viernes, 13 de enero de 2017

Tristes trópicos



En una ocasión, cuando se encontraba entre los indios caduveos, Lévi-Strauss distribuyó, como quien reparte caramelos entre los niños, papel y lápices con los que, nos cuenta, al principio los indígenas no hicieron nada.

Después, un día, los vi a todos ocupados en trazar sobre el papel líneas horizontales onduladas. ¿Qué querían hacer? Tuve que rendirme ante la evidencia: escribían, o más exactamente, trataban de dar al lápiz el mismo uso que yo le daba, el único que podían concebir, pues no había aún intentado distraerlos con mis dibujos. Para la mayoría, el esfuerzo terminaba aquí.

Resulta fácil imaginar a los indígenas entretenidos intentando imitar a ese blanco que desde hace unos días se ha unido a la tribu, que va vestido tan raro y que se pasa las horas escuchando y llenando de extrañas rayas un cuaderno de notas. Pero lo interesante viene ahora.

Pero el jefe de la banda iba más allá. sin duda era el único que había comprendido la función de la escritura: me pidió una libreta de notas; desde entonces, estamos igualmente equipados cuando trabajamos juntos. Él no me comunica verbalmente las informaciones, sino que traza en su papel líneas sinuosas y me las presenta, como si yo debiera leer su respuesta. Él mismo se engaña un poco con su comedia; cada vez que su mano acaba una línea, la examina ansiosamente, como si de ella debiera surgir la significación, y siempre la misma desilusión se pinta en su rostro. Pero no se resigna, y está tácitamente entendido entre nosotros que su galimatías posee un sentido que finjo descifrar; el comentario verbal surge casi inmediatamente y me dispensa de reclamar las aclaraciones necesarias.
Un indígena bororo

Acto seguido, nos cuenta el autor, el jefe reunió a la tribu, sacó un papel cubierto de sus garabatos y fingió leerlo. Con esta pantomima, el jefe adjudicaba la lista de objetos que Lévi-Strauss debía dar a cada miembro de la tribu a cambio de los regalos ofrecidos, y conseguía, sobre todo, asombrar a sus compañeros, demostrarles que sólo él era capaz de entender y participar de la magia de la escritura, y consolidar así su autoridad sobre ellos.

Esta fascinante anécdota lleva al autor a reflexionar sobre el papel que la escritura ha tenido en el progreso, y sus conclusiones resultan sorprendentes.

Bien podría concebirse [la escritura] como una memoria artifical cuyo desarrollo debería estar acompañado de una mayor conciencia del pasado y, por lo tanto, de una mayor capacidad para organizar el presente y el porvenir, [mientras por otro lado] pueblos sin escritura, que, impotentes para retener el pasado más allá de ese umbral que la memoria individual es capaz de fijar, permanecerían prisioneros de una historia fluctuante a la cual siempre faltaría un origen y la conciencia durable de un proyecto.

Lévi-Strauss no acepta esta idea tan aceptada y manida, y aduce el ejemplo del neolítico, una de las fases más creadoras de la historia.

En el neolítico, la humanidad cumplió pasos de gigante sin el socorro de la escritura; con ella (la escritura), las civilizaciones históricas de Occidente se estancaron durante mucho tiempo. (...) Sin duda, mal podría concebirse la expansión científica de los siglos XIX y XX sin escritura. Pero esta condición necesaria no es suficiente para explicar el hecho.
Una familia poligámica nambiquara

Pero el etnógrafo va aún más allá.

El único fenómeno que [la escritura] ha acompañado fielmente es la formación de las ciudades y los imperios, es decir, la integración de un número considerable de individuso en un sistema político, y su jerarquización en castas y en clases. Tal es, en todo caso, la evolución típica a la que se asiste, desde Egipto hasta China, cuando aparece la escritura: parece favorecer la explotación de los hombres antes que su iluminación. (...) Si mi hipótesis es exacta, hay que admitir que la función primaria de la comunicación escrita es la de facilitar la esclavitud.

He creído conveniente citar de manera extensa este pasaje como ejemplo de lo que el lector se encuentra en este fascinante clásico, no ya de la etnografía ni la antropología, sino de la literatura. Partiendo de su observación de unas comunidades que, en la mayoría de los casos, jamás han mantenido ningún tipo de contacto con la "civilización", Claude Lévi-Strauss (1908-2009) reflexiona sobre sus viajes anteriores, sobre la historia, la política, el arte, las ciudades o la psicología, entre otros muchísimos temas. Se trata de unas reflexiones que uno quizá no siempre comparta, y algunas de ellas, como su severo juicio al Islam, sorprenden (¿o quizá no?) por su franqueza y severidad, pero de lo que no cabe duda es de que su pensamiento es siempre brillante, original y, con frecuencia, provocador, y consigue que este lector caiga rendido, abrumado y maravillado.



En el panteón de las primeras frases inolvidables, allí, junto a Llamadme Ismael o Todas las familias felices, figura la irónica afirmación de este explorador, científico, antropólogo y aventurero, que abre la obra de esta guisa:
Odio los viajes y los exploradores.

No satisfecho con ello, el autor continúa su diatriba, extendiéndola a las conferencias y los librosde viajes. Desde el primer momento nos conquista, no sólo por su estilo fresco y un tanto lenguaraz, sino por el modo en que sus palabras y sus ideas sobre el viaje y la aventura parecen haber sido escritas ayer mismo. Naturalmente, la idea de que ya no quedan aventuras en el mundo lleva repitiéndose desde hace décadas, si no siglos, pero el argumento de Lévi-Strauss no se limita a lamentar la desaparición de lugares por descubrir, sino al espíritu de los tiempos, y en estas primeras páginas no habla tanto de la experiencia del viajero como de los que bebemos con avidez y creemos iluminarnos con el fruto de esa experiencia. Unas líneas más abajo veréis en qué términos los hace.

En esta primera sección, titulada "El fin de los viajes", se manifiesta ya el tono elegíaco del libro, tono que está presente hasta el mismo final, donde cuestiona con amargura el valor de todo lo experimentado y escrito. Así, en el último capítulo, "El regreso", nos confiesa:

En este oficio, el investigador se atormenta: ¿ha abandonado quizás a sus amigos, su medio, sus costumbres; ha comprometido su salud tan sólo para hacer perdonar su preencia a algunas docenas de desgraciados condenados a una extinción próxima, principalmente ocupados en despiojarse y en dormir, y de cuyo capricho depende el éxito o el fracaso de su empresa?
La siesta de los nambiquara, la tribu más "primitiva" que estudió

Lévi-Strauss establece una analogía entre el viaje y los ritos de iniciación, tan comunes en sociedades tribales. Como es sabido, dichos ritos cumplen la función de permitir la entrada del joven en el mundo adulto o de otorgarle un poder, como puede ser, entre otros, adquirir sabiduría o alcanzar el favor de un espíritu animal que le proteja o le confiera ciertos privilegios. El rito de iniciación, sin embargo, parte de una curiosa paradoja:

Del grupo aprenden su lección los inidividuos; la creencia en los espíritus guardianes es un hecho del grupo, y la sociedad toda entera es la que señala a sus miembros que para ellos no existe oportunidad alguna en el seno del orden social si no es al precio de una tentativa absurda y desesperada para salir de él.

