lunes, 27 de marzo de 2017

I'm still standing


Debo admitir que, metido como estoy en las 700 páginas de vellón, y en ruso, de El primer círculo, de Solzhenitsyn, mi ritmo lector se ha ralentizado hasta poner en peligro mi querido blog. Creo que empecé la gran obra del ruso hace más de cinco semanas, y me dice el kindle que no llevo leído más que el 37%. Así que, con el fin quitar un poco de óxido al blog y mantener sus constantes vitales, qué mejor que publicar un resumen de algunas otras lecturas, de ésas de siempre, de las que no secuestran nuestra capacidad lectora durante tres meses.


El hombre inquieto, de Henning Mankell.

El thriller nórdico habitual de principios de año. Éste es el último en la serie de Kurt Wallander, y no fue demasiado bien recibido por la crítica. Decían algunos que quedan demasiados hilos sueltos al final, que se advierte cierta pereza o cansancio en la escritura de Mankell, y que hay demasiadas coincidencias muy convenientes para la solución del caso y que son demasiado poco creíbles. Esos tres reproches, de hecho, están muy relacionados, y no sé hasta qué punto están justificados. Quizá sea cierto que el autor quería acabar ya con su icónico personaje, y que deja algo de lado la escrupulosa atención al detalle y a la estructura de la novela que le pedimos a un buen thriller. Mankell desvía el foco hacia el declive de Wallander, y a los amantes del thriller eso les parece imperdonable. Quizá sea por eso que a mí, sin llegar a entusiasmarme, sí me gustó, si bien creo que el final del detective, el verdadero final, el definitivo, merecía más páginas que las que le dedica el autor.


The girl on the train, de Paula Hawkins

Otro thriller de lectura compulsiva, que se lee en una o dos tardes, y se olvida todavía más rápido. Una historia que engancha, sí, como se engancha la manga de la chaqueta con el pomo de la puerta, o un chicle a la suela del zapato. Hay autores, y sobre todo, hay miles de lectores que consideran el susodicho enganche una gran virtud, ya sabéis, ese famoso "me atrapó desde la primera línea", lo cual explica el éxito de aquel no sé qué Da Vinci. A mí, qué queréis que os diga, cada día me gustan más los libros que te aburren desde la primera línea.


Sweet caress, de William Boyd

Esto ya es otra cosa. William Boyd vuelve a uno de sus argumentos favoritos, el de contarnos la historia del siglo XX a través de la vida de una persona. Lo hizo en Las nuevas confesiones, que no he leído; lo repitió en Any human heart, que no dejó de irritarme hasta que lo abandoné, y lo ha vuelto a hacer en este Sweet caress, traducido al castellano de manera correcta y pusilánime como Suave caricia. Estamos ante una novela excelente, en la que Boyd consigue lo que, a mi juicio, no conseguía en Any human heart: crear un personaje creíble cuyas andanzas, desventuras y vicisitudes nos interesen. El lector no tiene por qué encariñarse con el personaje, pero sí hay que pedirle a éste que, por lo menos, no nos toque las narices. Y con Amory Clay, la protagonista de esta historia, Boyd da en el clavo.

A través de los ojos y, sobre todo, de la cámara de Amory, nacida en 1908 en una familia aristocrática venida a menos, vemos desde el nacimiento del nazismo en el decadente Berlín de los años 20 hasta la guerra de Vietnam, pasando por el movimiento fascista en Londres o la Segunda Guerra Mundial. Entre la narración de los hechos por la propia Amory tenemos extractos de su diario de 1977, cuando, alejada del mundo en el que siempre ha vivido, la ciudad, los aeropuertos, el peligro, y apenas un puñado de hombres, pasa sus últimos días en una modesta casita de una isla del norte de Escocia.

Pero Sweet caress tiene algo que la hace especialmente atractiva para los mataos como yo que tenemos ínfulas literarias. ¿No os habéis pasado alguna vez por un mercado de artículos de segunda mano y os habéis parado a mirar los puestos de fotos antiguas? Se trata de fotos hoy absolutamente anónimas, adquiridas por vaciapisos tras el fallecimiento del propietario de un inmueble. ¿Verdad que es imposible, al verlas, no preguntarse por la vida de esas personas, por su historia, su descendencia, si estarán vivos todavía y decirse hay que ver, tanta felicidad, tanta ilusión (son fotos familiares, no hay momentos tristes) para luego acabar en un mercado polvoriento, a diez fotos por un euro? Pues lo que hizo Boyd fue adquirir a lo largo de los años ese tipo de fotos, y construir con ellas su historia. No las compró al azar, una idea quizá aún más atractiva, sino que, con la historia ya construida en su cabeza, sabía muy bien lo que estaba buscando. Y con esta novela, lo borda.


La casa dorada de Samarcanda, de Hugo Pratt

Quiso la casualidad que leyera esta maravilla justo después de terminar Setting the east ablaze, de Peter Hopkirk. No debía sorprenderme, dado el asiático título, pero aún así, tras haber pasado tantas horas leyendo sobre Enver Pachá (cuya legendaria muerte Pratt nos presenta "en directo"), el ejército bolchevique o el emirato de Bujara, entre tantos otros, volver a encontrarme esos escenarios en las gloriosas viñetas de Pratt provoca algo parecido a la emoción. Más aún cuando Corto nos habla de Alamut, del cual ya hablamos por aquí, o de los adoradores del diablo, que tan bien nos describía aquí Kurban Said, o de Kipling y su Gran Juego, que nos remite de nuevo a Hopkirk; cada página de este libro consigue eso tan difícil en la literatura como es conseguir que un viejo amigo nos abra una nueva puerta.
Este es un Corto en el que, a diferencia de La balada del mar salado, Pratt se introduce en el subconsciente de su héroe. Nos presenta sus sueños y sus alucinaciones, y con ello consigue que veamos en la sorprendente introducción de su doble algo mucho más profundo que un mero truco para crear confusión entre sus enemigos. Gran Juego, aventuras a porrillo, psicología y una auténtica gozada de lectura.

En fin. Se acabó lo poquito que se daba. Si el señor Solzhenitsyn me lo permite, espero recuperar pronto mi ritmo publicador. Dura vida la del bloguero amateur.


domingo, 26 de febrero de 2017

¡Que arda oriente!



La incendiaria idea se le atribuye a Lenin, quien en realidad, por una vez, fue mucho más comedido al revelar sus planes. En todo caso, el significado profundo de sus palabras quedó recogido en una inscripción en un cuartel general del ejército bolchevique: "nuestra misión es prender fuego a Oriente". Tratábase, naturalmente, de un fuego metafórico, el de la revolución de los trabajadores y, en este caso, para ser más precisos, la revolución de los pueblos oprimidos contra el imperialismo.

A aquella guerra de estrategia, espionaje, rumores y tinta falsa que el Imperio Ruso y el Británico llevaban librando desde hacía décadas en Asia Central, y que tan bien nos contó el gran Peter Hopkirk en El gran juego, no se le había llegado a poner fin. Con este libro, bastante menos extenso pero igual de fascinante, el historiador británico nos ofrece lo que podría considerarse la segunda parte de aquella historia. Seguimos, pues, con un imperio del zar que sigue empeñado, hasta su definitivo desmoronamiento, en amenazar, de manera directa o indirecta, la frontera del Imperio Británico en la India. En los primeros momentos después de la revolución, parecía que las cosas iban a cambiar, por lo menos de manera temporal. El 2 de marzo de 1919, Lenin, Trotski, Zinoviev y hasta 52 líderes revolucionarios crearon, entre los muros del Kremlin, la Internacional Comunista, que pasaría a ser más conocida como la Commintern. Su objetivo declarado era acabar con todos los gobiernos existentes y sustituirlos por un soviet mundial. Este proceso revolucionario debía comenzar en Alemania, a la sazón derrotada, arruinada y desmoralizada, y luego extenderse como un reguero de pólvora por toda Europa. Parecía, pues, que la cuestión asiática quedaba aparcada.

Delegados del II Congreso de la Comintern. Ahí están Lenin, Karl Radek, Gorki, Bujarin, Zinoviev y, en el centro mismo, M. N. Roy

El proyecto fracasó, a pesar de algún éxito efímero, como el de Hungría, pero entre los dirigentes europeos la sensación predominante no fue tanto de victoria a secas, sino de victoria por los pelos. El propio Lloyd George, el Primer Ministro británico, admitió en un comunicado privado a sus colegas en la Conferencia de Paz de París en 1919:

Existe el peligro de que arrojemos a las masas de población de toda Europa a los brazos de extremistas cuya única idea para la regeneración de la humanidad es la destrucción total del tejido social. Estos hombres han triunfado en Rusia...

En todo caso, la revolución mundial no se materializó, y Lenin se vio obligado a reconsiderar su estrategia. Allí, al ladito, seguía el felino agazapado de Asia, foco constante de tensión, en concreto la India, colonia británica donde Engels, ya en 1882, había augurado una revolución. Lenin siempre había creído que la liberación de los pueblos asiáticos y africanos vendría después de la de Europa. Su razonamiento ahora era que, si las potencias europeas perdían sus colonias, sus economías se verían tan afectadas que la ansiada revolución sería inevitable. "Oriente -declaró- nos ayudará a conquistar occidente". Aquí empieza nuestra historia.

