivía fulanito, pero un día se fue y no volvió"), influyeron en la novela que estaba escribiendo. También influyó, sin duda, la política norteamericana de aquellos años, los del apogeo de la Nueva Derecha y la Mayoría Moral, fundada ésta en 1979 y cuyo mayor esplendor coincidió con el mandato de Reagan. No hay ganas hoy de hablar de ese movimiento, pero sí vale la pena mencionar a un personaje como Phyllis Schlafly, activista antifeminista que, entre otras lindezas, hizo campaña contra la Enmienda de Igualdad de Derechos (que finalmente nunca fue ratificada), que presumía de cancelar sus discursos si su marido consideraba que había pasado demasiado tiempo fuera de casa, y que negaba la posibilidad de violación dentro del matrimonio. Cuando se casa, decía, la mujer da su consentimiento a las relaciones sexuales. Es decir, que a nadie se le ocurra decir que los personajes femeninos tan cabroncetes de los que hablábamos más arriba son inverosímiles o exagerados.

Dentro del matrimonio, no se puede hablar de violación

El contexto, ya lo hemos dicho, lo es todo, y el contexto en el que se gestó esta novela era el de un mundo de reaganismo ultraconservador por un lado, y de dictaduras comunistas por el otro. Y parece ser que , treinta años después de su publicación, El cuento de la criada es el libro de moda estos días, a raíz, evidentemente, de la serie de televisión que se ha estrenado recientemente. Yo aún no la he visto, pero confieso que me decidí a leer de una vez este libro para así poder ver la serie con la mente pura que nos gusta tener a los esnobs. Ya sabéis: ¿leer el libro después de la serie? ¡Qué ordinariez!


En cualquier caso, aunque no son pocos los que se han apresurado a ver en la llegada de Trump al poder una confirmación de los poderes adivinatorios de la autora, lo cierto es que, en lugar de predicciones, Atwood insiste en que no introdujo en su novela absolutamente nada que el ser humano no hubiera hecho ya. En efecto, las ejecuciones ejemplarizantes, los linchamientos, la imposición de un modo de vestir determinado para cada casta y clase social, la prohibición de la alfabetización, la ilegalización de los métodos anticonceptivos y el aborto por cuestiones demográficas, el destierro de condenados y parias a regiones remotas casi inhabitables, la lectura sesgada y radical de los textos sagrados, o el robo de bebés para beneficio de oficiales de alto rango son, entre otras, algunas de las características del mundo descrito por Offred (en español, Defred), la criada y narradora de este cuento. Como veis, nada nuevo bajo el sol. No obstante, entre Trump, Orwell y el feminismo, me faltaba algo en las reseñas y artículos que he encontrado por la red, así que me puse a buscar otra vez, esta vez gugleando las palabras pertinentes, es decir, haciendo una búsqueda menos espontánea y más "forzada".


El precio depende... Si tiene ojos azules, será diferente

Me consuela saber que no soy el único que al leer El cuento de la criada ha pensado en el nuevo radicalismo asesino que impera hoy en algunas desgraciadas zonas del mundo. La República de Gilead existe, y es un infierno aún peor que el que nos presenta Atwood en esta gran novela...

... de la cual, por cierto, no he dicho nada.

lunes, 29 de mayo de 2017

Los hermanos Ashkenazi


La ortodoxia siempre es relativa. Cuando vivía en Mánchester, fui un día con mi esposa y mi suegra a Prestwich, localidad en la que, junto con la vecina Whitefield, se concentra la segunda mayor comunidad judía del Reino Unido. Era el día del Sabbat, e íbamos a visitar a un primo lejano de mi suegra con quien ésta no se había visto nunca.

Como los judíos no tienen permitido conducir en Sabbat, éste es el día perfecto para dar un paseíto en coche por la localidad, observando tranquilamente la ciudad y sus habitantes. En Prestwich se encuentra una de las mayores comunidades de judíos hasídicos, de quienes ya he hablado en alguna ocasión, y la verdad es que es francamente interesante conocer de primera mano ese mundo, aunque sólo sea de una manera superficial. Así, por sus calles uno puede ver no sólo esas levitas negras llamadas kapoteh, o los típicos sombreros que los gentiles asociamos con la ortodoxia, sino incluso esos grandes sombreros de piel de castor propios de los hasídicos, atuendos que parecen salidos del siglo XVIII, y mujeres con peluca sobre un cráneo quizá rapado.