 Y como bien señala, tanto el rito como esa misma paradoja pueden observarse en nuestra sociedad.

También a nuestros adolescentes, desde la pubertad, se les da venia para obedecer a los estímulos a los cuales todo les somete desde la primera infancia, y para franquear de cualquier manera la influencia momentánea de su civilización. Puede ser hacia arriba, por la ascensión de alguna montaña, o hacia lo profundo, descendiendo a los abismos; también horizontalmente, aventurándose hasta el corazón de regiones lejanas. Finalmente, la desmesura que se busca puede ser de orden moral, como ocurre en aquellos que voluntariamente se exponen a situaciones tan difíciles que los conocimientos actuales parecen excluir toda posibilidad de supervivencia.


¿Sigue teniendo validez tal afirmación? Sería interesante saber si, a la embarazosa vista de nuestros adolescentes cuarentones, el etnólogo se replantearía algunas de sus teorías. En todo caso, si, como a mí, os cuesta reconocer en este párrafo a nuestros jóvenes, el autor nos da a continuacion un ejemplo esclarecedor.

Como en nuestro ejemplo indígena, el joven que durante algunas semanas o meses se aísla del grupo para exponerse, ya con convicción y sinceridad, ya, por el contrario, con prudencia y astucia (...), a una situación excesiva, vuelve dotado de un poder que entre nosotros se expresa por artículos periodísticos, importantes tiradas y conferencias en salas de prensa repletas, pero cuyo carácter mágico se encuentra atestiguado por el proceso de automistificación del grupo. (...) Pobre presa cazada en las trampas de la civilización mecánica, ¡oh, salvajes de la selva amazónica!, ¡tiernas e impotentes víctimas!; puedo resignarme a comprender el destino que os anonada, pero de ninguna manera a ser engañado por esta brujería más mezquina que la vuestra, que ante un público ávido enarbola álbumes en kodachrome en reemplazo de vuestras máscaras destruidas.

Y si no habéis tenido bastante, aquí tenéis otro ejemplo más de la maravillosa prosa de este antropólogo:

Predecesor pulido de estos matorraleros, ¿fui entonces el único a quien sólo cenizas quedaron en las manos? ¿Solamente mi voz daba testimonio del fracaso de la evasión? Como el indio del mito, fui tan lejos como la tierra lo permite, y cuando llegué al fin del mundo interrogué a los seres y a las cosas para encontrar su misma decepción.
 Taperahi, el jefe tupí-kawaíb, y Kunhatsin, su mujer principal

No busquéis, pues, en este autor los lugares comunes que idealizan las sociedades indígenas mientras ponen a parir a Occidente. Y mira que habría podido hacerlo, pues sus experiencias entre "salvajes" tenían lugar en el mismo momento en que en el mundo civilizado se gaseaba a seis millones de personas. Pero Lévi-Strauss consideró, sabiamente, que pasarse años comiendo larvas, durmiendo al raso y con los pies cubiertos de llagas, merece un fruto más digno que un puñado de tópicos. Así, al final de su estancia entre los bororo, una tribu organizada alrededor de unos curiosos conceptos de simetría y reciprocidad, el autor sentencia:

¿Qué queda de todo eso? ¿Qué es lo que subsiste de las mitades, de las contramitades, de los clanes, de los subclanes, frente a la comprobación que las observaciones recientes parecen imponernos?(...) Tres sociedades que, sin saberlo, permanecerán para siempre distintas y aisladas, prisioneras de una soberbia disimulada a primera vista por instituciones engañosas, de tal manera que cada una de ellas es la víctima inconsciente de aritificios a los cuales ya no puede descubrirles un objeto. Los bororo se han esforzado en vano por desarrollar sus sistema en una prosopopeya falaz, no consiguieron desmentir esta realidad mejor que otros: la representación que una sociedad se hace de la relación entre los vivos y los muertos se reduce a un esfuerzo para esconder, embellecer o justificar, en el plano del pensamiento religioso, las relaciones reales que prevalecen entre los vivos.
 Si después de este párrafo pensáis que ya sabéis por dónde va el autor en su condena del relativismo moral y que, partiendo de esa postura, nada que diga os puede sorprender, os llevaréis un soberbio chasco cuando leáis lo que tiene que decir acerca de la antropofagia.

Debemos persuadirnos de que si un observador de una sociedad diferente considerara ciertos usos que nos son propios, se le aparecerían con la misma naturaleza que esa antropofagia que nos parece extraña a la noción de civilización. Pienso en nuestras costumbres judiciales y penitenciarias. Estudiándolas desde fuera, uno se siente tentado a oponer dos tipos de sociedades: las que practican la antropofagia, es decir, que ven en la absorción de ciertos individuos poseedores de fuerzas temibles el único medio de neutralizarlas y aun de aprovecharlas, y las que, como la nuestra adoptan lo que se podría llamar la antropoemia (del griego emein, "vomitar"). Ubicadas ante el mismo problema han elegido la solución inversa, que consiste en expulsar a esos seres temibles fuera del cuerpo social, manteniéndolos temporaria o definitivamente aislados, sin contacto con la humanidad, en estableciemientos destinados a ese uso. Esta costumbre inspiraría profundo horror a la mayor parte de las sociedades que llamamos primitivas; nos verían con la misma barbarie que nosotros estaríamos tentados de imputarles en razón de sus costumbres simétricas.
 Portada de la primera edición

 Tristes trópicos es así de principio a fin. Un libro profundo, provocador, poético, que tiene mucho más de divagación personal sobre casi todo, que de tratado de antropología. Sin duda fue un gran acierto por parte del antropólogo belga dejar reposar sus experiencias y notas durante quince años, hasta su redacción final y publicación en 1955, pues la pátina final que cubre a Tristes trópicos no es sólo la del tiempo y la nostalgia, sino sobre todo la de la reflexión, la perspectiva, la madurez y cierto desencanto quizá inevitable al acercarse a la cincuentena. Considerando los recuerdos de mis propios viajes, me doy cuenta de que se ajustan perfectamente al viejo adagio sobre los libros, a saber, que con cada relectura nos encontramos con un libro diferente al que leímos hace diez años. Así, dejando de lado en qué momento de nuestra vida hicimos el viaje, nuestro recuerdo y nuestro balance, que nunca será definitivo, varían con los años. Por ello, el viaje a la India que recuerdo hoy no es el mismo viaje que recordaba al año siguiente de mi regreso. Lástima que me dejara en España el cuaderno de notas.

Desconozco qué habrá sido de los bororo, los mundé o los nambiquara, pero se me ocurre que el destino que les vaticina Lévi-Strauss es al mismo tiempo, de manera cruel, el triunfo de esta obra: quizá esas vidas, esos mitos, esas costumbres sólo continúen vivos en estas páginas.