El barón Ungern von Sternberg, reencarnación de Gengis Khan

El gran Peter Hopkirk nos la cuenta con tanta pasión y maestría como en El gran juego, y, una vez más, consigue convertir un complejísimo relato sobre geopolítica en una inolvidable aventura de espías, agentes secretos, científicos que pasaban por ahí y chiflados mesiánicos. Por ello, servidor va a intentar emular al autor y, en lugar de centrarme en los acontecimientos y la cronología, presentaros un par o tres de los grandes protagonistas de esta historia.

Uno de los más fascinantes, misteriosos y terroríficos es, sin duda, el barón Ungern von Sternberg, de quien, por cierto, ya hablé aquí. Nuestro héroe, nacido en Austria, descendía de una familia de rancio linaje aristocrático y militar estonio que se remontaba, según él, hasta el rey Atila. De hecho, Ungern-Sternberg, interesado desde su juventud en las ciencias ocultas y la filosofía y religiones de oriente, se creía la reencarnación de Genghis Kan. En 1908, al frente de un regimiento de cosacos, fue destinado a Mongolia, donde habían estallado las hostilidades entre Mongolia y China. Forjó unos lazos inquebrantables con la cultura y la tierra mongola, se convirtió a budismo lamaísta y dejó que su interés en el ocultismo deviniera una obsesión. Al mismo tiempo, seguía con su gloriosa carrera militar, en la que su fiereza y coraje le hacían temible. Regresó de la Gran Guerra con el torso encorvado por el peso de las medallas y, como feroz antibolchevique que era, con gusto continuó soltando mandobles a diestro y siniestro en la Guerra Civil que siguió a la revolución. Dicen algunos que un sablazo que recibió en la cabeza en esa feroz guerra acabó de volverlo tarumba; otros sostienen que su locura era congénita, mientras unos terceros responden que su sadismo y brutalidad eran de hecho la norma en la guerra entre rojos y blancos.

 El Ejército Rojo y los basmachi, guerreros musulmanes, en la mesa de negociaciones

Hopkirk se centra en el plan que urdió nuestro barón para reconquistar Mongolia, entonces bajo dominio chino, y que pasaba por expulsar de Urga (hoy, Ulan Bator) a los invasores. Se agenció para ello la ayuda de los japoneses, que eran enemigos acérrimos de los bolcheviques y que en Siberia habían apoyado la causa blanca durante la Guerra Civil. El objetivo final de Ungern-Sternberg era, pues, recuperar Mongolia para los mongoles, restaurar al Bogd Khan, el Buda Viviente, en el trono, y proclamar la Gran Mongolia. Una vez conseguido eso, al frente de un ejército cada día mayor, cruzaría Rusia en dirección a Moscú, liberando al pueblo del yugo bolchevique. El spoiler no lo pongo yo, sino la historia: Ungern-Sternberg no consigue su propósito, pero en el camino deja un horripilante reguero de sangre, crucifixiones y bolcheviques asados.

 El Barón Sangriento, visto por Hugo Pratt en Corto Maltés en Siberia

Un año antes de que el Barón Sangriento, como se le conocía, pusiera en marcha su gran proyecto de reconquista, en 1920 tenía lugar el II Congreso de la Internacional Comunista, en el que se abordó de manera directa, entre otros, la forma de propagar la revolución en Asia. Entre los delegados asiáticos se encontraba un joven y espigado revolucionario indio llamado Manabendra Nath Roy, nombre falso con el que pasó a la historia. Roy, que sentía un odio visceral por Gran Bretaña, había empezado a desarrollar una prometedora carrera como terrorista, hasta que, perseguido por las autoridades, se vio obligado a huir del país y, tras pasar por Japón, China y los Estados Unidos, acabó recalando en México, donde, junto con el agente de la Comintern Mikhail Borodin, fundó el primer partido comunista fuera de Rusia.

En abril de 1920, Roy asistió al congreso de la Comintern invitado personalemente por Lenin, quien, al verlo, se sorprendió por su  juventud, pues esperaba un sabio y barbudo hombre de oriente. No sería ésa la única sorpresa que se llevó el padre de la revolución, pues al poco de haber comenzado el congreso, Roy tuvo la osadía de cuestionar el análisis de Lenin sobre el problema colonial. El camaraderil duelo se resolvió sometiendo la cuestión a voto. Ganaron las tesis de Lenin, pero el prestigio de aquel audaz jovenzuelo subió como la espuma.

 Manabendra Nath Roy

Zinoviev se apuntó con entusiasmo a avivar el fuego que debía prender en Asia, y no se le ocurrió otra cosa mejor que llamar a los pueblos musulmanes a la yihad contra los opresores imperialistas, léase los británicos. Ese llamamiento, huelga decirlo, era cuando menos imprudente, y los propios musulmanes no tardarían en ver cómo la dictadura del proletariado cobraba un aspecto de lo más colonialista. Antes de ello, sin embargo, la mecha fue prendiendo. El despiece del Imperio Otomano por parte de los aliados encendió aún más los ánimos de los musulmanes, entre los que además empezaban a correr rumores de que los británicos tenían la intención de abolir el Califato. La tensión que se mascaba en Delhi se acentuó todavía más cuando Gandhi decidió apoyar a los musulmanes por medio de una campaña masiva de no-cooperación.

La masacre de Amritsar (de la película Gandhi). Leña para el fuego asiático

Dicha campaña llevó a Moscú la esperanza de que por fin la revolución había llegado a la India. Roy, sin embargo, no se fiaba ni un pelo de su compatriota el Mahatma, a quien, lejos de revolucionario, consideraba un absoluto reaccionario. Cuando en 1921, en la India, una turba furiosa prendió fuego a una comisaría y mató a veintidós oficiales británicos, Gran Bretaña se encontró al borde del precipicio. ¡La ocasión la pintan calva!, cuentan que exclamaron al unísono todos los soviets al tiempo que se frotaban las manos. Pero aquel acto de violencia fue rechazado de manera inequívoca por Gandhi, que decidió poner fin a su campaña y dio así un respiro a unas autoridades británicas a las que no les llegaba la camisa al cuello. Moscú se enfureció ante la irrepetible oportunidad perdida, y Roy contribuyó al mal rollo con un "ya os lo había dicho" y un artículo en el que apuntaba a que, de haber existido un partido indio revolucionario, otro gallo hubiera cantado.

Una de las primeras promociones de la Universidad Comunista del Este

Los soviéticos, por su parte, se habían estado preparando para tal eventualidad. Y qué mejor manera de hacerlo que creando la Universidad Comunista del Este, donde los alumnos estudiaban asignaturas sobre la organización y propaganda del partido, o teoría y tácticas de la revolución del proletariado. En sus escasos veinte años de existencia, la Universidad licenció a alumnos tan excelsos como el propio Roy, Deng Xiaoping o Ho Chi Min. La misión de las primeras promociones era infiltrarse, crear células revolucionarias y establecer contacto con los movimientos nacionalistas. Y probablemente ése fue el error de Roy: los grupos nacionalistas indios odiaban a los bolcheviques más aún que a los británicos y, por lo tanto, no querían que nadie los relacionara con el comunismo. Su propia guerra, la de la independencia, ya la ganarían ellos solos. La historia les dio la razón y se la quitó a Roy, que perdió el prestigio y suerte tuvo de escapar con vida. Poniéndonos metafóricos, podría decir que el fuego de la revolución quemó sus últimas cartas.

La insurrección de Cantón. La revolución que Stalin instigó en China le salió por la culata

El coronel Frederick Marshman Bailey es uno de esos personajes cuyas aventuras, de haber sido fruto de la ficción, el personal habría tachado de inverosímiles. Os contaré simplemente una de ellas y ya me diréis. Sucedió cuando Bailey se encontraba en Tashkent, intentando averiguar las intenciones del nuevo gobierno bolchevique, sobre todo en lo que concernía a sus planes para Afganistán y la India. Descubrió que había llegado a Tashkent un grupo de revolucionarios indios que se dedicaba a diseminar propaganda antibritánica y se proponía, con apoyo bolchevique, ganarse el favor de Amanullah, el nuevo rey de Afganistán. Amanullah había sucedido a su padre Habibullah, quien, además de aguantar la presión del Imperio Otomano y mantenerse neutral durante la Gran Guerra, había mostrado su firme rechazo a la revolución rusa y a cualquier tipo de contacto con los bolcheviques. Habibullah murió asesinado, no se sabe por quién, durante una cacería y el maleable Amanullah accedió al trono.

Amanullah Khan

Amanullah tenía prisa por hacer cosas y, apenas había alcanzado el poder, no se le ocurrió otra cosa mejor que invadir el Punjab, con lo que dio comienzo la llamada Tercera Guerra Anglo-Afgana. Los ingleses respondieron ipso-facto y, con el uso de la aviación, armada de bombas y ametralladoras, tuvieron suficiente con unas pocas semanas para destrozar al ejército afgano. Parece ser que Amanullah había fundado demasiadas esperanzas tanto en la población india, que, según sus cálculos, se iba a alzar en armas contra los británicos, como en los bolcheviques, de quien esperaba recibir apoyo moral y material. No ocurrió ni lo uno ni lo otro, pero Amanullah supo arreglárselas lo bastante bien como para llegar a un acuerdo satisfactorio con los británicos y seguir flirteando con los bolcheviques.