La visita a la casa de D., el primo de mi suegra, fue igualmente interesante. D. emanaba cierto aire de joven patriarca, sentado en su sillón, con su esposa tras él y sus hijas a sus pies escuchando con devoción cada una de sus palabras. La comida, exquisitamente kosher, estuvo precedida de una larguísima oración y lectura en hebreo, interrumpida por un comentario que hizo mi esposa acerca del gato que no fue muy bien recibido.

Por las calles del Gran Mánchester

La sobremesa nos permitió mostrar nuestra admiración por el ingenio de un sistema de encendido de luces programado a una determinada hora, dado que en el Sabbat no se puede apretar un interruptor. La conversación, acabados los cotilleos y la puesta al día con las últimas noticias familiares, empezó a girar alrededor del judaísmo, y fue en ese momento cuando, en una de las escasísimas intervenciones espontáneas que se permitieron las mujeres de la casa, una de las hijas dijo: "eso sólo lo hacen los del gueto". Podéis imaginar nuestra estupefacción. Mi suegra, que creció en un ambiente judío, nos comentó más tarde que nunca había visto en Inglaterra una familia tan ortodoxa como aquélla, y sin embargo, ellos mismos no sólo se consideraban "progresistas", sino que incluso utilizaban un término de tan infausto recuerdo como "gueto" para referirse a sus correligionarios "atrasados".

La visita, en fin, terminó con una nueva metedura de pata por parte de mi atea esposa, que pidió un bolígrafo para apuntar el teléfono de la familia. ¡Escribir en Sabbat!

Pensando en Los hermanos Ashkenazi me ha venido a la mente este recuerdo. Si tiene algo que ver o no con la novela, todavía no lo sé. Ya me diréis vosotros.

Israel Yehoshua Singer

La verdad es que, después de leer La familia Karnowsky y esta novela que os traigo hoy, creo que habrá que reconsiderar quién de los dos Singer es hermano de quién. ¿I.B. o I.Y, el pequeño o el mayor, el longevo o el malogrado? Hasta hace bien poco, no se podía hablar de Israel Yehoshua sin aclarar que se trataba del hermano de Isaac Bashevis, autor relativamente popular y ganador del Nobel (fijaos si no en este y este titular). De un tiempo a esta parte, no obstante, la figura del primero ha empezado a recobrar parte del prestigio que gozó en vida (en 1936, año de su publicación, Los hermanos Ashkenazi fue líder de ventas en los EEUU junto a Lo que el viento se llevó), y algunas editoriales, como nuestra querida Acantilado, han decidido recuperar sus novelas más emblemáticas.

En todo caso, al igual que los propios Ashkenazi, los dos Singer no podrían tener una visión del mundo más diferente. Así, mientras Isaac Bashevis siempre trató el -en la literatura yiddish- inevitable tema del judaísmo desde dentro, mostrándonos la atormentada conciencia de unos personajes en lucha constante y descarnada con el Creador, su hermano Israel Yehoshua acompaña a los suyos en el duro viaje que emprenden para relegar a un segundo plano su judaísmo y asimilarse a una sociedad que, de otro modo, nunca los acabará de aceptar. Del mismo modo, mientras I.B nos regala inolvidables retratos de la vida en el shtetl, para I.Y la aldea judía no pasa de ser una nota a pie de página, el recuerdo, a veces vergonzoso, del humilde origen de un ambicioso emprendedor.

Anclado como está en un estilo realista, heredero del Mann de Los Buddenbrook, Singer toma como punto de partida, sin embargo, un viejo motivo procedente de los cuentos populares: el de los dos hermanos cuyas vidas toman rumbos opuestos desde el momento mismo del nacimiento. Simha es un recién nacido menudo y enclenque, de pelo ralo y cráneo estrecho, que llora con agudos chillidos. Su hermano Jacob, por su parte, es grande y robusto, con una cabeza de recio pelo negro, y que berrea como una mula. Desde ese momento, el mayor empezará a sentir que la vida guarda sus sonrisas para su hermano, y que todo lo que él desee alcanzar tendrá que currárselo trabajando como un... ¿judío? Veamos.

Fábrica de algodón de Israel Poznanski, puntal de la industria textil de Lodz

Uno de los aspectos más logrados de esta apasionante novela es, como sucedía en La familia Karnowsky y el Berlín de entre guerras, el retrato de una época y un lugar. Aquí se trata de la ciudad polaca de Lodz a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y hasta el comienzo de la Gran Guerra.