Mi año lector no podía haber empezado mejor. Una joya.



viernes, 30 de diciembre de 2016

Restos de temporada 2016


Parece que fue ayer, el tiempo vuela, no somos nada y por estas entrañables fechas vuelven, como cada año, los restos de temporada. Se trata, una vez más, de esas lecturas que este indolente bloguero no ha querido buscar tiempo para reseñar, aunque este año no están todas las que son. De las que están, algunas han sido grandísimas lecturas, mientras que otras simplemente han cumplido su cometido. Pero, en todo caso, ¿quién soy yo para negarles a unas u otras sus cinco líneas de gloria?


La princesa de hielo, de Camilla Läckberg

 El primero de la cuota de cuatro o cinco thrillers al año. Éste, que, si no me equivoco, es el primero de la señora Läckberg, me gustó mucho. Hace tic en todas las casillas de requisitos para un buen thriller.


Paciencia, de Daniel Clowes.

Éste ha sido, para mí, el año de la novela gráfica. Creo que habrán pasado por mis manos alrededor de treinta obras de este género, si es que puede hablarse de un único género, cuando sólo en el manga nos encontramos ya con una variedad inmensa, como vimos aquí.

Y así, tras la inolvidable lectura de Corto Maltés y alguna que otra más, la primera gran novela gráfica que cayó fue esta Paciencia, de Daniel Clowes.

Las obras de Clowes siempre llegan al límite, esa fina raya que separa la obra perfecta del "se ha pasao". A mi juicio, en esta obra no sobrepasa dicho límite, lo cual nos pone en la difícil situación de juzgar si se trata, en efecto, de una obra perfecta o no. Lamento deciros que no voy a dirimir la cuestión, pero sí os diré que, como casi siempre con Clowes, estamos ante una obra interesantísima, atractiva, que nos propone una nueva versión del viaje al pasado para cambiar el presente.



El lejano país de los estanques, de Lorenzo Silva

Y si leo thrillers, ¿por qué no leo alguno de un autor español? Lorenzo Silva es uno de los más reconocidos autores del género, y al igual que hice con Camilla Läckberg, decidí empezar por la primera novela de la serie con el sargento Bellacqua. Está muy bien escrito y construido, pero algo me dice que gustará más a suecos e islandeses. Esa urbanización mallorquina, esas discotecas en la costa, y esos detectives tan españoles me resultan demasiado familiares. Ya, ya lo sé, soy un cateto.

Eso sí, lo que no tiene desperdicio es lo que nos dice wikipedia: "la novela es una obra maestra en todos los aspectos".


Sigmund Freud, de Ralph Steadman

Pipa en mano, Freud nos mira desde una foto, rostro severo amigo de las preguntas muy, pero que muy personales. Como casi todos los señores severos, Freud tenía un gran sentido del humor, y además dedicó muchísimas páginas a explicar los mecanismos del chiste. De ello trata este libro, que además de recoger las ideas principales de Freud sobre el chiste, nos presenta una colección de momentos y anécdotas significativas de su vida, así como una serie de impresionantes ilustraciones.


Enemigos de la promesa, de Cyril Connolly

Éste es tan sólo uno de los tres volúmenes incluidos en Obra selecta, publicada por Lumen hará ya casi diez años, y que desde entonces esperaba mustia en la estantería. Connolly era uno de esos eruditos de Eton primero y Oxford después, hombre de conocimiento inabarcable que se dedicó a la crítica porque le faltaba ese je ne sais quoi necesario para la ficción. Bueno, no tanto je ne sais quoi como no me acuerdo de quoi, porque ése es precisamente uno de los temas de los que habla en este libro. También nos revela algunas de las nada agradables interioridades de las escuelas privadas británicas de principios de siglo, y habla mucho de literatura.

Fascinante, aunque, en ocasiones, quizá demasiado inteligente para quien esto escribe.


Dzhan, de Andréi Platónov

Platónov es una de mis deudas pendientes con la literatura rusa. En mi defensa puedo alegar que su obra no parece ser la niña de los ojos de nuestros editores, y que la edición en Cátedra de Chevengur, considerada su obra maestra, estaba lastrada por una traducción tan mala que no lo pude terminar.

Esta novelita titulada Dzhan es una pequeña maravilla. Nos cuenta la historia de Chagaev, un turcomano abandonado de niño por su madre en medio del desierto. Años más tarde lo vemos en Moscú, donde se casa con una mujer a la que no conoce, para darle un padre al bebé que está esperando. Su trabajo lo lleva entonces de vuelta al desierto del que procede, con la misión de hacer que el pueblo Dzhan abrace el comunismo. Magistral.


El rastreador, de Jiro Taniguchi

Taniguchi ha escrito auténticas obras maestras, de algunas de las cuales ya hablamos aquí. A su lado, El rastreador es una obra menor. El argumento es un poco rebuscado y difícil de creer, aunque, en principio, podría parecernos bastante más verosímil que el viaje al pasado de Barrio lejano. Pero ya sabemos que en ficción "verosímil" no es lo mismo que "creíble". En todo caso, leer a este maestro es siempre un placer, y sus ilustraciones son una gozada.



Una historia del mundo en 100 objetos, de Neil MacGregor

Un libro de lo más interesante y ameno. MacGregor observa, analiza y describe objetos tan conocidos como la Piedra Rosetta o el Rinoceronte de Durero, aunque en general prefiere centrarse en objetos mucho más"anónimos": unas monedas de la India, un azulejo coreano, unos elefantes de porcelana de Japón, una pipa de los nativos americanos, o incluso una tarjeta de crédito. La verdad es que las observaciones del autor son apabullantes, y uno se queda impresionado con la cantidad de observaciones sociológicas e históricas que es capaz de deducir a partir de un simple objeto. Una forma diferente de aprender historia.



El día de Julio, de Beto Hernández

Ésta sí es una obra maestra de las de verdad. Comparado siempre y de manera algo cansina con García Márquez, Hernández nos habla de algo tan sencillo, ja ja, como la vida, y lo hace, una vez más, desde el punto de vista de un pueblo situado en algún lugar entre México y Estados Unidos. A través de los ojos de Julio, vemos pasar la historia del siglo XX, en compañía, como es habitual, de una maravillosa galería de personajes, vulgares algunos, extraordinarios otros, con sitio para alguno terrorífico, y con episodios enigmáticos que parecen sacados de algún sueño lejano que nos suena vagamente. Soberbio.


Introducción a la mitología griega, de Carlos García Gual

Lo malo que tienen los libros tan buenos como éste es que uno aprende demasiado. Nos decimos tengo que seguir, no sé nada de mitología, voy a buscar más libros sobre el tema. Y como al final volvemos a nuestras lecturas habituales, este libro queda como una isla coronada por un volcán en medio del océano.


El cielo sobre Berlín, de Sebastiano y Lorenzo Toma

Un libro curiorísimo. Se trata de una adaptación de la inolvidable película de Wim Wenders situada en el Berlín actual. Los autores, padre e hijo, recogen muchas de las historias y personajes del original, y utilizan personas reales para crear sus preciosas ilustraciones, con uso de la tecnología y a partir de apenas cuatro colores. Indiscutiblemente, está a la altura de la película.