Frederick Marshman Bailey, agente de los servicios de inteligencia británicos

Desde Tashkent, tanto Bailey como el gobierno bolchevique observaban con atención los movimientos y tejemanejes de Amanullah con británicos y con Moscú. Todos eran conscientes de que un Afganistán encamado con los bolcheviques sería una amenaza letal para la India británica, pero Bailey también sabía que, en aquel momento, hubiera sido muy sencillo para el ejército británico expulsar a los bolcheviques de Tashkent y de toda Asia Central. Qué giro hubiera tomado la historia, nunca lo sabremos, En todo caso, Bailey, desencantado ante la inacción de su gobierno y temiendo por su vida, decidió huir de Tashkent.

Enver Pasha, en los tiempos en que le dijo a Lenin: yo te consigo la India y tú me ayudas a recuperar Turquía.

Para un ciudadano británico perseguido por la Cheka, huir de una ciudad controlada por los bolcheviques e intentar entrar en Bujara, regida por un emir feroz antobolchevique que, como todos los emires, consideraba que todo extranjero era un espía, era una misión suicida. Así que nuestro héroe, ni corto ni perezoso, tras adoptar diferentes identidas, entre ellas la de prisionero de guerra austriaco, se infiltró nada menos que en la Cheka, es decir, entre sus propios perseguidores, con la misión de capturar a un peligroso espía británico, léase, él mismo. Y el relato que hace Hopkirk de este episodio es tan magistral que me niego a daros más detalles. ¿Cómo será el relato que el propio Bailey hizo en su libro Misión en Tashkent?

El comisario Borodin con Chiang Kai Shek


Bailey, Roy o el Barón Sangriento son sólo tres de los muchísimos personajes fascinantes, cuando no increíbles, que nos encontramos en estas páginas. Si tuviera más tiempo y ganas de escribir, os hablaría un poquito de Paul Nazarov, un geólogo ruso que se convirtió en el líder de una operación para acabar con el poder de los bolcheviques en Asia Central, que acabó escapando a través de las montañas, donde fue emparedado vivo en una cabaña, y que nos contó sus aventuras en este libro.  Podría hablaros de Georges Agabekov, agente de la Cheka y desertor por amor, de quien Hopkirk apenas se ocupa, pero cuya vida daría para toda una novela. O de Mijaíl Borodin, agente de la Comintern que intentó exportar la revolución proletaria a China. O del Comisario Osipov, oficial del ejército rojo que decidió echar a los bolcheviques de Tashkent matándolos uno a uno para hacerse él solito con el poder. O qué decir de Chiang Kai Shek, cuya historia y la del Kuomintang Hopkirk nos relata de manera tan clara que servidor por fin la entiende. Y no podemos olvidarnos de Enver Pasha, cuyas aventuras, no por más conocidas dejan de ser igual de fascinantes que todas las demás. En fin, de todos ellos y unos cuantos más se ocupa este maravilloso libro. ¿He dicho alguna vez que me parece imperdonable que sólo haya un libro de Hopkirk traducido al español?

"Hopkirk no fue un historiador de sillón" (del obituario de The Times)

domingo, 5 de febrero de 2017

Memorias de Bergman y Berberova



Hablar de los géneros en la literatura es ante todo una cuestión de expectativas. Todos tenemos bastante claro qué le pedimos a un libro de aventuras, a un thriller o a una novela histórica. Del mismo modo, pensaría uno que al abrir un libro de memorias lo hacemos sabiendo muy bien lo que nos vamos a encontrar: recuerdos de la infancia, retratos familiares, pequeños traumas y primeras veces. Hasta que uno ha leído unos cuantos y se da cuenta de que el de las memorias es uno de los géneros más amplios y variados de la literatura.

En ocasiones, el memorante se limita a hablar de su época y las personas con las que se codeó, mientras él mismo permanece en las sombras y sigue siendo un desconocido para el lector. Eso era lo que sucedía con las por otra parte fascinantes memorias de Victor Serge, de las que hablé aquí. En otras ocasiones, el autor bucea mucho más allá de sus propios recuerdos y trepa a las ramas del árbol familiar, como hacía Amos Oz en su maravillosa y trágica Una historia de amor y oscuridad. György Faludy optaba por mostrarnos en Días felices en el infierno la vitalidad, sed de experiencias y capacidad de resistencia del individuo en una sociedad totalitaria, mientras que Arthur Koestler, en uno de los libros de memorias más grandes que he leído, se centraba tanto en su historia personal como en la de todo el siglo XX. Unas memorias totales.


 La cursiva es mía, de Nina Berberova
En tiempos de Iván el Terrible, un tal Kara Aul llegó a Moscovia, quizá por obligación, procedente de la ciudad negra tártara. Fue bautizado y no regresó al reino tártaro. Ignoro qué hicieron sus descendientes durante los doscientos años que transcurrieron hasta el día en que Catalina II donó la propiedad a Yuri. También ignoro por qué motivo recibió sus tierras, sus medallas y sus anillos de gentilhombre. Había pocos objetos en su mansión, todos databan del siglo pasado y no aparecían huellas del anterior. Por el desván, en completo desorden y cubiertos por telas de araña, rodaban antiguos miriñaques, álbumes encuadernados de terciopelo, un globo terráqueo, una colección completa de la revista El mensajero de Europa y una multitud de flores de azahar, símbolo de la pueza, que adornaban la cabeza de las novias de la nobleza el día de su boda.
En las primeras páginas de La cursiva es mía, Nina Berberova nos regala párrafos tan interesantes como éste. Esta escritora rusa nacida en 1901 no fue una autora muy prolífica, y su obra, de la que sólo he leído estas excelentes memorias, no acostumbra figurar entre la de los grandes nombres de la literatura rusa. Berberova fue, en todo caso, protagonista en primera línea y cronista excepcional del exilio ruso tras la Revolución que llevó a miles de intelectuales, nobles y militares a huir del país y recalar en Berlín y, con más frecuencia, en París. De dicho exilio ya nos habló Nabokov en Habla, memoria, donde, como solía ser el caso con el amigo de los lepidópteros, nos hablaba sobre todo de sí mismo.



Nuestra autora de hoy, sin embargo, no tenía quizá un concepto tan alto de sí misma, y por eso, sin dejar de lado el aspecto más privado de un libro de este tipo, dedicó numerosas y brillantes páginas a los círculos literarios en los albores de la Unión Soviética y a sus posteriores compañeros de exilio. Por estas páginas, pues, pasan y nos sorprenden Alexander Kerenski, Nikolai Gumiliov, Maxim Gorki, Andrei Bieli, Ivan Bunin, Nabokov y, sobre todo, Vladislav Khodasievich, a quien servidor no conocía y que, por lo visto, aparte de ser durante años el marido de Berberova, está considerado uno de los grandes de la poesía rusa del siglo XX.

Contrasta este tipo de memorias, que mantiene un atinado equilibrio entre lo personal y lo público, con Linterna mágica, el libro en el que Ingmar Bergman se desnuda y, por continuar con la metáfora, nos planta sus partes íntimas a un palmo de la cara.


Cuando vemos una película de Allen, Truffaut, Kaurismaki o Almodóvar, por mencionar sólo unos pocos, no es difícil hacerse una idea bastante aproximada de la personalidad del director. En algunos casos, naturalmente, esa personalidad se revela de manera más pronunciada que en otros, pero más allá del estilo personal de cada uno, más allá de eso que los amigos de los clichés llaman el sello o el poso vital, hay unos tics, unas obsesiones y hasta un cierto olor que nos dice mucho de la persona que ha creado esa obra. Sin embargo, obras como El séptimo sello, Persona o El silencio nos pueden sugerir, entre el sopor y el arrobo, que este sueco moreno y de rostro alargado era cualquier cosa menos un tipo alegre. Y apenas poco más. Lo que es seguro es que después de leer este libro, no se nos va a escapar un suspiro del estilo "ah, ojalá hubiera conocido a don Ingmar en persona". Al mismo Bergman, sin ir más lejos, no le gusta demasiado lo que recuerda.
No reconozco a la persona que era yo hace cuarenta años. Mi desagrado es tan grande y el mecanismo de rechazo ha funcionado con tanta eficiacia, que difícilmente puedo vislumbrar la imagen. A este respecto, las fotografías no ayudan demasiado. Solamente nos muestran una persona disfrazada, alguien bien atrincherado. Si me sentía atacado respondía mordiendo como un perro asustado. No confiaba en nadie. Estaba dominado por una sexualidad que me obligaba a incesantes infidelidades y acciones compulsivas, torturado constantemente por el deseo, el miedo, la angustia y la mala conciencia.