Con la anexión en 1831 del Ducado de Varsovia al Imperio Ruso comienza el gran crecimiento de Lodz, gracias, sobre todo, a la llegada de inmigrantes alemanes y judíos. Ésta es, de hecho, la escena que abre la novela:
Por los polvorientos caminos que desde Sajonia y Silesia descienden hasta Polonia, una insólita procesión de carruajes repletos de hombres, mujeres y niños, cargados con todas sus pertenencias, atravesaba pausadamente prados y bosques, pueblos y aldeas, saqueados y devastados por las recientes guerras napoleónicas. (...) Ya fueran ricos o pobres, todos ellos coincidían en una preciada posesión: un lustroso telar de madera atado a cada carro o carromato.
Nace así la industria textil de una ciudad que, desde ese momento, en virtud de un vertiginoso desarrollo económico, pasó de los dos centenares de habitantes que tenía en 1793 a 13.000 en 1840, y de ahí a 500.000 justo antes de la Primera Guerra Mundial. Lodz se ganó así el sobrenombre del Mánchester polaco, y el éxito de esa industria se debió en gran medida al trabajo y al carácter emprendedor de los empresarios judíos, de los que Simha Ashkenazi, el gran protagonista de la obra, es un ejemplo memorable.


Un mundo desaparecido: el Lodz judío antes de la Segunda Guerra Mundial

En las páginas de Los hermanos Ashkenazi, asistimos, pues, en primera fila, al proceso de construcción de esa industria y a las repercusiones que tuvo para la sociedad. Como en otras grandes novelas de las que ahora, por supuesto, no puedo recordar un solo título, I.Y. Singer nos muestra el modo en que los personajes se ven zarandeados por los bandazos de la historia y de unas fuerzas incontrolables. Esas fuerzas son el Imperio Ruso, el auge de los movimientos revolucionarios, la lucha por los derechos laborales y, finalmente, la guerra. No incluyo el antisemitismo dado que el pueblo judío ya estaba más que acostumbrado a la persecución y los pogromos.

Cuando Abraham Hersh, Ashkenazi padre, informa al rabino de que su esposa está encinta, éste vaticina que sus hijos serán hombres acaudalados. Pronto vemos que el menor, Jacob, es un estudiante del montón, pero, intuyendo quizá que a él la fortuna le vendrá dada, se dedica a vivir la vida y conquistar el corazón de... bueno, no hay por qué revelar tantos detalles. Por su parte, Simha, como si se hubiera propuesto demostrar la veracidad del vaticinio del rabino, se revela desde pequeño como un nene bastante asquerosito que, en lugar de jugar, prefiere ver llenarse su hucha, y que, incapaz de relacionarse con niños de su edad, se rodea de otros más pequeños a los que puede dominar a placer. Simha es un niño superdotado, "un genio", "un prodigio". A medida que crece, el mayor de los Ashkenazis irá haciéndose con parcelas de poder cada vez más grandes, hasta que, tras superar a veces terribles reveses, logra alcanzar su gran ambición: convertirse en el rey de Lodz, pero a un precio que ni la gran fortuna que logra amasar podrá pagar.
-Rebbe, yo preferiría que fueran hombres temerosos de Dios.
Con esas palabras responde Abraham Hersh al vaticinio del rabino.
El rebbe no contestó y Abraham Hersh no volvió a insistir. El comentario le había parecido de mal augurio y estaba ansioso por aclarar su significado precisamente ahora, antes de que llegara su nueva descendencia.
Judíos hasídicos polacos

Si en La familia Karnowsky Singer nos mostraba los efectos últimos de la asimilación de los judíos a la sociedad alemana, en la novela que nos ocupa el autor parece formular la pregunta desde otro ángulo: ¿hay sitio en una sociedad occidental capitalista para un judío sin que éste deba, en mayor o menor medida, renunciar a su identidad? Las dudas y temores de Abraham Hersh Ashkenazi en las primeras páginas de la novela nos indican a las claras la importancia de esta cuestión.
 Si por ser ricos sus hijos estuvieran destinados, Dios no lo quisiera, a abjurar de su religión, él renunciaría a la riqueza. Preferiría que fuesen maestros de párvulos, con tal de que fueran judíos honestos. 
Pero el pequeño Simha, todavía en pantalón corto, sabe muy bien lo que quiere. Colándose, en ausencia de su padre, en el despacho de éste, da rienda suelta a sus sueños, y lo hace de esta guisa:
 Cuando creciera, se sentaría en un despacho como el de su padre, pero no llevaría la kippah, sino que iría a cabeza descubierta, como los mercaderes alemanes del otro lado de la calle. Tampoco trataría a la gentuza que trataba su padre. Tendrían que quitarse las kippahs y dirigirse a él en alemán en lugar de yiddish.
Miembros del Khalyastre, un movimiento literario expresionista polaco en lengua yiddish. Singer, a la derecha.