La familia Karnowsky, de Israel Yehoshua Singer

Llevo años esperando que alguien se decida a publicar las obras de Israel Yehoshua Singer, a quien su hermano, el gran Isaac Bashevis, consideraba su maestro. Hasta que la impagable Acantilado hizo realidad mi sueño, la única novela de este Singer publicada en español, Los hermanos Ashkenazi, considerada su obra maestra, llevaba años descatalogada y era, y sigue siendo, prácticamente imposible de encontrar.

La novela que nos ocupa es un auténtico novelón, una gran saga familiar de las que tanto gustan los autores yiddish. Singer nos cuenta los avatares de tres generaciones de una familia que deja Polonia para instalarse en la Alemania de los años 30, y de ahí se ve forzada a emigrar a los Estados Unidos. Una historia narrada con vigor, con unos personajes que saltan de la página, por los que, sin embargo, el lector siente más respeto que cariño, y con una prosa bastante más desprovista de filosofía y angustias religiosas que en las obras del otro Singer. Esperemos que Acantilado recupere más obras de este gran autor.


Dominion, de C.J. Sansom

Con este libro me lo pasé pipa. Tuve que vencer antes el rechazo que me provocan, por norma general, las ucronías, el qué hubiera pasado si, que con frecuencia me parecen más que nada un jueguecito de escritores sin ideas. Cuando están bien planteadas y construidas, sin embargo, como sucede con La conjura contra América, de Philip Roth, o esta Dominion, el resultado es no sólo fascinante sino que, por qué no, incluso tenemos la sensación de estar aprendiendo algo de historia.

La escena inicial, en la que, tras la muerte de Neville Chamberlain, no es Churchill sino Lord Halifax quien le sucede como Primer Ministro, marca ese instante en que entramos en la historia alternativa, y es sencillamente magistral. Nos agarra, nos promete horas de entretenimiento, y no nos suelta hasta habérnoslo demostrado. Un thriller de espionaje de más de seiscientas páginas que se leen en un suspiro. Quizá merecía un desenlace con algo mas de fuerza, pero, en todo caso, un thriller excelente.


La vida de los insectos, de Osamu Tezuka

Y cuando pensaba yo que la cumbre del manga era Taniguchi, me encuentro con Osamu Tezuka. 

Bueno, en realidad a Tezuka ya lo había leído en su impresionante Adolf, pero algo me dice que esa novela, o sus obras biográficas como Buda, magistrales como son, no constituyen, posiblemente, lo más representativo de este autor. Claro que, en un autor tan prolífico como Tezuka, que escribió unas 700 obras y realizó más de 60 películas, sería ridículo hablar de un único estilo representativo.

A Tezuka se le considera el Dios del manga, y servidor es un auténtico y fervoroso devoto de esa fe. En El libro de los insectos humanos nos presenta un personaje tan atractivo como odioso, en una de esas historias en que el lector se indigna con cada una de sus mentiras y traiciones. Pero lo que hace verdaderamente grande a Tezuka, y lo que revolucionó el manga de arriba abajo, son sus ilustraciones. A pesar de que, como podéis ver en la portada, no estamos ante un artista que destaque por su técnica en el dibujo, el uso que hace de las viñetas, o mejor dicho, la absoluta destrucción que inflige a la viñeta tradicional, lo convierte en un mangaka único cuyas creaciones, todavía hoy, casi treinta años después de su muerte, nos resultan frescas, originales, únicas y hasta prodigiosas.


Los frutos amargos del jardín de las delicias, de Monika Zgustova

En el mundo hay demasiados libros. Cuando terminé esta extraordinaria biografía de Bohumil Hrabal, debería haber salido corriendo a la bilioteca y coger todos sus libros. No lo hice, tonto de mí, supongo que porque tenía otra lecturas pendientes. En todo caso, se trata de un gran libro y la verdad es que nos revela a un Hrabal muy diferente del que imaginábamos.


NonNonBa, de Shigeru Mizuki

Otro sorprendente y casi inclasificable manga. Mizuki, con unos retratos cuyos rasgos exagerados e infantiles nos provocan una cierta antipatía inicial, nos cuenta la historia de cómo se convirtió en dibujante. Es, pues, una obra autobiográfica, en la que el autor mezcla sus recuerdos con los cuentos de fantasmas y las supersticiones que oía de su abuela, un personaje inolvidable. Genial y sutil. Y los personajes no se podrían haber retratado de otra forma.


Memorias, de Isaac Asimov

Terminada la lectura de estas memorias, el lector tiene la sensación de conocer perfectamente a Asimov. ¿Es ése el objetivo de unas memorias? No lo sé, pero sí me quedé con la impresión de que el autor es mucho menos interesante que cualquiera de sus creaciones. A veces sucede que las obras más fantásticas, imaginativas y trufadas de increíbles aventuras fueron escritas por personas cuya vida personal no tuvo el más mínimo interés. En honor a la verdad, sin embargo, hay que decir que el propio Asimov, quien, por otra parte, desconoce la falsa modestia, admite desde el primer momento que la suya fue una vida bastante normalita, tirando a aburrida. Su sueño de infancia, nos dice, era tener un pequeño kiosko de prensa en una estación del metro de Nueva York, a ser posible con muy escasos clientes, donde pasarse las horas muertas leyendo.

La lectura y, sobre todo, la escritura fueron las grandes pasiones de su vida, mucho más que cualquier otra pasión humana, y, hasta el fin de sus días, su gran obsesión fue llegar hasta los tropecientos libros escritos. Y tropecientos significa más de quinientos.

El libro, en todo caso, si no apasionante, es de una lectura sencilla, agradable y a ratos hasta entrañable.


Un asesinato musical, de Batya Gur

De esta autora israelí he leído varios de sus thrillers. Como me sucede con los autores del norte de Europa, el escenario de la historia, los paisajes, y las circunstancias políticas e históricas del lugar me atraen tanto, si no más, que el propio misterio (y eso es lo que me temo que juega en contra de Lorenzo Silva). Esta novela, sin embargo, parece un calco de Un asesinato literario (quizá el título debería haberme advertido), y muchas páginas antes del desenlace sabemos cómo va a acabar. Y el escenario, los paisajes y las circunstancias bla bla bla no llegan a compensar.



Los príncipes valientes, de Javier Pérez Andújar

Este tío me cae bien desde que los de siempre la tomaron con él por el pregón de las Fiestas de la Mercè. Su nombre me sonaba, pero apenas sabía nada más de él. El dato, no obstante, fue suficiente para ganarme. Los enemigos de mis enemigos son mis amigos.

En este libro, Andújar nos habla de su infancia a la vera del Besós, de sus lecturas, de la historia de aquellos años a caballo entre la agonía del caudillo y la incipiente y frágil democracia, y de la vida de las familias de obreros que conforman la población mayoritaria en San Adrián del Besós. Todos sabemos que una obra muy localizada en un punto geográfico y en un momento histórico puede ser relevante para un lector en la otra punta del mundo cien años más tarde, pero no sé si esta obra tiene lo que hace falta para conseguirlo. Tampoco sé si eso le importa al autor. En definitiva, lo pasé bien, pero sospecho que se trata de un placer algo efímero.