El pastor Edvard Vergerus, inspirado en el padre del autor

La lectura de Linterna mágica ha ido seguida de la película Fanny y Alexander, la última de sus grandes obras, que apenas recordaba ya. Quizá le habría sacado más jugo si hubiera cambiado el orden, dado que es más fácil reconocer la imagen en la página que la cita en el celuloide. No obstante, el carácter autobiográfico de la película, de todos conocido, es tan marcado que no resulta difícil rastrear los acontecimientos y personajes que inspiraron tantas escenas. En las primeras páginas, por ejemplo, nos encontramos con una de las escenas más impactantes de la película, aquélla en que el obispo, padrastro de Alexander, azota a éste sádicamente y lo humilla obligándolo a besarle la mano. Así nos habla Bergman de su propio padre:
Mi hermano lo pasó aún peor. Muchas veces mi madre se sentaba en su cama para curarle la espalda en la que los latigazos habían levantado la piel y marcado sanguinolentas estrías. Como yo aborrecía a mi hermano y temía sus violentos arrebatos de mal genio, sentía una gran satisfacción cuando lo castigaban tan severamente.
Terminada la tanda de azotes, había que besar la mano de mi padre. Inmediatamente se comunicaba el perdón y el peso del pecado caía a tierra dando paso a la liberación y a la misericordia. 
Ingmar, por los años en que intentaba reventarle la cabeza a su hermano

A juzgar por la escena en que Ingmar golpea a su hermano en la cabeza con una garrafa de cristal y éste le arrea un guantazo que le hace saltar dos dientes, podría parecer que el odio entre hermanos que menciona el autor era más pronunciado de lo habitual en familias no del todo bien avenidas. Pero en realidad ambos niños estaban unidos no sólo por lazos fraternales, sino sobre todo por el odio al padre.

Nada más diferente de la relación de Berberova con su padre, a quien adoraba y al que, tras su exilio, sólo pudo volver a ver una vez.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, [mi padre] realizó una corta carrera cinematográfica. En 1935, el realizador cinematográfico Kozíntsev se le acercó y le dijo: "Le necesitamos; necesitamos a un hombre como usted". "¿A mí?", pregntó mi padre. "No tengo experiencia ni talento". "Pero, con su barba, su cuello almidonado y su manera de andar, posee usted el estilo que necesitamos", le contestaron. "En Leningrado sólo quedan dos o tres personas de su clase. Ayer contratamos a una". Así fue como mi padre interpretó su primer papel, el de un hombre del antiguo régimen, al que liquidan al final de la película.
En 1937, en una calle sucia y maloliente próxima al bulervar Sebastopol (...) fui a dar con una reducida célula comunista que organizaba  proyecciones de películas soviéticas. (...) Me indicaron el lugar y la hora de la proyección de una de esas películas, pero me comunicaron que para poder comprar una entrada era necesario ingresar en la célula comunista y pagar la cotización anual. Lo hice en el acto. El día establecido, me encontré en una gran sala oscura, entre otros miembros de la célula que se hallaban muy exaltados.
El exilio literario ruso en Berlín, 1923. Entre ellos, Berberova, Khodasevich, Bely y Muratov

A continuación, Berberova nos describe una ridícula escena en la que un cerdo contrarrevolucionario intenta sabotear los planes de Lenin para sanear el presupuesto de Rusia. Un marinero analfabeto consigue reducirlo y arrestarlo, entre las ovaciones y los gritos de venganza por parte de los espectadores.
Ya en el exterior, le permitían detenerse un instante, en la entrada del Banco Estatal, para contemplar el canal Catalina y el horizonte de San Petersburgo encapotado por la lluvia. Su mirada recayó en mí, sentada en la sala parisina. Se lo llevaban, escoltado, y nunca más volvía  verle. ¡Qué reencuentro, tras una separación de quince años! No todo el mundo puede gozar de la felicidad proporcionada por un encuentro semejante al nuestro, antes de separarse para siempre...

 Nina Berberova y Vladislav Khodasievich

La belleza de momentos como éste abundan en La cursiva es mía. Bergman, por su parte, reserva todo lirismo para las inolvidables páginas finales, en las que hace revivir a su madre para preguntarle todo aquello que en su día no pudo o no quiso.
Tengo que preguntarle algo importante, madre. Hace años, creo que fue en el verano de 1980, yo estaba sentado en mi silla en el cuarto de trabajo de Farö, el tiempo estaba lluvioso, una de esas lluvias serenas de verano que duran todo el día y terminan por no existir. Yo leía y escuchaba la lluvia. En ese instante sentí que usted estaba cerca de mí, a mi lado, podía extender la mano y coger la suya. No fue que me hubiera quedado dormido, lo sé seguro, ni siquiera fue una experiencia extraterrenal. Sabía que usted estaba conmigo, en la habitación. ¿O fue una ilusión? No acabo de entenderlo, ¡ahora tengo que preguntarle!
Ante la respuesta negativa de su madre, un Bergman desesperado insiste:
Nos hicimos amigos, ¿no nos hicimos amigos? ¿No invalidamos el viejo reparto de papeles madre e hijo y nos hicimos amigos? ¿Hablamos con sinceridad y confianza? ¿No fue así? ¿Llegué a entender su vida, estuve siquiera cerca de entenderla? ¿O no fue más que una ilusión lo de nuestra amistad? No, no crea que estoy embrollándome, aplastado por los reproches que me hago a mí mismo...

La linterna mágica, en Fanny y Alexander

No obstante, como digo, estas emotivas páginas contrastan fuertemente con todo el resto, donde Bergman nos demuestra su talento para la infidelidad y donde, a primera vista, el amor no juega un papel demasiado importante. Ved lo que nos dice acerca del escándalo fiscal en el que estuvo implicado y al que dedica unas cuantas páginas. Habla el hombre de familia:
No sé cómo reaccionaron mis otros hijos, teníamos poco contacto, por no decir ninguno. La mayoría pertenecía además a grupos izquierdistas y, por lo que después he podido saber, pensaron que su padre se lo tenía bien merecido.
Claro que tampoco puede decirse que Berberova derrochara un apasionado amor por la familia, por lo menos en su juventud.
En aquella época, yo quería a muchas personas y me gustaban muchas cosas, pero también era capaz de sentir odio. Detestaba, en particular, todo cuanto oliera a "nido", a espíritu familiar, a maternidad. Calentarse junto a alguien, acurrucarse contra él, buscar refugio se me antojaba repugnante y humillante.
Como si se tratara de una película llena de escenas desagradables, en ocasiones al lector de Linterna mágica le cuesta no apartar con asco la vista de la página, como cuando el autor nos describe en detalle su primera paja, nos narra cómo se quedó una noche encerrado en el depósito de cadáveres, donde yacía el cuerpo de una hermosa joven, o nos cuenta que un día se cagó en la cama, episodio que relata, por cierto, con gran maestría. El libro lo saqué de la biblio, pero no pude reprimirme de escribir en el margen ¡aaajjjj! (En lápiz, por supuesto).


 La danza de la muerte, escena de El séptimo sello. Bergman nos cuenta una divertida anécdota

Podría decirse que en Bergman el dolor nace de su propia experiencia familiar, religiosa y personal, mientras que Berberova, que se nos antoja una persona más capaz de saborear el placer, fue víctima de su tiempo. No se extiende mucho la autora sobre la Revolución, pero da la impresión de ser una de tantos millones que vieron traicionada su esperanza en un futuro mejor para Rusia. 
Nadia trabaja ahora en la Checa -dijo tranquilamente mirándome con simpatía- Se pasea con una cazadora de cuero y lleva revólver. El otro día me la encontré por la calle y me dijo que había que fusilar a la gente como yo, y eso es precisamente lo que se empeñan en hacer.
Más tarde, una Berberova indignada nos habla de la monstruosidad en que acabó convertida la Revolución, y cruza los dedos ante la fundada sospecha de un futuro de negacionismo y apología de aquellos crímenes.
Durante los años comprendidos entre 1950 y 1960, en la Unión Soviética se tenía la costumbre de escribir que los emigrados "tenían miedo" de las masas y que el concepto de pueblo revolucionario les hacía temblar. No creo que Bunin, Záitsev, Tsvetáieva, Rémizov y Jodásievich temieran a las masas. En cambio, sí tenían miedo, y no sin razón, de los burócratas de la vida literaria. Esos servidores del régimen, que también hacían las veces de críticos literarios, se apoderaron poco a poco de Tierra virgen roja, convirtieron Na Postu en una herramienta de propaganda, contribuyeron a la clausura de LEF ("Frente de izquierda"), el periódico de Maiakovski; enviaron a Pilniak a presidio y provocaron su muerte, arruinaron la vida de Voronski, mataron a Mandelstam, a Kliúiev, a Bábel y a muchos otros y acabaron por perecer en las purgas estalinistas. Hay que confiar en que nadie les rehabilite.
Pero ni las penurias, ni la guerra, ni la soledad e incomprensión por parte de una intelectualidad que apoyaba a Stalin consiguieron acabar con el sentimiento vital  de esta pequeña y frágil mujer.


 Andrei Bely, momentos antes de uno de sus ataques

 No obstante, como he señalado más arriba, es la descripción del París del exilio ruso  y los retratos de sus protagonistas lo que da su verdadero valor a estas memorias. Las pinceladas que nos proporciona en ocasiones corroboran lo que ya sabíamos, como la tosquedad de Gorki, mientras que en otras ocasiones nos sorprenden, como al hablar de la grosería de Bunin. Entre estas sorpresas destaca Andréi Bely, autor de Petersburgo, considerada una de las obras maestras del siglo XX, y uno de los personajes más grotescos que se pasean por estas páginas.
De repente, en su imaginación excitada por el vino, todos los comensales se convirtieron en un círculo de enemigos que esperaban su muerte, no creían en su santidad y acogían su sacrificio con sonrisas irónicas. Si histeria iba en aumento. (...) Le condujeron hasta la puerta. Quise estrecharle la mano para decirle, soimplemente, que, en mi opinión, era y seguiría siendo uno de los grandes escritores de nuestra época y que guardaría el recuerdo de nuestros encuentros como un tesoro. Al ver i intención de acercarme a él, Bely fue presa de una agitación violenta, echó la cabeza haca atrás y se dispuso a saltar como una pantera...
 