La cuestión de la identidad judía, que a servidor, quizá por lo bien que la presentan los autores yiddish, siempre le ha interesado, se vuelve en esta obra más interesante todavía al enzarzarse, por utilizar un verbo inocente, con los movimientos revolucionarios. Y entran aquí en escena dos extraordinarios personajes de entre la gran galería que nos presenta el autor. Se trata de los agitadores Tevye y, sobre todo, Nissan. Es conocido el papel más que relevante que jugaron los judíos en los orígenes del comunismo y en la revolución bolchevique, y por ello, a la luz de estos dos personajes, se me ocurre que, a la pregunta sobre el hombre judío en la sociedad capitalista occidental, se podría añadir esta otra: ¿hay sitio en la revolución para un judío sin que éste deba, en mayor o menor medida, renunciar a su identidad? Al igual que Simha, Nissan tiene las ideas claras desde niño y sabe muy bien lo que odia:
Sí, odiaba a su padre, y junto con su padre, odiaba sus libros sagrados que sólo hablaban de dolor y estaban empapados en moralidad y melancolía su Torah, tan compleja y enrevesada que desafiaba todo entendimiento; todo su judaísmo, que oprimía el alma humana y la cargaba de culpa y remordimiento. Pero, sobre todo, Nissan odiaba al Dios de su padre, aquel ser cruel y vengativo que exigía una obediencia ciega...
Y si pensáis que un personaje así es más propio de Isaac Bashevis, os equivocáis. A Nissan no le atormenta su falta de fe, sino las injusticias sociales que lo rodean. En todo caso, si no hay sitio para el judío en la sociedad capitalista ni en la revolución, ¿dónde lo hay? En Rusia no, desde luego.

Verbigracia.

El acceso al trono de Alejandro III, Emperador de Rusia y Rey de Polonia, supuso un gran retroceso respecto al reinado de su padre. Donde éste había liberado a los esclavos, promovido la educación universal y concedido más autonomía a los gobiernos locales, aquél, el hijo, tras declarar que su autocracia no tendría límites, acabó con las instituciones alemanas, polacas y suecas en las respectivas provincias, y se dedicó a perseguir a los judíos. Un Trump de la época, para entendernos. Y esta implacable política antisemita tuvo como consecuencia la llegada en masa de judíos rusos a Lodz.

Alejandro III de Rusia.

Entraríamos así en otro de los aspectos que, personalmente, más me interesantes me han resultado en esta obra, y es la relación de unas comunidades judías con otras. Los judíos de Lodz ven con recelo a los rusos y sus maneras tan poco judías. Los judíos lituanos no entienden cómo los polacos son capaces de comer carne a diario con tanta tranquilidad, beber whisky o cerveza, o asar un ganso en el Sabbat. Y la bella Dinele, destinada a casarse con uno de los dos hermanos, desprecia el hasidismo, tan propio, según ella, de brutos zafios y peludos... como su propio padre. En fin, que entiende uno algo mejor el comentario de aquella chica de Prestwich acerca de "los del gueto".

El barrio judío de Lwow tras el pogromo de 1918


En su edición inglesa, esta maravillosa novela tuvo un gran éxito en Inglaterra y en los Estados Unidos. En Polonia, sin embargo, no fue muy bien recibida por las autoridades. Publicada inicialmente por entregas en el diario judío Nasz Przeglad, se ordenó la confiscación del periódico a causa de dos capítulos en los que se describe, respectivamente, el pogromo de Lwow en 1918, y una escena que me callo, pues os estropearía el final de la novela. No contentos con ello, en 1937 se iniciaron procedimientos legales contra el autor, que llevaba ya varios años residiendo en América. Dudo que se presentara al juicio.

Por hoy, no hay sitio, tiempo, fuerzas o ganas para más. Os aseguro, eso sí, que me dejo muchísimas cosas en el teclado: personajes grandísimos, encantadores u odiosos; historia, guerra, revolución, auges, violencia, caídas, envidia, caídas, venganza, auges, persecución, pecado y redención.

Los hermanos Singer eran tres. ¿Nos deparará Esther, también escritora, alguna sorpresa?

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