Cuadernos rusos, de Igort

Qué gran libro y qué mal se le queda a uno el cuerpo. Igort indaga sobre los últimos años en la vida de Anna Politkóvskaya, para lo cual se adentra en la historia de la guerra de Chechenia. Demoledor, deprimente, brutal y con algunas escenas absolutamente inhumanas. Le dan a uno ganas de gritar qué triste es ser ruso.


El pájaro azul, de Takashi Murakami

Y para obras desgarradoras, ésta. Qué queréis que os diga, esta terrible tragedia, que nos deja secos los conductos lacrimales, me ha parecido una obra maestra. Murakami nos relata, con soberbio talento narrativo, gran sensibilidad y nada de sentimentalismo, una historia donde tenemos la muerte de un hijo, un padre enfermo de alzheimer, y un cónyuge en estado vegetativo. Y por increíble que parezca, la sensación que nos invade al final de la lectura es de alegría y ganas de vivir.



Sangre y pertenencia, de Michael Ignatieff

Un libro sobre el nacionalismo y que tiene un cerdo en la portada. Comprenderéis que no pude resistirme. No obstante, no van por ahí los tiros. Ignatieff, en este excelente ensayo escrito a mediados de los 90, analiza seis ejemplos de nacionalismo. No, no habla de tu aldea, que en aquella época era, para el resto del mundo, tan irrelevante como ahora. Aquí tenemos los casos de Ucrania, Yugoslavia, Irlanda del Norte, Kurdistán, Quebec y Alemania, con la entonces reciente unificación. 

Ignatieff distingue entre nacionalismo étnico y cívico, y demuestra por qué ambos términos son antónimos. Está escrito con lucidez y sin amagos de imparcialidad, pues desde el primer momento, el autor, cosmopolita por naturaleza y por elección, se declara favorable al segundo tipo de nacionalismo. 

Los que aborrecemos el nacionalismo a menudo pensamos que sabemos todo lo necesario para justificar nuestra postura. Ignatieff nos demuestra que no.


Hacer cómics, de Scott McCloud

A pesar de lo que diga el título, este libro es mucho más que un manual para dedicarse al cómic. Es una interesantísima introducción al lenguaje de un medio que los recién llegados a menudo no sabemos interpretar. Abarca todos los aspectos de la novela gráfica, desde todos los puntos de vista, y con referencias a un sinfín de obras y autores, de quienes tenemos citas y dibujos a porrillo. McCloud es un tipo bastante modesto, y da la impresión de que no tiene en gran estima sus propias obras. Pero si tienen un ápice de la creatividad, agudeza y desparpajo que muestra aquí, bien vale la pena echarles un vistazo.



Bárbara, de Osamu Tezuka

Otra obra maestra de Tezuka. Si el personaje femenino de El libro de los insectos humanos era detestable, el de este libro, Bárbara, es mucho más ambiguo. Bárbara, jovencita descocada y alcohólica, entra para  quedarse en la vida del protagonista y narrador, un escritor de gran éxito y prestigio que se halla en la cima de su carrera. Naturalmente, esa cima está en una montaña que por el otro lado se precipita al abismo. Profunda pero ágil reflexión sobre la creación, el arte, la inspiración y los demonios que atormentan al artista. Una auténtica gozada.


La cursiva es mía, de Nina Berberova

Interesantísimas memorias de una escritora rusa no excesivamente conocida y muy poco prolífica. Creo que merecerá una reseña.

Y por este año se acabó lo que se daba. ¡Feliz Año Nuevo y más felices lecturas!




jueves, 15 de diciembre de 2016

La edad de la inocencia



... era la mía cuando, allá por 1993, Martin Scorsese estrenó la excelente adaptación de esta novela. Naturalmente, sólo hoy veo mi inocencia. Por aquel entonces, me tenía por un hombre hecho y derecho, de personalidad arrolladora, que jamás se plegaba a los dictados de la moda ni se rebajaba a ver las películas que la masa veía. Por eso, y por su éxito, que yo recuerdo arrollador, me negué desde el primer momento a ver una película de época, que triunfaba en los cines y que me obligaba a admitir que jamás había oído hablar de la señora Wharton. Si no la conozco, me decía, es porque no vale la pena conocerla.

La edad de la inocencia tiene la apariencia de un soberbio dramón, pero, a diferencia de ese tipo de historias, está narrado con una ironía que decapita sin piedad a todo títere que se le ponga por delante. Esa ironía está presente desde las primeras líneas, con ese distanciamiento que se impone el narrador con respecto a los hechos narrados, que nos refiere no desde el punto de vista de un personaje concreto, sino desde la alta sociedad, la prensa diaria y las buenas lenguas. En ese sistema social donde existen unas formas correctas que lo regulan todo, la entrada en escena de Newland Archer, que llega tarde a la ópera, también derrocha ironía. Su retraso se debe a que Nueva York era una metrópolis, y en las metrópolis llegar tarde a la ópera es "lo que se llevaba". Pero con Archer, se me ocurre que la ironía probablemente empieza con la elección de su nombre.

 La condesa Olenska desafiando las normas sociales: se levanta y, ella solita, va a donde está Archer

La Nueva York de La edad de la inocencia es una ciudad mojigata e hipócrita, muy alejada de la imagen esterotipada de frescura y libertad en la que quizá incurrían los europeos de la época. O las épocas, tanto la de la narración, que empieza en 1870 y termina un cuarto de siglo más tarde, o la de su publicación, en 1920. En una de las conversaciones que mantienen Ellen y Newland, ella señala que:

...parece tonto haber descubierto América únicamente para convertirla en una copia de otro país". Sonrió desde el otro lado de la mesa. "¿Piensa usted que Cristóbal Colón se habría tomado tantas molestias simplemente para ir a la ópera con Selfridge Merrys?"

Desde luego, no puede decirse que Newland, con su curioso nombre, que significa "nueva tierra", represente unos valores esencialmente nuevos. Sin embargo, los valores viejos de los que, a su pesar, es incapaz de desprenderse, tampoco son los que Wharton, a la sazón en Europa, añoraba de su tierra natal. Newland Archer es, en efecto, un personaje contradictorio, como lo fue la propia Wharton, tan progresista en algunas ideas, y tan reaccionaria en otras. No obstante, en honor a la verdad, hay que decir que el pobre de Newland tiene más de quiero y no puedo que de hipócrita. Defiende desde el primer momento a la condesa de todos los rumores que aluden a unas costumbres demasiado relajadas, y reivindica su derecho, y el de todas las mujeres, a vivir de manera libre y en igualdad de condiciones que los hombres. Sin embargo, cuando la sociedad requiere de él que, con el fin de evitar un escándalo, disuada a la condesa de sus intenciones de divorciarse, claudica miserablemente.