Ambos libros confluyen en un momento, y es el auge del nazismo, con el que tuvieron una relación radicalmente opuesta. Berberova vivió en persona la entrada del ejército alemán en París, y vio cómo la segunda esposa de Khodasievich era arrestada y deportada.
Los hombres ya habían sido detenidos en otoño, pero hasta entonces l situación no había afectado a las mujeres. Olga solía decir que no se llevarían a las mujeres ni a los ancianos. Detenían a todo elmundo, a jóvenes y a viejos, con o sin estrella.
El relato que sigue, con Berberova corriendo de un lado a otro para intentar ayudar a Olga, es estremecedor, y termina con la conversación que mantiene con un oficial de las SS.
¿Es una mujer casada?
-No, viuda.
-¿Era judío el marido?
-No, ario.
-¿Hay documentos?
-Sí, sería fácil demostrarlo.
-Pero, ¿ella es judía?
-Se convirtió al cristianismo.
-No es un problema de religión, sino de raza.
-¿Qué significa eso?
-Significa que esa mujer puede volver a casarse y abrazar de nuevo la fe judaica.
-Tiene cincuenta años.
Aquí, reflexionó un instante.
-No -dijo-, imposible hacer nada. Si su marido aún viviera, sería distinto.
Posteriormente, en el capítulo "El cuaderno negro", su diario escrito durante la guerra, Berberova nos narra el interrogatorio al que fue sometida por la sección rusa de la Gestapo, y de nuevo tenemos un impagable retrato de la emigración rusa.
Tengo cuidado con los rusos de París. Son gente de extrema derecha,oscuros patanes,de edad avanzada, que forman la verdadera "generación olvidada" de la emigración. Entre ellos hay antiguos funcionarios de "la corte de Su Majestad Imperial" y del ministerio del Interior,ex miembros de la Unión del Pueblo Ruso, ex gobernadores que lograron salvarse de la Revolución, antiguos cuadros políticos de organizaciones paramilitares y bandas armadas. Ahora era "su turno", no el nuestro.
Más adelante, en un París liberado, Berberova es testigo de la humillación pública de una joven acusada de haber sido amante de un alemán.


 Todos hemos visto las fotos, pero el vídeo es impactante

Suecia no participó en la guerra, pero el nazismo si tocó muy de cerca a nuestro amigo, que a los dieciséis años se fue de intercambio a Alemania, a casa de un pastor protestante, padre de nueve hijos salidos de un catálogo del nacionalsocialismo.
En Weimar se iba a celebrar el día del Partido con un desfile gigantesco encabezado por Hitler. En la rectoría reinaba una actividad febril lavando y planchando camisas, sacando brillo a botas y correajes. (...) Llegamos a Weimar a las doce de la mañana. el desfile y el discurso de Hitler empezaban a  las tres. La ciudad era un hervidero de excitación festiva, la gente, endomingada o de uniforme, paseaba por las calles. (...) Súbitamente se hizo el silencio, sólo se oía el chapoteo de la lluvia sobre los adoquines y las balaustradas. El Führer estaba hablando. (...) Al terminar el discurso todos lanzaron su Heil, la tormenta cesó y la cálida luz se abrió paso entre  formaciones de nubes de un negro azulado.
(...) Yo no había visto jamás nada parecido a este estallido de fuerza incontenible. Grité como todos, alcé la mano como todos, rugí como todos, amé como todos.
 Nazis en Suecia, a principios de los 40

Podríamos acharcarlo a de juventud, no sería el primero. Pero a Bergman no le duele la confesión:
Durante muchos años estuve de parte de Hitler, alegrándome de sus éxitos y lamentando sus derrotas.
Claro que tampoco era el único entre los suecos.
Mi hermano fue uno de los fundadores y organizadores del partido nacionalsocialista sueco, mi padre votó varias veces por los nacionalsocialistas. Nuestro profesor de historia era un entusiasta de "la vieja Alemania", el profesor de gimnasia asistía todos los veranos a los encuentros de oficiales que se celebraban en Baviera, algunos de los pastores de la parroquia eran criptonazis, los amigos de la familia manifestaban gran simpatía por "la nueva Alemania".
Ve uno algunas cosas de otra forma, ¿no?

En fin, cotilleos, historia, traiciones, literatura, trapos sucios, amores, cine, violaciones, vendettas, pasión, guerra, confesiones, curiosidades, miserias. Si leer un libro de memorias es todo eso, imaginad leer dos.


Os dejo con una cita muy proustiana de Berberova.
¿Qué me atraía de la poesía exactamente en aquella época? (...) Quien, en su juventud, no haya experimentado dolorosamente la necesidad de descubrir el sentido eterno de la medida y de la belleza, permanecerá para siempre insensible a esa llamada.
Ese sentimiento no es el fruto de un proceso lógico. Su origen se halla en los repliegues más secretos y profundos del corazón humano, lejos de la agitación siniestra o irrisoria que nos rodea. Una loca noche de embriaguez está a mil leguas del amor, de la pena y de la desolación que conforman la esencia de la vida nocturna. La eternidad puede revelársenos en el estribo de un autobús. Podemos entrever la visión fulgurante de la fragilidad de las cosas en la taquilla del correo o descubrir el carácter efímero de nuestra vida al mirar un calendario en la sala de espera de un consultorio.

viernes, 13 de enero de 2017

Tristes trópicos



En una ocasión, cuando se encontraba entre los indios caduveos, Lévi-Strauss distribuyó, como quien reparte caramelos entre los niños, papel y lápices con los que, nos cuenta, al principio los indígenas no hicieron nada.

Después, un día, los vi a todos ocupados en trazar sobre el papel líneas horizontales onduladas. ¿Qué querían hacer? Tuve que rendirme ante la evidencia: escribían, o más exactamente, trataban de dar al lápiz el mismo uso que yo le daba, el único que podían concebir, pues no había aún intentado distraerlos con mis dibujos. Para la mayoría, el esfuerzo terminaba aquí.

Resulta fácil imaginar a los indígenas entretenidos intentando imitar a ese blanco que desde hace unos días se ha unido a la tribu, que va vestido tan raro y que se pasa las horas escuchando y llenando de extrañas rayas un cuaderno de notas. Pero lo interesante viene ahora.

Pero el jefe de la banda iba más allá. sin duda era el único que había comprendido la función de la escritura: me pidió una libreta de notas; desde entonces, estamos igualmente equipados cuando trabajamos juntos. Él no me comunica verbalmente las informaciones, sino que traza en su papel líneas sinuosas y me las presenta, como si yo debiera leer su respuesta. Él mismo se engaña un poco con su comedia; cada vez que su mano acaba una línea, la examina ansiosamente, como si de ella debiera surgir la significación, y siempre la misma desilusión se pinta en su rostro. Pero no se resigna, y está tácitamente entendido entre nosotros que su galimatías posee un sentido que finjo descifrar; el comentario verbal surge casi inmediatamente y me dispensa de reclamar las aclaraciones necesarias.
Un indígena bororo

Acto seguido, nos cuenta el autor, el jefe reunió a la tribu, sacó un papel cubierto de sus garabatos y fingió leerlo. Con esta pantomima, el jefe adjudicaba la lista de objetos que Lévi-Strauss debía dar a cada miembro de la tribu a cambio de los regalos ofrecidos, y conseguía, sobre todo, asombrar a sus compañeros, demostrarles que sólo él era capaz de entender y participar de la magia de la escritura, y consolidar así su autoridad sobre ellos.

Esta fascinante anécdota lleva al autor a reflexionar sobre el papel que la escritura ha tenido en el progreso, y sus conclusiones resultan sorprendentes.

Bien podría concebirse [la escritura] como una memoria artifical cuyo desarrollo debería estar acompañado de una mayor conciencia del pasado y, por lo tanto, de una mayor capacidad para organizar el presente y el porvenir, [mientras por otro lado] pueblos sin escritura, que, impotentes para retener el pasado más allá de ese umbral que la memoria individual es capaz de fijar, permanecerían prisioneros de una historia fluctuante a la cual siempre faltaría un origen y la conciencia durable de un proyecto.

Lévi-Strauss no acepta esta idea tan aceptada y manida, y aduce el ejemplo del neolítico, una de las fases más creadoras de la historia.

En el neolítico, la humanidad cumplió pasos de gigante sin el socorro de la escritura; con ella (la escritura), las civilizaciones históricas de Occidente se estancaron durante mucho tiempo. (...) Sin duda, mal podría concebirse la expansión científica de los siglos XIX y XX sin escritura. Pero esta condición necesaria no es suficiente para explicar el hecho.
Una familia poligámica nambiquara

Pero el etnógrafo va aún más allá.

El único fenómeno que [la escritura] ha acompañado fielmente es la formación de las ciudades y los imperios, es decir, la integración de un número considerable de individuso en un sistema político, y su jerarquización en castas y en clases. Tal es, en todo caso, la evolución típica a la que se asiste, desde Egipto hasta China, cuando aparece la escritura: parece favorecer la explotación de los hombres antes que su iluminación. (...) Si mi hipótesis es exacta, hay que admitir que la función primaria de la comunicación escrita es la de facilitar la esclavitud.