Si llego a la esquina sin pisar el borde de ninguna baldosa, tendré suerte

Con su complejidad, sus dudas, su miedo a ser valiente, y su valor a buenas horas, Archer es un personaje fascinante. También lo es, por supuesto, Ellen, cuya naturalidad constituye un peligroso desafío en la rígida alta sociedad neoyorquina. ¿Tanto miedo a la verdad tiene aquí la gente?, pregunta a su enamorado en una ocasión. Y no menos fascinante es May, la linda mosquita muerta que acaba llevándose el gato al agua. Wharton y May juegan a ratos con el lector, que, al igual que Archer, nunca sabe con certeza cuánto ignora May y cuánto pretende ignorar. Los tres personajes centrales se elevan, así, muy por encima del resto, que, pese a estar necesariamente retratados con menos matices, no dejan por ello de ser auténticos. Al fin y al cabo, ¿no se reduce nuestra vida a dos o tres personas de carne, hueso y alma, y, en un segundo plano, un enorme coro de sombras?

 Nueva York, o la ciudad de los sombreros

No. Aparte de personas y sombras, nuestra vida también puede reducirse a un puñado de momentos. En algunos casos se trata de los momentos en que todo cambió, y en el caso de los cobardes, el momento en que todo siguió igual y nos quedamos a la espera de ocasiones más calvas. Uno de esos momentos es cuando, en la visita que Archer y May, ya casados, hacen a la señora Manson Mingott, ésta les informa de que Ellen ha venido también de visita, y que se encuentra ahora paseando. Le pide a Newland que vaya a buscarla y éste la encuentra en el muelle, mirando al horizonte. No se acerca a ella, y se limita a observarla desde la distancia. Sin embargo, decide darle una oportunidad más al destino para que éste le dé una oportunidad más a él. Los cobardes pueden ser muy rebuscados. Así, Newland se dice que si Ellen no se ha girado hacia él antes de que el barco que surca el horizonte haya llegado a la altura del faro, volverá solo con su esposa.

Newland y May, felizmente casados

El problema, naturalmente, es que con frecuencia la voluntad del cobarde, la de su amada y la del destino no sólo no coinciden, sino que se empeñan en no hacerlo. Esto lo descubre posteriormente Newland, que ve entonces, junto al lector, cómo la figura de Ellen se hace todavía más grande. Y aunque este lector no supo verlo, Martin Scorsese sí se da cuenta de que esa escena anticipa el final de la novela, final que la cámara de Scorsese convierte en glorioso .

Me he dado el gustazo de ver la extraordinaria adaptación que hizo Scorsese de esta novela tan sólo un par de días después de terminar su lectura. Se trata sin duda de una de esas escasas ocasiones en que de una gran obra literaria sale una gran obra cinematográfica, cuando lo habitual es que una de las dos flaquee. Pero el director neoyorquino consiguió no sólo ser completamente fiel a la trama sino también al espíritu de la historia, y, por si eso fuera poco, dándole un carácter personal y original sin caer en excesos de ningún tipo.

Rodando la escena del muelle

En la experiencia de ver la peli después de leer el libro, todos conocemos ese recelo con el que miramos a los actores que van a encarnar a los personajes cuyas voces hemos llegado a oír y cuyos gestos se nos han hecho tan familiares. Pues bien, creo que en pocas ocasiones una actriz ha llegado a apropiarse de un personaje de una manera tan absoluta y perfecta como hace Michelle Pfeiffer con la condesa Olenski. Y mira que Pfeiffer no es, ni mucho menos, una de mis actrices fetiche. De hecho, a bote pronto, sólo sabría nombrar dos títulos de su filmografía: una, la que nos ocupa y, otra, el insufrible coñazo de Los fabulosos Baker boys. Pero su interpretación en La edad... es sencillamente soberbia. Ellen es una mujer más fuerte y libre de lo que la sociedad le permite, pero que, en última instancia, renuncia a hacer uso de esa libertad en beneficio propio. Es una mujer que se ha enfrentado a los abusos de un marido despótico, y que es incapaz de contener sus lágrimas al pensar en el amable hieratismo de los ricachones que la rodean. Es una luchadora capaz de sacrificarse hasta el límite, pero que sabe reconocer cuándo el sacrificio es inane. Cuando aparece Pfeiffer en la pantalla no vemos a Ellen: la reconocemos.

El maravilloso futuro que le espera a Newland con May

Tan sólo hay una escena donde me hubiera gustado que Scorsese hubiera sido un poco más audaz. Se trata de ese instante terrible que tiene lugar durante la cena de despedida que May organiza para Ellen. Es, por lo tanto, un momento en que todo parece perdido ya para Newland, aunque más tarde veremos que la pérdida será aún mayor. Sentado junto a Ellen y rodeado de la flor y nata de la sociedad neoyorquina, Newland se da cuenta de repente de que ha sido víctima de una confabulación. Todos los presentes, incluso su propia esposa, están convencidos de que la condesa y él son amantes, y entre todos, con sonrisas y maquinaciones, han conseguido separarlos definitivamente y hacer que todo vuelva a su respetable cauce. May olvidará esta canita al aire que ha echado su esposo, quien, a su vez, con el tiempo y la distancia, olvidará este encaprichamiento que tantas tonterías le ha empujado a hacer. Se ha conseguido evitar no un escándalo, palabra que apenas pronuncia nadie en la novela, sino, sencillamente, algo... desagradable.

Somos tus amigos, sólo queremos ayudarte

Wharton describe la escena y los sentimientos de Newland de manera magistral, y por un momento creemos ver a un Donald Sutherland que se acaba de dar cuenta de que todos los invitados a la fiesta son seres de otro planeta que se hacen pasar por humanos. Martin Scorsese, sin embargo, pasa casi de puntillas por esta escena, que pierde así gran parte de su fuerza, al dejar la descripción de los pensamientos de Newland en la voz de la narradora. Tras haber visto antes algunas ligeras licencias artísticas por parte del director, como cuando Ellen y May se dirigen a la cámara para transmitirnos lo que en el libro son cartas, esperaba algo más de esa escena, pero supongo que a Scorsese no le impresionó tanto como a mí. Tampoco nos vamoa a pelear por eso.


Martin Scorsese, Michelle Pfeiffer y Daniel Day-Lewis, durante el rodaje

Pero si La edad de la inocencia es una obra maestra, cabe suponer que Wharton no nos habla en ella de una nueva versión del tres es multitud, ni nos cuenta la trágica historia de un amor imposible. Por favor, seamos serios. Y como obra maestra que es, también cabe suponer que la idea princicpal, si es que tal cosa existe en la buena literatura, es más bien esquiva. Tomemos, no obstante, un pasaje casi casi escogido al azar. Newland está hablando a Ellen como abogado encargado de su petición de divorcio:

El individuo, en esos casos, casi siempre es entregado en sacrificio a lo que se supone que es el interés colectivo.