He creído conveniente citar de manera extensa este pasaje como ejemplo de lo que el lector se encuentra en este fascinante clásico, no ya de la etnografía ni la antropología, sino de la literatura. Partiendo de su observación de unas comunidades que, en la mayoría de los casos, jamás han mantenido ningún tipo de contacto con la "civilización", Claude Lévi-Strauss (1908-2009) reflexiona sobre sus viajes anteriores, sobre la historia, la política, el arte, las ciudades o la psicología, entre otros muchísimos temas. Se trata de unas reflexiones que uno quizá no siempre comparta, y algunas de ellas, como su severo juicio al Islam, sorprenden (¿o quizá no?) por su franqueza y severidad, pero de lo que no cabe duda es de que su pensamiento es siempre brillante, original y, con frecuencia, provocador, y consigue que este lector caiga rendido, abrumado y maravillado.



En el panteón de las primeras frases inolvidables, allí, junto a Llamadme Ismael o Todas las familias felices, figura la irónica afirmación de este explorador, científico, antropólogo y aventurero, que abre la obra de esta guisa:
Odio los viajes y los exploradores.

No satisfecho con ello, el autor continúa su diatriba, extendiéndola a las conferencias y los librosde viajes. Desde el primer momento nos conquista, no sólo por su estilo fresco y un tanto lenguaraz, sino por el modo en que sus palabras y sus ideas sobre el viaje y la aventura parecen haber sido escritas ayer mismo. Naturalmente, la idea de que ya no quedan aventuras en el mundo lleva repitiéndose desde hace décadas, si no siglos, pero el argumento de Lévi-Strauss no se limita a lamentar la desaparición de lugares por descubrir, sino al espíritu de los tiempos, y en estas primeras páginas no habla tanto de la experiencia del viajero como de los que bebemos con avidez y creemos iluminarnos con el fruto de esa experiencia. Unas líneas más abajo veréis en qué términos los hace.

En esta primera sección, titulada "El fin de los viajes", se manifiesta ya el tono elegíaco del libro, tono que está presente hasta el mismo final, donde cuestiona con amargura el valor de todo lo experimentado y escrito. Así, en el último capítulo, "El regreso", nos confiesa:

En este oficio, el investigador se atormenta: ¿ha abandonado quizás a sus amigos, su medio, sus costumbres; ha comprometido su salud tan sólo para hacer perdonar su preencia a algunas docenas de desgraciados condenados a una extinción próxima, principalmente ocupados en despiojarse y en dormir, y de cuyo capricho depende el éxito o el fracaso de su empresa?
La siesta de los nambiquara, la tribu más "primitiva" que estudió

Lévi-Strauss establece una analogía entre el viaje y los ritos de iniciación, tan comunes en sociedades tribales. Como es sabido, dichos ritos cumplen la función de permitir la entrada del joven en el mundo adulto o de otorgarle un poder, como puede ser, entre otros, adquirir sabiduría o alcanzar el favor de un espíritu animal que le proteja o le confiera ciertos privilegios. El rito de iniciación, sin embargo, parte de una curiosa paradoja:

Del grupo aprenden su lección los inidividuos; la creencia en los espíritus guardianes es un hecho del grupo, y la sociedad toda entera es la que señala a sus miembros que para ellos no existe oportunidad alguna en el seno del orden social si no es al precio de una tentativa absurda y desesperada para salir de él.

 Y como bien señala, tanto el rito como esa misma paradoja pueden observarse en nuestra sociedad.

También a nuestros adolescentes, desde la pubertad, se les da venia para obedecer a los estímulos a los cuales todo les somete desde la primera infancia, y para franquear de cualquier manera la influencia momentánea de su civilización. Puede ser hacia arriba, por la ascensión de alguna montaña, o hacia lo profundo, descendiendo a los abismos; también horizontalmente, aventurándose hasta el corazón de regiones lejanas. Finalmente, la desmesura que se busca puede ser de orden moral, como ocurre en aquellos que voluntariamente se exponen a situaciones tan difíciles que los conocimientos actuales parecen excluir toda posibilidad de supervivencia.


¿Sigue teniendo validez tal afirmación? Sería interesante saber si, a la embarazosa vista de nuestros adolescentes cuarentones, el etnólogo se replantearía algunas de sus teorías. En todo caso, si, como a mí, os cuesta reconocer en este párrafo a nuestros jóvenes, el autor nos da a continuacion un ejemplo esclarecedor.

Como en nuestro ejemplo indígena, el joven que durante algunas semanas o meses se aísla del grupo para exponerse, ya con convicción y sinceridad, ya, por el contrario, con prudencia y astucia (...), a una situación excesiva, vuelve dotado de un poder que entre nosotros se expresa por artículos periodísticos, importantes tiradas y conferencias en salas de prensa repletas, pero cuyo carácter mágico se encuentra atestiguado por el proceso de automistificación del grupo. (...) Pobre presa cazada en las trampas de la civilización mecánica, ¡oh, salvajes de la selva amazónica!, ¡tiernas e impotentes víctimas!; puedo resignarme a comprender el destino que os anonada, pero de ninguna manera a ser engañado por esta brujería más mezquina que la vuestra, que ante un público ávido enarbola álbumes en kodachrome en reemplazo de vuestras máscaras destruidas.

Y si no habéis tenido bastante, aquí tenéis otro ejemplo más de la maravillosa prosa de este antropólogo:

Predecesor pulido de estos matorraleros, ¿fui entonces el único a quien sólo cenizas quedaron en las manos? ¿Solamente mi voz daba testimonio del fracaso de la evasión? Como el indio del mito, fui tan lejos como la tierra lo permite, y cuando llegué al fin del mundo interrogué a los seres y a las cosas para encontrar su misma decepción.
 Taperahi, el jefe tupí-kawaíb, y Kunhatsin, su mujer principal

No busquéis, pues, en este autor los lugares comunes que idealizan las sociedades indígenas mientras ponen a parir a Occidente. Y mira que habría podido hacerlo, pues sus experiencias entre "salvajes" tenían lugar en el mismo momento en que en el mundo civilizado se gaseaba a seis millones de personas. Pero Lévi-Strauss consideró, sabiamente, que pasarse años comiendo larvas, durmiendo al raso y con los pies cubiertos de llagas, merece un fruto más digno que un puñado de tópicos. Así, al final de su estancia entre los bororo, una tribu organizada alrededor de unos curiosos conceptos de simetría y reciprocidad, el autor sentencia:

¿Qué queda de todo eso? ¿Qué es lo que subsiste de las mitades, de las contramitades, de los clanes, de los subclanes, frente a la comprobación que las observaciones recientes parecen imponernos?(...) Tres sociedades que, sin saberlo, permanecerán para siempre distintas y aisladas, prisioneras de una soberbia disimulada a primera vista por instituciones engañosas, de tal manera que cada una de ellas es la víctima inconsciente de aritificios a los cuales ya no puede descubrirles un objeto. Los bororo se han esforzado en vano por desarrollar sus sistema en una prosopopeya falaz, no consiguieron desmentir esta realidad mejor que otros: la representación que una sociedad se hace de la relación entre los vivos y los muertos se reduce a un esfuerzo para esconder, embellecer o justificar, en el plano del pensamiento religioso, las relaciones reales que prevalecen entre los vivos.
 Si después de este párrafo pensáis que ya sabéis por dónde va el autor en su condena del relativismo moral y que, partiendo de esa postura, nada que diga os puede sorprender, os llevaréis un soberbio chasco cuando leáis lo que tiene que decir acerca de la antropofagia.

Debemos persuadirnos de que si un observador de una sociedad diferente considerara ciertos usos que nos son propios, se le aparecerían con la misma naturaleza que esa antropofagia que nos parece extraña a la noción de civilización. Pienso en nuestras costumbres judiciales y penitenciarias. Estudiándolas desde fuera, uno se siente tentado a oponer dos tipos de sociedades: las que practican la antropofagia, es decir, que ven en la absorción de ciertos individuos poseedores de fuerzas temibles el único medio de neutralizarlas y aun de aprovecharlas, y las que, como la nuestra adoptan lo que se podría llamar la antropoemia (del griego emein, "vomitar"). Ubicadas ante el mismo problema han elegido la solución inversa, que consiste en expulsar a esos seres temibles fuera del cuerpo social, manteniéndolos temporaria o definitivamente aislados, sin contacto con la humanidad, en estableciemientos destinados a ese uso. Esta costumbre inspiraría profundo horror a la mayor parte de las sociedades que llamamos primitivas; nos verían con la misma barbarie que nosotros estaríamos tentados de imputarles en razón de sus costumbres simétricas.
 Portada de la primera edición

 Tristes trópicos es así de principio a fin. Un libro profundo, provocador, poético, que tiene mucho más de divagación personal sobre casi todo, que de tratado de antropología. Sin duda fue un gran acierto por parte del antropólogo belga dejar reposar sus experiencias y notas durante quince años, hasta su redacción final y publicación en 1955, pues la pátina final que cubre a Tristes trópicos no es sólo la del tiempo y la nostalgia, sino sobre todo la de la reflexión, la perspectiva, la madurez y cierto desencanto quizá inevitable al acercarse a la cincuentena. Considerando los recuerdos de mis propios viajes, me doy cuenta de que se ajustan perfectamente al viejo adagio sobre los libros, a saber, que con cada relectura nos encontramos con un libro diferente al que leímos hace diez años. Así, dejando de lado en qué momento de nuestra vida hicimos el viaje, nuestro recuerdo y nuestro balance, que nunca será definitivo, varían con los años. Por ello, el viaje a la India que recuerdo hoy no es el mismo viaje que recordaba al año siguiente de mi regreso. Lástima que me dejara en España el cuaderno de notas.