¿Dónde está aquí la novela romántica? Pero sigamos con el fragmento en cuestión:

La gente se aferra a cualquier convención que mantenga unida a la familia - para proteger a los niños, si los hay.
Fotograma de la primera versión cinematográfica (1924), hoy irremisiblemente perdida

Hay quien ha dicho que Wharton escribió una novela sobre América, y más concretamente, sobre una América que ha echado a perder sus posibilidades. En el párrafo mencionado, de hecho, vemos a esa América incapaz de concebir a un candidato a la presidencia que no sea un respetabilísimo marido y padre de familia, como vemos también una imagen del propio Archer, que, ingenuo de él, no se da cuenta de que lo que está revelando a Ellen no es el futuro de ella, sino el suyo propio.

Así es la escritura de Wharton, tan inocente en apariencia, y tan sutil, tan rica en ideas y, por qué no, tan cargada de una elegantísima mala leche.

Cantaba, por supuesto, "M'ama!" y no "él me ama", pues una incuestionable e inalterada ley del mundo musical requería que el texto en alemán de las óperas francesas cantadas por artistas suecos fuera traducido al italiano para una mejor comprensión por parte de una audiencia angloparlante. Esto le parecía tan natural a Archer como todas las otras convenciones que moldeaban su vida...

Wharton sigue observándonos

Y a todo esto, ¿qué hay de la inocencia? Pues que en la novela la hay a porrillo. Se trata de una inocencia a veces real, a veces fingida, a veces metafórica, indivual o colectiva. Pero como lo que más me gusta es hablar de mí mismo, diré que, para inocencia, la del lector que se negó desde el primer momento a ver una película de época, que triunfaba en los cines y que lo obligaba a admitir que jamás había oído hablar de la señora Wharton. La ignorancia es disculpable; la inocencia, no.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Un par de novelitas soviéticas

Iglesia del Arcángel Miguel, en la región de Irkutsk

Los rusos. Cuánto nos gustan. Tolstoi, Dostoievski, Chéjov, Gógol... Uno podría pasarse la vida leyéndolos y no necesitaría mucho más para ser un lector más que feliz. Luego vino a estropearlo un poquito la revolución, que por lo menos nos dejó a sus Mayakovski, Esenin o Gorki. Llegaron a continuación los desencantados y protestones, con los monumentos literarios de Bulgakov, Mandelstam, Pasternak, Grossman o Solzhenitsin a la cabeza. Y cuando llegamos a los autores contemporáneos, la verdad es que nos vienen bastantes menos nombres a la cabeza, y de hecho aquí apenas hemos hablado de Victor Pelevin y Liudmila Ulitskaya.

Pero dentro de este siglo y medio de literatura quizá observéis una gran ausencia. No me refiero a un nombre concreto, sino a un grupo de escritores que debió de existir, y que sin embargo, quizá por una cuestión de prejuicios, fuera de Rusia son casi desconocidos. Me refiero a esos autores que llevaron a cabo su obra en la época soviética y que, a diferencia de los ya mencionados Bulgákov o Pasternak, no sufrieron censura ni represalias sino que, al contrario, en algunos casos ganaron Premios Stalin a porrillo. De estos autores, que, como podéis imaginar, fueron numerosísimos, apenas el nombre de Mijaíl Sholojov, con El Don apacible, resulta conocido del gran público fuera de Rusia. Otros autores, como Konstantin Simónov, de quien tanto habla Orlando Figes en su maravilloso Los que susurran, son perfectos desconocidos, pese a haber sido uno de los autores más laureados de la Unión Soviética.


Aunque en el caso de Simónov, y admito que hablo por referencias, este olvido parece justificado, es interesante señalar el prejuicio que nos hace tratar con cierta condescendencia a tantos autores que vieron su obra reconocida y premiada en el régimen soviético. Nos cuesta creer que si un autor no se enfrenta, sea abierta o veladamente, al régimen totalitario en el que vive, y más aún, si su obra goza de gran éxito en ese régimen, no merece el reconocimiento de la posteridad, que verá en él a un autor privilegiado por el poder y, en consecuencia, prescindible.

Pues no, señores. Si piensan ustedes que no se puede escribir buena literatura sin enfrentarse al poder, lamento decirles que se equivocan.

Valentín Rasputín recibiendo la Orden al Mérito por la Patria

Al igual que el legendario monje y curandero con quien comparte apellido pero no lazos familiares, Valentín Rasputín era oriundo de la región de Irkutsk, en Siberia. Tuvo una infancia feliz y bucólica entre ríos, taiga y un desarrollismo implacable que construía presas, reconducía ríos y trasladaba pueblos de valles a cimas, entre ellos aquél donde nació. Más adelante, en buena parte de su obra criticó esos gigantescos proyectos, que consideraba no sólo dañinos con la naturaleza sino intrínsecamente inmorales. Algunos, a su vez, han criticado al propio Rasputín por una falsa idealización de la vida rural.

Naturalmente, de la exaltación de la vida rural al nacionalismo más extremo a veces no hay más que un paso. Démoslo y veréis. Levantamos un pie, vemos el paraíso del terruño, la esencia del alma rusa, y antes de poner de nuevo el pie en el suelo hemos decidido que hay que protegerla y, para ello, echar fuera a los invasores. De hecho, Rasputín acabó militando en las filas de una asociación llamada Pamyat (Memoria), que se define a sí misma como un "movimiento popular cristiano ortodoxo patriótico nacional". Ahí es nada. Pero. Punto. El señor escribía bien. Muy bien.

Aquí, en una imagen un poco más literaria

A tenor del número de ediciones que se hicieron de este libro, Dinero para María debió de tener cierto éxito en su día, allá por finales de los años 70, aunque apenas se ha publicado nada más de él en España. Esta novelita breve tiene una trama muy sencilla, resumida perfectamente en el título. María, la esposa de Kuzmá, el protagonista, con quien tiene cuatro hijos, se ha visto envuelta, sin comerlo ni beberlo, en un caso de corrupción, y a no ser que consiga reunir mil rublos en cinco días, será arrestada, juzgada y presumiblemente condenada a prisión. María es incapaz de hacer frente a la situación y deambula por la casa con la mirada perdida. Así, es Kuzmá quien se propone reunir la cantidad, para lo cual empieza a pedir dinero a todos sus conocidos e incluso a su hermano, con quien no se ve desde hace años.

Rasputín está considerado el maestro de lo que se dio en llamar la "prosa rural", un movimiento literario que nació con el deshielo de Khrushov y que, aparte de retratar la vida tradicional en el campo, se caracterizó por alejarse de los principios del realismo socialista. Dinero para María transcurre en un koljós, aquel tipo de granja colectiva que nació con la Revolución y que, cual un hermano siamés de ésta, murió cuando lo hizo la URSS. El koljós es el escenario ideal para la novela ya que, además de proporcionar el entorno rural que tanto atraía al autor, la pequeña comunidad que lo habita, donde todos se conocen y no existen los secretos para nadie, aporta dramatismo al conflicto central. Un hombre que debe elegir entre su orgullo y el pelotón del destino.