Desconozco qué habrá sido de los bororo, los mundé o los nambiquara, pero se me ocurre que el destino que les vaticina Lévi-Strauss es al mismo tiempo, de manera cruel, el triunfo de esta obra: quizá esas vidas, esos mitos, esas costumbres sólo continúen vivos en estas páginas.

Mi año lector no podía haber empezado mejor. Una joya.



viernes, 30 de diciembre de 2016

Restos de temporada 2016


Parece que fue ayer, el tiempo vuela, no somos nada y por estas entrañables fechas vuelven, como cada año, los restos de temporada. Se trata, una vez más, de esas lecturas que este indolente bloguero no ha querido buscar tiempo para reseñar, aunque este año no están todas las que son. De las que están, algunas han sido grandísimas lecturas, mientras que otras simplemente han cumplido su cometido. Pero, en todo caso, ¿quién soy yo para negarles a unas u otras sus cinco líneas de gloria?


La princesa de hielo, de Camilla Läckberg

 El primero de la cuota de cuatro o cinco thrillers al año. Éste, que, si no me equivoco, es el primero de la señora Läckberg, me gustó mucho. Hace tic en todas las casillas de requisitos para un buen thriller.


Paciencia, de Daniel Clowes.

Éste ha sido, para mí, el año de la novela gráfica. Creo que habrán pasado por mis manos alrededor de treinta obras de este género, si es que puede hablarse de un único género, cuando sólo en el manga nos encontramos ya con una variedad inmensa, como vimos aquí.

Y así, tras la inolvidable lectura de Corto Maltés y alguna que otra más, la primera gran novela gráfica que cayó fue esta Paciencia, de Daniel Clowes.

Las obras de Clowes siempre llegan al límite, esa fina raya que separa la obra perfecta del "se ha pasao". A mi juicio, en esta obra no sobrepasa dicho límite, lo cual nos pone en la difícil situación de juzgar si se trata, en efecto, de una obra perfecta o no. Lamento deciros que no voy a dirimir la cuestión, pero sí os diré que, como casi siempre con Clowes, estamos ante una obra interesantísima, atractiva, que nos propone una nueva versión del viaje al pasado para cambiar el presente.



El lejano país de los estanques, de Lorenzo Silva

Y si leo thrillers, ¿por qué no leo alguno de un autor español? Lorenzo Silva es uno de los más reconocidos autores del género, y al igual que hice con Camilla Läckberg, decidí empezar por la primera novela de la serie con el sargento Bellacqua. Está muy bien escrito y construido, pero algo me dice que gustará más a suecos e islandeses. Esa urbanización mallorquina, esas discotecas en la costa, y esos detectives tan españoles me resultan demasiado familiares. Ya, ya lo sé, soy un cateto.

Eso sí, lo que no tiene desperdicio es lo que nos dice wikipedia: "la novela es una obra maestra en todos los aspectos".


Sigmund Freud, de Ralph Steadman

Pipa en mano, Freud nos mira desde una foto, rostro severo amigo de las preguntas muy, pero que muy personales. Como casi todos los señores severos, Freud tenía un gran sentido del humor, y además dedicó muchísimas páginas a explicar los mecanismos del chiste. De ello trata este libro, que además de recoger las ideas principales de Freud sobre el chiste, nos presenta una colección de momentos y anécdotas significativas de su vida, así como una serie de impresionantes ilustraciones.


Enemigos de la promesa, de Cyril Connolly

Éste es tan sólo uno de los tres volúmenes incluidos en Obra selecta, publicada por Lumen hará ya casi diez años, y que desde entonces esperaba mustia en la estantería. Connolly era uno de esos eruditos de Eton primero y Oxford después, hombre de conocimiento inabarcable que se dedicó a la crítica porque le faltaba ese je ne sais quoi necesario para la ficción. Bueno, no tanto je ne sais quoi como no me acuerdo de quoi, porque ése es precisamente uno de los temas de los que habla en este libro. También nos revela algunas de las nada agradables interioridades de las escuelas privadas británicas de principios de siglo, y habla mucho de literatura.

Fascinante, aunque, en ocasiones, quizá demasiado inteligente para quien esto escribe.


Dzhan, de Andréi Platónov

Platónov es una de mis deudas pendientes con la literatura rusa. En mi defensa puedo alegar que su obra no parece ser la niña de los ojos de nuestros editores, y que la edición en Cátedra de Chevengur, considerada su obra maestra, estaba lastrada por una traducción tan mala que no lo pude terminar.

Esta novelita titulada Dzhan es una pequeña maravilla. Nos cuenta la historia de Chagaev, un turcomano abandonado de niño por su madre en medio del desierto. Años más tarde lo vemos en Moscú, donde se casa con una mujer a la que no conoce, para darle un padre al bebé que está esperando. Su trabajo lo lleva entonces de vuelta al desierto del que procede, con la misión de hacer que el pueblo Dzhan abrace el comunismo. Magistral.


El rastreador, de Jiro Taniguchi

Taniguchi ha escrito auténticas obras maestras, de algunas de las cuales ya hablamos aquí. A su lado, El rastreador es una obra menor. El argumento es un poco rebuscado y difícil de creer, aunque, en principio, podría parecernos bastante más verosímil que el viaje al pasado de Barrio lejano. Pero ya sabemos que en ficción "verosímil" no es lo mismo que "creíble". En todo caso, leer a este maestro es siempre un placer, y sus ilustraciones son una gozada.



Una historia del mundo en 100 objetos, de Neil MacGregor

Un libro de lo más interesante y ameno. MacGregor observa, analiza y describe objetos tan conocidos como la Piedra Rosetta o el Rinoceronte de Durero, aunque en general prefiere centrarse en objetos mucho más"anónimos": unas monedas de la India, un azulejo coreano, unos elefantes de porcelana de Japón, una pipa de los nativos americanos, o incluso una tarjeta de crédito. La verdad es que las observaciones del autor son apabullantes, y uno se queda impresionado con la cantidad de observaciones sociológicas e históricas que es capaz de deducir a partir de un simple objeto. Una forma diferente de aprender historia.



El día de Julio, de Beto Hernández

Ésta sí es una obra maestra de las de verdad. Comparado siempre y de manera algo cansina con García Márquez, Hernández nos habla de algo tan sencillo, ja ja, como la vida, y lo hace, una vez más, desde el punto de vista de un pueblo situado en algún lugar entre México y Estados Unidos. A través de los ojos de Julio, vemos pasar la historia del siglo XX, en compañía, como es habitual, de una maravillosa galería de personajes, vulgares algunos, extraordinarios otros, con sitio para alguno terrorífico, y con episodios enigmáticos que parecen sacados de algún sueño lejano que nos suena vagamente. Soberbio.


Introducción a la mitología griega, de Carlos García Gual

Lo malo que tienen los libros tan buenos como éste es que uno aprende demasiado. Nos decimos tengo que seguir, no sé nada de mitología, voy a buscar más libros sobre el tema. Y como al final volvemos a nuestras lecturas habituales, este libro queda como una isla coronada por un volcán en medio del océano.


El cielo sobre Berlín, de Sebastiano y Lorenzo Toma

Un libro curiorísimo. Se trata de una adaptación de la inolvidable película de Wim Wenders situada en el Berlín actual. Los autores, padre e hijo, recogen muchas de las historias y personajes del original, y utilizan personas reales para crear sus preciosas ilustraciones, con uso de la tecnología y a partir de apenas cuatro colores. Indiscutiblemente, está a la altura de la película.


La familia Karnowsky, de Israel Yehoshua Singer

Llevo años esperando que alguien se decida a publicar las obras de Israel Yehoshua Singer, a quien su hermano, el gran Isaac Bashevis, consideraba su maestro. Hasta que la impagable Acantilado hizo realidad mi sueño, la única novela de este Singer publicada en español, Los hermanos Ashkenazi, considerada su obra maestra, llevaba años descatalogada y era, y sigue siendo, prácticamente imposible de encontrar.

La novela que nos ocupa es un auténtico novelón, una gran saga familiar de las que tanto gustan los autores yiddish. Singer nos cuenta los avatares de tres generaciones de una familia que deja Polonia para instalarse en la Alemania de los años 30, y de ahí se ve forzada a emigrar a los Estados Unidos. Una historia narrada con vigor, con unos personajes que saltan de la página, por los que, sin embargo, el lector siente más respeto que cariño, y con una prosa bastante más desprovista de filosofía y angustias religiosas que en las obras del otro Singer. Esperemos que Acantilado recupere más obras de este gran autor.


Dominion, de C.J. Sansom

Con este libro me lo pasé pipa. Tuve que vencer antes el rechazo que me provocan, por norma general, las ucronías, el qué hubiera pasado si, que con frecuencia me parecen más que nada un jueguecito de escritores sin ideas. Cuando están bien planteadas y construidas, sin embargo, como sucede con La conjura contra América, de Philip Roth, o esta Dominion, el resultado es no sólo fascinante sino que, por qué no, incluso tenemos la sensación de estar aprendiendo algo de historia.

La escena inicial, en la que, tras la muerte de Neville Chamberlain, no es Churchill sino Lord Halifax quien le sucede como Primer Ministro, marca ese instante en que entramos en la historia alternativa, y es sencillamente magistral. Nos agarra, nos promete horas de entretenimiento, y no nos suelta hasta habérnoslo demostrado. Un thriller de espionaje de más de seiscientas páginas que se leen en un suspiro. Quizá merecía un desenlace con algo mas de fuerza, pero, en todo caso, un thriller excelente.


La vida de los insectos, de Osamu Tezuka

Y cuando pensaba yo que la cumbre del manga era Taniguchi, me encuentro con Osamu Tezuka. 

Bueno, en realidad a Tezuka ya lo había leído en su impresionante Adolf, pero algo me dice que esa novela, o sus obras biográficas como Buda, magistrales como son, no constituyen, posiblemente, lo más representativo de este autor. Claro que, en un autor tan prolífico como Tezuka, que escribió unas 700 obras y realizó más de 60 películas, sería ridículo hablar de un único estilo representativo.

A Tezuka se le considera el Dios del manga, y servidor es un auténtico y fervoroso devoto de esa fe. En El libro de los insectos humanos nos presenta un personaje tan atractivo como odioso, en una de esas historias en que el lector se indigna con cada una de sus mentiras y traiciones. Pero lo que hace verdaderamente grande a Tezuka, y lo que revolucionó el manga de arriba abajo, son sus ilustraciones. A pesar de que, como podéis ver en la portada, no estamos ante un artista que destaque por su técnica en el dibujo, el uso que hace de las viñetas, o mejor dicho, la absoluta destrucción que inflige a la viñeta tradicional, lo convierte en un mangaka único cuyas creaciones, todavía hoy, casi treinta años después de su muerte, nos resultan frescas, originales, únicas y hasta prodigiosas.


Los frutos amargos del jardín de las delicias, de Monika Zgustova

En el mundo hay demasiados libros. Cuando terminé esta extraordinaria biografía de Bohumil Hrabal, debería haber salido corriendo a la bilioteca y coger todos sus libros. No lo hice, tonto de mí, supongo que porque tenía otra lecturas pendientes. En todo caso, se trata de un gran libro y la verdad es que nos revela a un Hrabal muy diferente del que imaginábamos.


NonNonBa, de Shigeru Mizuki

Otro sorprendente y casi inclasificable manga. Mizuki, con unos retratos cuyos rasgos exagerados e infantiles nos provocan una cierta antipatía inicial, nos cuenta la historia de cómo se convirtió en dibujante. Es, pues, una obra autobiográfica, en la que el autor mezcla sus recuerdos con los cuentos de fantasmas y las supersticiones que oía de su abuela, un personaje inolvidable. Genial y sutil. Y los personajes no se podrían haber retratado de otra forma.


Memorias, de Isaac Asimov

Terminada la lectura de estas memorias, el lector tiene la sensación de conocer perfectamente a Asimov. ¿Es ése el objetivo de unas memorias? No lo sé, pero sí me quedé con la impresión de que el autor es mucho menos interesante que cualquiera de sus creaciones. A veces sucede que las obras más fantásticas, imaginativas y trufadas de increíbles aventuras fueron escritas por personas cuya vida personal no tuvo el más mínimo interés. En honor a la verdad, sin embargo, hay que decir que el propio Asimov, quien, por otra parte, desconoce la falsa modestia, admite desde el primer momento que la suya fue una vida bastante normalita, tirando a aburrida. Su sueño de infancia, nos dice, era tener un pequeño kiosko de prensa en una estación del metro de Nueva York, a ser posible con muy escasos clientes, donde pasarse las horas muertas leyendo.

La lectura y, sobre todo, la escritura fueron las grandes pasiones de su vida, mucho más que cualquier otra pasión humana, y, hasta el fin de sus días, su gran obsesión fue llegar hasta los tropecientos libros escritos. Y tropecientos significa más de quinientos.

El libro, en todo caso, si no apasionante, es de una lectura sencilla, agradable y a ratos hasta entrañable.


Un asesinato musical, de Batya Gur

De esta autora israelí he leído varios de sus thrillers. Como me sucede con los autores del norte de Europa, el escenario de la historia, los paisajes, y las circunstancias políticas e históricas del lugar me atraen tanto, si no más, que el propio misterio (y eso es lo que me temo que juega en contra de Lorenzo Silva). Esta novela, sin embargo, parece un calco de Un asesinato literario (quizá el título debería haberme advertido), y muchas páginas antes del desenlace sabemos cómo va a acabar. Y el escenario, los paisajes y las circunstancias bla bla bla no llegan a compensar.



Los príncipes valientes, de Javier Pérez Andújar

Este tío me cae bien desde que los de siempre la tomaron con él por el pregón de las Fiestas de la Mercè. Su nombre me sonaba, pero apenas sabía nada más de él. El dato, no obstante, fue suficiente para ganarme. Los enemigos de mis enemigos son mis amigos.

En este libro, Andújar nos habla de su infancia a la vera del Besós, de sus lecturas, de la historia de aquellos años a caballo entre la agonía del caudillo y la incipiente y frágil democracia, y de la vida de las familias de obreros que conforman la población mayoritaria en San Adrián del Besós. Todos sabemos que una obra muy localizada en un punto geográfico y en un momento histórico puede ser relevante para un lector en la otra punta del mundo cien años más tarde, pero no sé si esta obra tiene lo que hace falta para conseguirlo. Tampoco sé si eso le importa al autor. En definitiva, lo pasé bien, pero sospecho que se trata de un placer algo efímero.


Cuadernos rusos, de Igort

Qué gran libro y qué mal se le queda a uno el cuerpo. Igort indaga sobre los últimos años en la vida de Anna Politkóvskaya, para lo cual se adentra en la historia de la guerra de Chechenia. Demoledor, deprimente, brutal y con algunas escenas absolutamente inhumanas. Le dan a uno ganas de gritar qué triste es ser ruso.


El pájaro azul, de Takashi Murakami

Y para obras desgarradoras, ésta. Qué queréis que os diga, esta terrible tragedia, que nos deja secos los conductos lacrimales, me ha parecido una obra maestra. Murakami nos relata, con soberbio talento narrativo, gran sensibilidad y nada de sentimentalismo, una historia donde tenemos la muerte de un hijo, un padre enfermo de alzheimer, y un cónyuge en estado vegetativo. Y por increíble que parezca, la sensación que nos invade al final de la lectura es de alegría y ganas de vivir.



Sangre y pertenencia, de Michael Ignatieff

Un libro sobre el nacionalismo y que tiene un cerdo en la portada. Comprenderéis que no pude resistirme. No obstante, no van por ahí los tiros. Ignatieff, en este excelente ensayo escrito a mediados de los 90, analiza seis ejemplos de nacionalismo. No, no habla de tu aldea, que en aquella época era, para el resto del mundo, tan irrelevante como ahora. Aquí tenemos los casos de Ucrania, Yugoslavia, Irlanda del Norte, Kurdistán, Quebec y Alemania, con la entonces reciente unificación. 

Ignatieff distingue entre nacionalismo étnico y cívico, y demuestra por qué ambos términos son antónimos. Está escrito con lucidez y sin amagos de imparcialidad, pues desde el primer momento, el autor, cosmopolita por naturaleza y por elección, se declara favorable al segundo tipo de nacionalismo. 

Los que aborrecemos el nacionalismo a menudo pensamos que sabemos todo lo necesario para justificar nuestra postura. Ignatieff nos demuestra que no.


Hacer cómics, de Scott McCloud

A pesar de lo que diga el título, este libro es mucho más que un manual para dedicarse al cómic. Es una interesantísima introducción al lenguaje de un medio que los recién llegados a menudo no sabemos interpretar. Abarca todos los aspectos de la novela gráfica, desde todos los puntos de vista, y con referencias a un sinfín de obras y autores, de quienes tenemos citas y dibujos a porrillo. McCloud es un tipo bastante modesto, y da la impresión de que no tiene en gran estima sus propias obras. Pero si tienen un ápice de la creatividad, agudeza y desparpajo que muestra aquí, bien vale la pena echarles un vistazo.



Bárbara, de Osamu Tezuka

Otra obra maestra de Tezuka. Si el personaje femenino de El libro de los insectos humanos era detestable, el de este libro, Bárbara, es mucho más ambiguo. Bárbara, jovencita descocada y alcohólica, entra para  quedarse en la vida del protagonista y narrador, un escritor de gran éxito y prestigio que se halla en la cima de su carrera. Naturalmente, esa cima está en una montaña que por el otro lado se precipita al abismo. Profunda pero ágil reflexión sobre la creación, el arte, la inspiración y los demonios que atormentan al artista. Una auténtica gozada.


La cursiva es mía, de Nina Berberova

Interesantísimas memorias de una escritora rusa no excesivamente conocida y muy poco prolífica. Creo que merecerá una reseña.

Y por este año se acabó lo que se daba. ¡Feliz Año Nuevo y más felices lecturas!




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