Arengando a los koljosianos

La tragedia de Kuzmá y María es a todas luces injusta. Desde el primer momento María no quería hacerse cargo de la tienda del koljós, y posteriormente no fue consciente de la constante desaparición de bienes que han conducido a la enorme pérdida de la que se la acusa. Es evidente que las pérdidas se deben a la corrupción del sistema, donde, desde la producción hasta el distribuidor final, todos roban un poquitín aquí y otro poquitín allá. Sin embargo, no se advierte por parte del autor ni un ápice de crítica a ese sistema corrupto ni a esa justicia implacable que amenaza a María. Podría uno especular y sugerir que el autor soviético aceptaba las injusticias del sistema como uno acepta la injusticia de un cáncer. En todo caso, lo que interesa a Rasputín no son las imperfecciones del sistema sino las del alma humana. Y éstas, junto con su nobleza y una serie de grandes escenas y personajes, las retrata de forma impecable.

Dinero para María es muy fácil de encontrar en el mercado de segunda mano, pero sería de agradecer que alguna editorial se atreviera a reeditarla, así como sus otras grandes obras, Adiós a Matiora o Siberia, Siberia.


El mundo editorial español ha dispensado un trato aún peor a Vera Panova, autora de uno de esos libros que parecen infantiles (y que no lo son tanto) más populares en Rusia. Si no me equivoco, ni una sola de sus obras ha merecido ser publicada jamás en nuestro país, y sólo he encontrado un libro suyo en español, precisamente en la editorial rusa Progreso. El libro del que os voy a hablar se titula Seryozha, y es uno de esos libritos en los que vemos el mundo adulto a través de los ojos de un niño. Huelga decir que se han escrito muchos libros con un planteamiento idéntico, y, como podéis imaginar, ahora mismo no me viene ni un solo título a la cabeza, pero lo cierto es que este relato que apenas llega a novelita tiene ese encanto que tienen las obras escritas con sinceridad y sin ínfulas. Gracias a su sencillez, a su aparente inocencia, al excelente oído de Panova para captar los giros del lenguaje infantil y a su vívido retrato de unos tiempos tan duros como fueron los años de posguerra en la Unión Soviética, Seryozha ha tocado la fibra sensible de millones de lectores rusos y, curiosamente, goza también de una enorme popularidad en la India y Bangladesh.

Adaptación al cine de Seryozha

La historia, insisto, es muy sencilla. Estamos en 1947, en un pequeño pueblo donde apenas se mueve nada más que el agua en el río y los pollos en el patio. El mundo de Seryozha, un niño de seis años que vive con su madre y los tíos de ésta, abarca lo que va de su dormitorio a la carretera, donde juega, cuando le dejan, con los otros niños, casi todos mayores que él. Seryozha perdió a su padre en la guerra, y no conserva de él ni un solo recuerdo. Pronto entra en escena, sin embargo, un veterano del Ejército Rojo llamado Korostelyov, un hombre que, además de héroe, tiene su parcelita de poder, al ser el director del sovjós que abastece al pueblo. Korostelyov se casa con la madre de Seryozha y desde el primer momento se convierte en el héroe del niño.

Por lo que Seryozha ha oído, los padres encaminan a sus hijos por la senda correcta a base de correazos, y ésa es la primera pregunta que le hace Seryozha a Korostelyov. ¿Me vas a pegar mucho con el cinturón? Pero Korostelyov le responde que pegar a los niños para que éstos aprendan a comportarse es una tontería. Con esa respuesta, con su promesa de ir al sovjós a comprarle un juguete y dirigiéndose a él como Serguéi o, sencillamente, como "hermano", Korostelyov se gana el corazón de Seryozha. Nada que haga este hombre guapo, inteligente, influyente y fuerte, que se sube a Seryozha a los hombros como quien se pone un sombrero, puede estar mal.

El episodio del tatuaje

No cabe duda de que el retrato de Korostelyov puede resultar demasiado perfecto para nuestro gusto por personajes complejos y, a ser posible, atormentados, pero no hemos de olvidar que estamos viendo el mundo a través de un niño de apenas seis años, que todavía no ha empezado la escuela, que está, por tanto, desprovisto de malicia, desconfianza y sospecha, y que todo lo que puede hacer es absorber como una esponja lo que de bueno y malo puede ofrecerle la vida. Lo bueno lo impresiona, y lo malo, es incapaz de entenderlo. Por eso, en una de las escenas más conocidas, cuando su tío Petya le da un caramelo que en realidad no es más que un envoltorio vacío, Seryozha, ante las carcajadas del tío, le pregunta muy serio: Tío Petya, ¿eres tonto? Lo que para un adulto constituye un insulto directo, para Seryozha es una pregunta sincera. Conoce la palabra "tonto", y quiere saber si su tío es uno de ellos. Ved aquí la escena, tomada de la excelente versión cinematográfica que se hizo en 1960 y que ganó varios premios internacionales.


Otro de los episodios más conocidos tiene lugar cuando Seryozha y su amigo acompañan al tío de éste, un militar de la marina, envuelto en un aura de leyenda, y que está pasando unos días en el pueblo, a bañarse en el río. Al ver el cuerpo del capitán cubierto de tatuajes, los niños no caben en sí de admiración, y su deseo de tatuarse el cuerpo no tiene precisamente un final divertido. La pequeña tragedia que este episodio acaba desencadenando es una muestra perfecta del estilo de Panova, que, pese a lo que pueda parecer, escribió una obra sin pizca de sentimentalismo. Es más, hacia el final de la novela, el lector se asombra del rumbo frío y casi despiadado que están tomando los acontecimientos. ¿Cómo pueden comportarse de esa forma con un niño? ¿Qué clase de sociedad era aquélla en la que se considera comprensible la decisión que toman Mariana, la madre, y Korostelyov, que amenaza con hacer realidad la mayor pesadilla de un niño? Sin embargo, hay que insistir en que aquí, de nuevo, no hay denuncia ni crítica. ¿Debería haberla? Quizá, pero entonces sería otra novela. Panova no cuestiona esa decisión, ni el sistema que los conduce a tomarla. Si queréis denuncia, leed a los protestones. Seryozha no es más que un excelente retrato de la vida de un niño en la URSS de la posguerra.


Nacida en 1905 en Rostov del Don, Vera Fiódorovna Panova no tuvo una vida fácil. Su padre, un comerciante que se había arruinado, se suicidó arrojándose al apacible río cuando ella apenas tenía la edad de Seryozha. Posteriormente, tuvo que dejar la escuela debido a los problemas económicos de la familia. Comenzó a trabajar como periodista y en 1933 empezó a escribir obras de teatro. Su segundo marido fue arrestado y enviado al gulag. A Panova sólo se le permitió un encuentro con él antes de que lo ejecutaran, que relató en la historia "El encuentro". En 1940 se encontraba en Tsárskoe Selo, junto a Leningrado, donde los nazis la enviaron con su hija a un campo de concentración del que consiguieron escapar y refugiarse en una sinagoga destruida. Vida de novela, como veis. Después de la guerra, sin embargo, la vida le sonrió y llegó a ganar tres Premios Stalin y dos Órdenes de la Bandera Roja del Trabajo.

Como decía más arriba, hoy vemos estos premios literarios de nombre tan rimbombante con cierto recelo. Mal hecho, por lo menos en el caso de Vera Panova.



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